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Alberto Soria

El impulso no es la dieta, es la esperanza

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La esperanza se sienta a la mesa, hace flexiones, cocina, tiene sed. Es alimento imprescindible para la inteligencia, el corazón y los estilos de vida. Si no le parece así de importante, déjela a un lado. Tarde o temprano advertirá que monótona y triste es la vida sin ella. Por eso, al comenzar el año, bueno sería recordar que el impulso en enero no es la dieta, es la esperanza.

La esperanza (enseñaba Raymond Aron cuando escribía sobre la libertad, cuando la “izquierda caviar” lo denostaba) puede mover montañas. Las movió.

Quienes creemos que la historia de las civilizaciones también se escribe con cuchara y tenedor, hemos aprendido de algunos maestros la necesidad de cultivar la esperanza. Que puede expresarse en cosas aparentemente simples: un café, o una taza de chocolate disfrutada con tranquilidad y seguridad en una terraza. Un plato de lentejas cocinado y servido con alegría. En una arepa o un pan bien hecho. Como los que amasaba en las madrugas el padre del poeta Eugenio Montejo, mientras el hijo escribía en un cuaderno y soñaba con ser poeta.

 

I

Aseguran los sabios en alimentación, que la esperanza por una vida mejor se puede medir observando escenarios de lo cotidiano. El mercado, y la nevera, por ejemplo.

Sobre “hacer mercado” no necesita el lector recomendación ni comentario. Allí, el margen de esperanza es enorme. Afirman los especialistas en comportamiento que aquí y ahora el universo de personas que hacen mercado se divide en dos grupos. El primero, se sienta frente al televisor, observa dos, seis canales, y se entera con gozo, así, de todo lo disponible. No corre ni se inquieta. Todo existe, y a buen precio.

El segundo grupo depende del teléfono. Del primitivo y en mayor medida del nuevo, el inteligente. Este informa al instante del sitio y de las cosas que, dos horas después, allí ya no habrá.

 

II

Seguramente usted habrá podido advertir, este fin de año, que hemos pasado de la generación de oráculos a la de predictores de la felicidad basada en la figura.

Cuando se endiosa el músculo, el sentido común tiembla. Cuando en las loncheras manda más la televisión que la medicina, mamá y abuela, mal le irá al cerebro. La dietética fundamentada en prohibiciones y prototipos de pantalla embrutece. Acalla la disidencia del gusto ajeno. Menosprecia la diversidad y la diferencia. Por eso debemos luchar por la esperanza.