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Colette Capriles

Lo imperceptible

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No es por afán de convertir la vida pública en objeto de sobreinterpretación, pero a veces parece que este “proceso” (término ominoso, mismo que usaban los militares argentinos para referirse al suyo) que ya termina, exige más hermenéutica que política, más arte de la interpretación que de la negociación. También existieron los famosos “kremlinólogos”, por ejemplo, para “leer” a la Unión Soviética y su régimen oracular. Es propio de los sistemas despóticos construir un mundo para los “iniciados”, para los “de adentro”, con su propio código, inaccesible a las masas (que por su parte son alimentadas con una “realidad” distinta especialmente diseñada para su consumo).

Esto plantea grandes obstáculos para la acción política. Porque ambos mundos, el “esotérico” y el “exotérico”, son igualmente eficaces en su operatividad política y, desde luego, no están perfectamente separados. Pero, sobre todo, porque la lógica de esta distinción entre los poderosos y los súbditos es repugnante para cualquier temperamento democrático. Las circunstancias favorecen, como en cualquier escenario hermético, a los charlatanes, a los profetas callejeros, a los moralistas de sillón y de teclado, siempre atentos a lo obvio y cómplices (muchas veces no tan involuntarios) del propio hermetismo que los genera. Claro que en las condiciones actuales, que se han ido tejiendo como un episodio más de la Gran Épica Necesaria, no es fácil concentrarse en la lectura política que hace falta. En medio del agravamiento de la salud del Presidente electo, se produjo una guerra de mensajes más o menos crípticos que dejaban ver cómo se metabolizaron, en el interior del régimen, las instrucciones que el propio Chávez dejó para asegurar el orden sucesorio. Instrucciones, por cierto, perfectamente ajustadas a la Constitución, y no deja de ser importante, y diríase casi que crucial, que un individuo tan poco embarazado por las restricciones y mandatos constitucionales, se apegue a ellos de ese modo. Es crucial porque la línea implícita es que Chávez reconoce que conservar la legitimidad constitucional es la única manera de atajar apetencias que, de desbocarse, aplastarían el trabajo simbólico más importante de estos catorce años, que es cumplir la fantasía allendista de una revolución “pacífica”, o sea, refrendada electoralmente.

Pero a Dios rogando y con el mazo dando: el mensaje de buscar en la Constitución la vía para el acuerdo sucesoral tuvo que ser reiterado con un conteo de fuerzas que explican el comunicado, del 28 de diciembre pasado, en el que el Presidente encargado define al régimen como una revolución militar. Deja claro que su condición de civil no le impide tener a su lado los apoyos castrenses necesarios para proseguir la revolución. Exhibe, entonces, una legitimidad superior, prestada por el tutelaje militar y cubano. Hasta nuevo aviso, así se salda la disensión interna.

Sin embargo, el problema político no se reduce a la sucesión y al respeto a las previsiones constitucionales. Ha quedado muy claro que podría haber un cambio de gobierno pero dentro de un sistema que, desde 2006, ha venido consolidándose y que es hoy no una forma política, sino un modo de vida. El chavismo existe con autonomía de la figura de Chávez presidente. Ofrece una identidad política basada en la dependencia del Estado omnipotente y protector, y, aunque esta relación pueda verse amenazada por la escasez fiscal, como en efecto lo será, tiene un poder simbólico que puede ayudarle a sobrellevarla. Pero sobre todo: es un modo de vida “puesto a prueba” simbólicamente en periódicas contiendas y batallas electorales, y de otras prácticas que en general abundan en las democracias liberales, a pesar de que su institucionalidad política proviene, como lo reveló abiertamente el Presidente encargado, del aparato militar.

Frente a estos asuntos, que obligan a un pensar distinto, a una evaluación que permita reestablecer los equilibrios entre estrategia electoral y estrategia de crecimiento político, y a ejercitar la imaginación y la audacia, la oposición política tiene que soportar las demandas inmediatistas que tanto daño han hecho en la opinión pública y en el destino de las fuerzas de la oposición democrática. En este momento, lo correcto es evitar la tentación del circo, esa que hace que nadie se vea obligado a pensar y a responsabilizarse por lo actuado.