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Leopoldo Martínez Nucete

Los informes de Obama y Maduro, un gran contraste

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Venezuela está sumergida en una grave crisis económica, con la inflación más alta del mundo, grados de escasez desconocidos en toda su historia moderna. En lo social, entre muchos males, el más notorio es la inseguridad, que pone al país como el más violento del continente después de Honduras, y uno de los peligrosos del mundo: mueren semanalmente en crímenes violentos más personas que las que sucumben en conflictos bélicos. Y, al mismo tiempo, vive una crisis institucional y política de magnitudes impensables, con niveles de corrupción y penetración del crimen organizado en los más altos estamentos del poder. Y, si fuera poco, enfrenta una conflictividad entre poderes públicos, imposible de arbitrar por la absoluta falta de imparcialidad del Tribunal Supremo. En ese grave escenario, la capacidad de diálogo y negociación es mínima, a pesar de que el gobierno acaba de experimentar una espectacular derrota electoral, que encajó pese al absoluto ventajismo y asimetría de recursos con que participan las fuerzas de oposición al régimen.

En ese escenario, el presidente de Venezuela presentó su informe constitucional y anual a la Asamblea Nacional. El Nicolás Maduro que habló este viernes se parece más al sindicalista parlamentario que personalmente conocí en esa Asamblea cuando fui diputado; con una narrativa de la cual difiero totalmente, pero lució aparentemente librado de la presión de otros líderes que en su movimiento lo empujan por la deriva autoritaria en que viene metido desde hace un tiempo. En ese tono, Maduro caracterizó el revés político electoral del 6-D como una “mayoría circunstancial”, pero al menos un reconocimiento de la derrota, colocando de esa forma al nuevo vicepresidente Aristóbulo Istúriz como un factor potencial de diálogo.

Con ese paréntesis y desde esa postura que aspiramos se profundice hacia una sincera rectificación en lo político, Maduro procedió a escapar hacia adelante con una propuesta de defensa y radicalización del modelo y las políticas económicas que han traído al país hasta este delicado cuadro social que atraviesa el país. Incurre Maduro en el error de reivindicar ese modelo (e insiste en vender el concepto de “guerra económica”) argumentando que la crisis es simplemente producto de la caída del ingreso petrolero, cuando en realidad la caída de ese ingreso se suma a un colapso productivo de todo país (convertido en economía de puertos), que incluso se caracteriza por un significativo descenso de la producción petrolera nacional. El discurso de Maduro, en medio de las dificultades que atraviesa Venezuela, simplemente descarta una rectificación económica y reafirma los graves errores cometidos en estos 17 años, el más importante, su absoluta hostilidad hacia el desarrollo del emprendimiento y la inversión privada. No entiende Maduro que el problema ya no es la confrontación o dicotomía entre Estado y mercado, sino su necesaria complementariedad en una fórmula donde se tenga tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario para que exista crecimiento sustentable e igualdad de oportunidades, a efecto de que la producción de riqueza genere una sociedad incluyente.

Frente a la grave crisis económica Maduro propone simplemente el aumento del precio de la gasolina y un decreto de emergencia económica en el cual insiste en profundizar todas las políticas que han traído a Venezuela hasta esta terrible situación. Cree Maduro, y así lo dijo, que el problema no es el tejido de absurdos controles e intervencionismo arbitrario de la economía que está en vigencia, sino piensa que ha sido un problema de aplicación efectiva de esos controles. El resultado será sencillamente el agravamiento de la crisis.

Esta semana también hubo otro informe anual, según mandato constitucional, a su respectivo Poder Legislativo, el de Barack Obama, presidente de Estados Unidos, ante el Congreso de ese país.

Obama le habló al Parlamento y los ciudadanos en su último año como presidente, afirmando que, pese a las diferencias políticas y la polarización que hoy divide a los estadounidenses en agrios debates electorales, la Unión Federal está fortalecida en lo económico y en lo político. En apoyo a su punto, dio cuenta de algunos datos muy objetivos: el desempleo descendió de 11,5% a 5,5% durante su mandato, con base exclusivamente en puestos de trabajo agregados por el sector privado; el déficit fiscal se encuentra bajo control a niveles de 2,8% del PIB, a pesar de los graves temores que generaban sus planes de rescate de la banca e industria automotriz (hoy plenamente recuperadas) o estímulos e inversiones públicas.

Entre muchas otras cosas, Obama afirmó que Estados Unidos sigue siendo la economía más fuerte del mundo porque es, sin duda, el centro de innovación y emprendimiento más importante del planeta, con la línea argumental, entre otras, de que el país ha alcanzado independencia energética no solo con fuentes alternativas de producción de hidrocarburos, sino con alternativas energéticas “verdes” o ambientalistas.

En materia de seguridad, recordó a quienes le critican que durante su mandato la lucha contra el terrorismo no ha cesado, y que el futuro de ISIS o sus líderes no será muy diferente al que tuvieron Al-Qaeda y Osama Bin Laden. Y, al hacerlo, deslindó magistralmente la lucha contra el terrorismo, como actividad criminal, de la segunda religión practicada en el mundo. Claramente expresó que los terroristas son asesinos y fanáticos que en nada representan a los millones de musulmanes que habitan el mundo y Estados Unidos. Y así como afirmó que el terrorismo es un problema de seguridad global, también caracterizó el cambio climático como otro desafío de seguridad planetaria.

En este informe anual al Congreso, Obama no dejó de mencionar algunas de sus prioridades pendientes como iniciativas legislativas, pero se enfocó en el futuro, enmarcando el debate y el debate electoral de su país con un espíritu de unidad nacional y acentuando prioridades para la próxima década.

Obama aludió a muchas cosas importantes, pero en el paralelo o comparación con lo que pasa en Venezuela (y el lamentable informe a la Asamblea de Nicolás Maduro) cabe destacar dos pensamientos hilados por el líder estadounidense. Primero, Obama dijo que en estos siete años de su presidencia se reclama a sí mismo no haber podido derrotar la polarización política; y convocó a sus conciudadanos a profundizar en la búsqueda de acuerdos mínimos sobre los asuntos prioritarios para el devenir del país. Y acompañó ese espíritu de apertura, diálogo y rectificación permanente con una segunda reflexión o idea: “La democracia se quiebra cuando el ciudadano común llega a la conclusión de que su voz no es escuchada por los líderes”.

En esas dos reflexiones de Obama vale la pena contextualizar la crisis política que se vive en Venezuela. Todo líder o representante popular debe estar abierto al diálogo y la rectificación, aun cuando pueda presentar logros en su gestión. Mucho más cuando los hechos o la crisis impone no solo escuchar la voz del ciudadano común, sino, más aún, la de la mayoría que reclama a gritos un giro en la conducción económica y política del país.

 

Nos leemos por twitter @lecumberry