• Caracas (Venezuela)

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Alberto Soria

¿No importa?

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Arrinconado, sin más remedio, el paladar se hace el loco. Como que no quiere. Como que no le importa ni necesita. Como que no le gusta. Pero en realidad, jamás olvida.

Ésa es la diferencia entre la pancarta, el megáfono, la marcha y el gusto. Mejor dicho, sobre lo que piensa y sabe el gusto. Que tiene memoria larga. Se la cultivaron por generaciones en la casa, la escuela, el trabajo y la universidad.

I

El tipo que se fotografía observando a lo lejos a través de prismáticos de lujo, ve siempre los mismos muñequitos.

¡No habrá más café! dice. Y el instrumento óptico le devuelve, allá a la distancia, la visión de una multitud enloquecida de muñequitos que aplauden. ¡Tampoco azúcar, que engorda, ni edulcorantes que son cancerígenos!, proclama. La multitud salta. Él presume que de alegría.

El paladar, que ensaya ya desde hace meses té e infusiones, simula también que se ha olvidado desde hace un año de la leche.

Vamos a revolucionar el desayuno y la comida. Es más, vamos a darle un vuelco la alimentación. En la revista de peluquerías del ministerio respectivo los expertos han insistido en que se debe comer menos. “Hacia allá vamos”, anuncia. Los prismáticos de mariscal de campo le muestran muñequitos tan alborotados por sus anuncios que pierden la compostura y se salen de la fila. Eso le renueva la efectividad de su idea. Contra cada rumor de que no hay: ¡Marcha popular! Como la del papel, que fue exitosísima. El desfile de cada quien feliz con un rollo en la mano descolocó a los enemigos y a las potencias extranjeras.

II

¿Cómo hacían los incas salsa de tomate? Cosechaban y le daban al tomate maduro con una piedra. Aquí se ha refundado (y quebrado) cuatro veces la más revolucionaria fábrica de salsa de tomates. Lástima que cuando se consigue una lata, no hay spaghetti. ¡Pero tenemos café!, gritaban a coro los muñequitos al otro lado del prismático. Por esa razón se expropiaron y/o canalizaron para producir mejor los molinos y torrefactoras. Hasta ayer.

Ya antes los prismáticos sabían que no eran ellos. Hay disonancia, decían los rumores. Eso había pasado con el aceite, las caraotas, la carne, el atún, las sardinas, la harina…Los muñequitos saltaban del otro lado del lente, pero lo que gritan es confuso, no está claro.

“No importa” dijo Kim, el líder. Volviéndose hacia el tren ministerial, repitió: “No importa. Dejen la imagen oficial, pero no me toquen el audio”.