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Yumber Vera

La increíble historia del Giorgio Moroder venezolano

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Si Daniel Grau hubiera nacido en Detroit o Múnich, quizá el título de esta entrega de mi columna fuera otro. Podría haber sido “A cuatro décadas del inicio de la leyenda” o incluso Daft Punk, en vez de a Giorgio Moroder, lo habría convocado a él para participar en su elogiado álbum Random Access Memories. Quién sabe.

No obstante, lo que sí es seguro es que, por fortuna, su obra no quedará relegada al anonimato, pues, como casi siempre suele suceder, un gringo, en un acto que refleja una vez más el bananerismo cultural latinoamericano, encontró uno de sus discos, descubrió la magia y la modernidad que había detrás de su concepción, fue tras la pista de su creador y, al darse cuenta de que ni en su propio país reconocían su legado, decidió mostrárnoslo no solo a nosotros sino al mundo entero. Al tiempo que resignificó toda la cosmogonía de su producción a los tiempos actuales al estamparle la etiqueta de “Cosmic Caribe”. Y es que, si bien no hay riqueza musical que se compare a la de esta parte de occidente, el marketing no es nuestro fuerte.

Los casos de Buena Vista Social Club, cuyos integrantes saborearon nuevamente la gloria antes de que la muerte se los fuera llevando uno a uno; del cantautor chicano Sixto Rodríguez, al punto de que su sensacional odisea obtuvo el Oscar al Mejor Documental en 2012; de la cumbia, que hoy disfruta de otra época dorada; y más recientemente del músico nigeriano William Onyeabor, el flamante ídolo de los hipsters, dan fe del poder de la redención imperialista. Aunque es justamente con este último con el que el rescate de la obra de Grau guarda mayores afinidades, pues ambos se dieron a conocer básicamente en la misma época, y porque sus respectivas revelaciones al firmamento sonoro actual, más allá de la pirotecnia de mercadeo que se esconde detrás de sus relanzamientos, invitaron a repensar la historia oficial de la electrónica (a tal instancia que se propuso su beatificación en la feligresía dance) debido a que sus innovaciones en la música disco son contemporáneas a las de Moroder, introductor de los sintetizadores en el género.   

La obra del ícono venezolano de la música dance volvió a salir a la luz gracias a un programa de intercambio entre el Goethe Institute y Jazzanova, celebrado en Caracas en 2012, en el que Claas Brieler, uno de los fundadores del sello alemán orientado al nü jazz y el downbeat, conoció a Trujillo, álter ego del productor y DJ Andrés Astorga, quien también formó parte de la actividad. Por lo que en su condición de anfitrión, el artista merideño de slomo, nu disco y house llevó al ilustre visitante europeo, tras un pedido suyo, pues es un gran melómano, a darse una vuelta por El Silencio y el puente de la avenida Fuerzas Armadas, últimos reductos de la ciudad en los que aún se venden vinilos, para ver cuáles títulos del heraldo sonoro nacional podría sumar a su colección de discos. Pero lo que nunca se imaginó el tándem es que los álbumes de Daniel Grau, al que ninguno de los dos conocía, los estaban esperando para que les ayudaran a encontrar su lugar en la cosmogonía musical. Esta fabulosa historia continuará en la próxima entrega de mi columna.