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Plinio Apuleyo Mendoza

Una inquietante verdad

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A veces, quién lo creyera, la imprudencia se hace necesaria. Digo esto cuando sin remedio siento la necesidad de abordar un tema espinoso: las fallas del uribismo como movimiento de oposición y sus opciones en las elecciones presidenciales del próximo año.

Uribe tiene, desde luego, un índice de favorabilidad muy alto. Es un líder notable, un opositor lúcido que sabe mostrar con acierto las fallas del actual gobierno. Contrariamente a lo que caracterizó su gestión, en Santos la macrovisión de nuestros problemas y de sus proyectos no ha venido acompañada de una microgestión capaz de garantizar el cumplimiento de lo que ofrece. Esto es indispensable en un país donde la inepta burocracia envuelve todo en una telaraña de engorrosos trámites. Por esta razón, se ha avanzado muy poco, o casi nada, en campos tan fundamentales como la salud, la reforma de la justicia, la infraestructura o el propio proceso de paz, que nadie sabe adónde va.

¿Por qué, pese a esto, los colombianos tememos que una oposición revestida de tan buenos argumentos no logre el triunfo en las elecciones de mayo próximo? ¿Por qué no está claro que pueda impedir la reelección de Juan Manuel Santos o el triunfo de una peligrosa tercería? Pues porque, aparte de voceros mediáticos, esa oposición no ha tenido hasta hoy las vértebras de un movimiento político: ni organización, ni dirección, ni jefaturas regionales ni una militancia con puntos de contacto.

Cierto, el expresidente Uribe, defendiendo ante todo su gestión con razones muy válidas, adelanta una agotadora actividad con talleres y conferencias dentro del país y fuera de él. Pero este permanente espejo retrovisor no le ha permitido crear un partido con vista al futuro. Lo único que puede darles un protagonismo a sus seguidores es la lista cerrada al Senado con figuras ajenas al clientelismo tradicional y con muy buenas opciones.

El llamado Centro Democrático es solo un think tank que se mueve en las redes sociales. Dispone de una modesta oficina en Chapinero manejada por José Obdulio Gaviria y Fernando Alameda. Pero como promotores del centro y dueños de casa, estos dos amigos mueven sus fichas de acuerdo con sus preferencias. Están aún lejos, muy lejos, de hacer de este centro un real partido político.

Sería hora de que el uribismo tuviese ya un candidato presidencial, pero por culpa de un descuido inexcusable quien resulte escogido el próximo marzo, tras una consulta, solo dispondrá realmente de un mes y medio para adelantar una campaña presidencial de verdad. Y lo malo es que las encuestas les conceden índices hoy insuficientes a todos los precandidatos. A Óscar Iván Zuluaga y a Carlos Holmes Trujillo, hombres muy competentes, por no tener todavía una amplia proyección popular. Y en el caso de Pacho Santos, pese a su lucidez y experiencia, juega el prejuicio de ser visto como un hombre impulsivo y algo precipitado. Por si fuera poco, esta campaña carece de fondos.

¿Cuáles son los riesgos de todo esto? El primero es que Juan Manuel Santos, sin adversario fuerte en el uribismo, bien podría ganar la reelección. Si no es así, la segunda opción sería el triunfo de una tercería de izquierda que, con un candidato de imagen tranquilizadora como Navarro Wolff o Clara López, tendría el apoyo de la Marcha Patriótica y otros partidos de similar ideología y de personajes como Iván Cepeda, Piedad Córdoba, los curas Giraldo y De Roux o Gloria Cuartas. Amigos de Castro y del chavismo, buscarían abrirle a Colombia una vía hacia el funesto socialismo del siglo XXI. De ahí que reine hoy en el país mucha inquietud.