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Beatriz de Majo

La “imprescindibilidad” de Kirchner

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Cristina Fernández adolece de un mal común a todos los izquierdosos de nuestro continente: una íntima convicción de su condición imprescindible. Solo que cada día que pasa, las poblaciones de este hemisferio se oponen más contundentemente al continuismo, al deseo obcecado de perpetuarse en el poder.

La protesta pública de la semana pasada en varias ciudades argentinas no es la primera en contra de los desatinos del gobierno Kirchner, pero tuvo decibeles de mayor calibre. La razón es una sola: la sociedad se opone de manera contundente a que se intente un proceso de reforma constitucional para llevar por tercera vez a la primera magistratura a la actual jefa del Estado.

No solo fue su el gran número de manifestantes lo relevante: frente a la residencia presidencial de Cristina de Kirchner se reunieron más de 750.000 personas, cuando una manifestación similar en septiembre pasado había conseguido captar a 50.000 seguidores. Las características de este grito de descontento colectivo fueron extremadamente dicientes: la manifestación no tenía un líder visible, una figura cimera que capitalizara la acción. Careció de una organización política que lo armara, es decir, se originó de la espontaneidad civil y fueron heterogéneos las vías que se articularon inteligentemente para llamar al colectivo a decir que no: Internet, teléfonos celulares y redes sociales.

El resultado estuvo a la vista: en años no se había producido una movilización de la magnitud y la contundencia de la del 8N y ella es, repito, una respuesta ciudadana, no política, al hecho de que el Gobierno ha estirado demasiado la cuerda. La sociedad civil ya no tolera que le tuerzan el brazo imponiendo una reforma constitucional para hacer imperativa la presencia la mandataria en un nuevo periodo presidencial. Por allí han pasado ya Correa, Chávez, Morales y Ortega y sus gobernados han actuado con docilidad complaciente. Pero pareciera que los argentinos simplemente no se dejan.

Con esta misma inspiración fue que actuaron los fracturados partidos de la oposición hace unas semanas. Incapaces de unirse hasta el presente en una propuesta alternativa conjunta para hacerle contrapeso al peronismo trasnochado, decidieron apartar las murallas de sus gigantescas diferencias para juntarse en un compromiso formal de votar siempre unidos en contra de “cualquier proyecto legislativo que intente declarar la necesidad de la reforma constitucional y en contra de cualquier intento de re-reelección presidencial ajeno al texto vigente”.

El apetito por un poder sin límites de la mandataria argentina, el que no es sino la réplica del que experimentan todos los radicales, puede terminar siendo ser el pivote sobre el que se construya una unidad opositora en Argentina. Quizá el caso venezolano pueda servirles de modelo.