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Raúl Fuentes

El imperio de los (sin) sentidos

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En el espacio que el Papel Literario destina a difundir aforismos, apareció, semanas atrás, uno salido de la pluma de Paul Valéry, según el cual “escribir encadena”; un inobjetable aserto porque las palabras tienen la potestad de esclavizar al autor a lo que concibe y a obsesionarlo con los rumbos que pudiese haber emprendido a partir de ciertas frases. De modo que si nuestro artículo anterior versaba sobre el olfato, nada de raro tendría que el presente se ocupase de la vista o de su negación, la ceguera; pero, como en el camino, dicen, se enderezan las cargas, derivamos nuestra escritura hacia los sentidos en general, posiblemente porque las catástrofes – volcanes, tifones – que últimamente se han cernido sobre Japón, nos hicieron recordar la película El Imperio de los sentidos (1976), no por la trágica convergencia de Eros Y Thanatos planteada en la controvertida obra de Nagisa Ôshima, sino por lo que su nombre sugiere: la supremacía de las sensaciones sobre la razón, un desequilibrio al que es factible atribuir la emergencia de la pesadilla roja cuyos sinsentidos nos quitan el sueño desde hace tres lustros.

Podríamos decir que –  valga la paradoja – la ceguera del régimen está a la vista y es uno de los síntomas más notorios de su irracionalidad; porque quienes ejercen el mando parecen no mirar lo que ven. Se trata de una ofuscación pertinaz que contagia a todos los que tienen a su cargo diagnosticar los problemas nacionales sin proponer soluciones y que confirma la sabiduría contenida en el refrán “no hay peor ciego que el que no quiere ver”; porque de eso se trata: de negarse a ver, de preferir apoyarse en el blanco bastón del dogmatismo para repartir – nunca mejor dicho – palos de ciego a diestra y siniestra a fin de hacer rendir la piñata misionera y esparcir sus migajas sobre una población que, castigada por todo tipo de carencias, esta administración supone fácil presa de la extorsión como medio de agenciarse su respaldo en unas  elecciones parlamentarias que están a la vuelta de la esquina. Demuestra,  así, que, además de invidente, es sorda y no oye las quejas y reclamos populares, que crecen exponencialmente, y tampoco tiene tacto alguno al momento de intentar relacionarse con ese “otro” al que atribuye la autoría de sus propios errores.

En dirección opuesta a la que apunta la obra del cineasta nipón, la camarilla militar y su apoderado civil, sedicentes custodios y garantes del legado y voluntad del difunto, pero imperecedero, comandante sideral, han instaurado la tiranía de la sinrazón; por eso los despropósitos no son excepciones sino elementos normativos del discurso oficial e inherentes al sistema que se quiere instaurar contra la voluntad de más de la mitad del país, intención que denota  una enorme falta de sentido de la realidad. Abunda, eso sí, el mal gusto tal como se comprobó en la a despampanante última de la cena disfrutada por el caporal chavista en el restaurant Nelo´s de Nueva York. Porque gastarse más de 80.000 dólares en un condumio en el que, con la convicción propia del nuevo rico de que lo más caro es lo mejor,  se ordenaban platos para probarlos apenas y dejar una propina equivalente a 300 salarios mínimos es un acto indecoroso y de pésimo gusto. En cuanto a los sentidos del ridículo y de las  proporciones basta con la histeria que colocó a Maduro y sus secuaces al borde de un ataque de nervios al sostener, sin prueba alguna y videos que nada significan, que el asesinato en obscuras circunstancias de un joven parlamentario del PSUV tenía como objetivo desestabilizar al país. Y pensar que la gente ignoraría que, entre el bombazo que aventó a Danilo Anderson al más allá y el atroz ensañamiento contra el joven Serra, hay una secuencia de sanguinarios homicidios motivados, quizá, por la venganza o el despecho en los que, como hizo notar Eduardo Semtei, los escoltas y guardaespaldas de los caídos serían los eslabones perdidos es, en léxico cantinflérico, un exceso de falta de sentido común, como lo es inventar sobre la marcha un atentado contra Diosdado Cabello.

Me hubiera gustado pensar que el derrotero de estas líneas estaba trazado por Rafael Alberti que creía posible “escuchar con los ojos y mirar con los oídos”, o por Aristóteles cuando aseveró que Nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos”, pero, infortunadamente, nos estamos refiriendo a dementes y sinsentidos. ¿O no son acaso  locuras y contrasentidos convertir el centro de Caracas en suerte de  O.K. Corral o  incorporar  a  más de un millar de golpistas a una esperpéntica guardia pretoriana llamada  “Agrupamiento 4F y 27N de 1992 Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana Hugo Rafael Chávez Frías”?

rfuentesx@gmail.com