• Caracas (Venezuela)

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No estará nunca de más recordar que las garantías de las que goza la oposición son un indicador que siempre habrá que tomar en cuenta para evaluar la calidad de un régimen que se proclama democrático.

Cuando estas se esfuman y el debido respeto se convierte en inclemente persecución, es necesario encender las alarmas. Todo lo que ha vivido el líder opositor Leopoldo López en año y medio tras las rejas (aislamiento, robo de sus pertenencias, requisas violentas y un proceso plagado de irregularidades) es suficiente para que la comunidad internacional reciba el mensaje de que el hecho de que aun celebren elecciones no significa que exista una verdadera democracia en Venezuela.

Las condiciones de su reclusión en la prisión militar de Ramo Verde son propias del trato que los más férreos regímenes totalitarios les dan a aquellos líderes que consideran una amenaza debido al liderazgo que tienen entre la población.

Si el video que circuló esta semana da cuenta de la precaria situación de López y que actualmente su situación es mucho peor, confinado en una celda ubicada en una edificación donde él es el único recluso, solo les da la razón a quienes vienen denunciando que aquí está teniendo lugar una sistemática violación de los derechos fundamentales de quien fuera alcalde de Chacao.

Del gobierno de Nicolás Maduro se espera algo más que justificaciones traídas de los cabellos, como aquella de que encerró a López para salvarle la vida. Hay que exigirle, cuantas veces sea necesario, que, llegado el momento del juicio, cuente con todas las garantías y que, entre tanto, su reclusión sea bajo condiciones dignas.

La comunidad internacional no puede dejar que este drama se convierta, dicho coloquialmente, en paisaje. Le corresponde recordarle a Caracas que cada vez que un funcionario defienda la democracia venezolana, en su discurso lo rondará el fantasma de un infame atropello.