• Caracas (Venezuela)

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Adriana Villanueva

El independiente del abasto

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El mercadito de mi vecindario lo mejor que tenía era precisamente que era el mercadito de mi vecindario. Pequeño, algunos decían que muy caro, pero cuando estábamos fallos de algo podíamos contar que lo tendríamos en casa en menos de quince minutos.

Bueno, eso era antes, cuando todavía no vivíamos en tiempos de escasez, porque el mercadito de mi zona pasó de tener fama de pequeño y caro a fama de “bien surtido”, y así de repente se llenó de forasteros, hasta del interior del país, en busca de productos como aceite (aunque de soya) y mantequilla, que en otros mercados no se conseguían.

Eso también era antes, desde hace semanas no se encuentra aceite en el mercadito de mi zona, y la mantequilla aparece y desaparece.

Sin embargo, el mercadito pareciera más popular que nunca, antes no había que esperar a más de dos o tres personas para pagar, hoy las colas son largas serpientes dentro del mercado. El otro día pasó lo impensable, un fin de mundo, fui como a las 6:00 de la tarde a buscar una rama de albahaca para preparar una salsa de tomate, y la santamaría estaba cerrada. La cola de gente esperando para entrar salía a la calle porque había llegado papel higiénico, y se podían llevar tres paquetes por persona. 

Nos encontramos en una esquina como un grupo de cinco vecinos viendo horrorizados la cola que ocupaba media cuadra, todos negados a hacerla porque ¿a cuenta de qué?, ese era el mercadito de nuestra zona donde en veinte años nunca habíamos tenido que hacer cola.

Esa noche en mi casa no se comió pasta.

Algo que les es difícil creer a quienes se fueron hace poco de Venezuela, es cómo los niveles de escasez han aumentado dramáticamente estos tres últimos meses. Hoy es más fácil enumerar qué se encuentra en el mercado que enumerar lo que no se encuentra. Los pasillos de los detergentes vacíos, el pasillo de galletas y chucherías vacíos, en el pasillo del café solo hay café gourmet; además de las carencias a las que ya parecemos acostumbrados desde hace tiempo: arroz, aceite, leche, azúcar, papel toilet, entre una lista de etcéteras que se hace cada vez más larga.

Un domingo al mercadito de mi zona llegaron jugos pasteurizados, la gente se los llevaba por cajas. Tal era la emoción que se sentía en el ambiente que metí en el carrito varios jugos de pera y de durazno. Al rato los devolví porque nunca he sido amiga de los jugos pasteurizados, casi fui víctima del nivel de histeria colectiva en el mercado.

Por lo visto no era la única persona que estaba de a toque. Por los pasillos la gente desfilaba como los sobrevivientes de un huracán que había arrasado llevándose lo que podían. Encontré las últimas tres aguakinas del mercado y me sentí una mujer afortunada. A la hora de pagar había dos colas para cinco cajas abiertas. Una señora se quejaba de que quienes hacían la cola del pasillo de la izquierda se veían favorecidos porque les tocaba tres cajas y a nuestra cola, dos. Como conozco la logística le dije que no se preocupara, hay un director de orquesta parado entre las dos colas que va alternando la caja del medio. 

Frente a mí estaba un hombre flaco, de barba, treintón, de marcada tendencia comeflor, iba acompañado de un niño como de 10 años con la mirada despierta, simpático, conversador, parecía ser su sobrino. El comeflor llevaba en el carrito un cargamento de Smirnoff Ice, supongo que porque no encontró cerveza. Cuando la señora y yo comentamos sobre la logística de la cola, el comeflor volteó, según él había dos cajas para una cola, dos para la otra cola, “y una caja independiente”.

Se me ocurrió contestar, sin darme cuenta de que la conversación se había vuelto política: “No vale, ‘independiente’ se murió hace rato”.

Juro que jamás pensé que iba a despertar esa reacción, yo que siempre ando evitando intensidades, pero imagino que el comeflor encontró un excelente momento para darle una lección de vida al sobrino, y empezó a clamar cual manifiesto de poeta transcendentalista: “Independiente no ha muerto. Independiente vive, me declaro independiente, soy independiente para decir lo que quiero, soy independiente para respirar, soy independiente para caminar, soy independiente...”.

Lo único que me faltaba, un Ni-Ni en la cola de un mercado en tiempos de escasez, ante tanta intensidad solo me quedó contestar: “Bueno, papá, si eres tan independiente, métete en la caja de los independientes a ver qué pasa, si no te devuelven por colearte, te linchan quienes tienen un buen rato haciendo la cola”.

El comeflor no pareció oírme y seguía enumerando las razones por las que era independiente: “Soy independiente si quiero amar, soy independiente cuando voy a comer, soy independiente porque cuando quiero cantar canto...”.

Menos mal que no cantó, le tocó su turno de pagar (no en la caja “independiente”, por cierto) y ahí seguía el comeflor enumerando las maneras como, en este país polarizado, él seguía siendo independiente.

El sobrinito se volvió a mirar al resto de la cola, podría jurar que en su mirada cómplice nos decía: “Perdónenlo, él es así”.