• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Una imagen de la Antigüedad

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Mientras estuve en mi habitación de enfermo en la clínica La Floresta, me divertía viendo pasar frente al ventanal del tercer piso a mis amigas las guacamayas, mañana y tarde, siempre en parejas, decididamente monógamas, dejando ver al vuelo y por instantes el rico color de su plumaje bajo las alas.

La fiebre que me sitiaba hizo que se levantara ante mí la imagen de mi querida amiga AAB, una dama elegante, octogenaria, culta y de arraigada e inmaculada religiosidad. También les dedica su atención (o, por el contrario: ¡las guacamayas a ella!) al punto de que, al amanecer o cuando el Sol decide ocultarse, mi amiga sube a la terraza de su casa (situada bajo el camino de las guacamayas), reza y permanece absorta frente al Misterio. Siempre me ha deleitado pensar que mientras se entrega a la oración los pájaros detienen su aleteo y revolotean sobre el lugar maravillados por la atmósfera de recogimiento que se apodera de toda la casa borrándose no solo en el vuelo sino disolviéndose en el tiempo.

Hay quien ha visto a Dios en un resplandor, dice Hanni Ossott en uno de sus admirables ensayos sobre “La memoria del cuerpo” o sobre las “Imágenes, voces y visiones”. Hay quien lo ha percibido también en una espada o en los círculos de una rosa.

En casa de mi amiga, en lugar del bronco graznido con el que anuncian sus avances, prefiero creer que las guacamayas se instalan en el silencioso borde de la terraza y allí permanecen parlando, mirándose unas a otras, levantando levemente las patas y moviendo de manera casi imperceptible el verdor de sus alas.

Desde mi cama, encendido de fiebre y en medio del quebranto, me pareció ver, de pronto, a AAB en su terraza vistiendo una larga túnica blanca como si se tratara de la sacerdotisa de algún templo de la Antigüedad elevando plegarias con gestos de enigmática significación y las guacamayas más inmóviles que nunca, atónitas, calladas observándolo todo con igual recogimiento como si sintieran que su revolotear incesante, sus vueltas y revueltas en el cielo de enero carecieran de sentido y utilidad; y el malestar, los azotes del quebranto me hicieron sentir que de la contemplación de aquella blanca figura y del azulado resplandor espiritual de la escena emanaba una fuerza de espíritu que es, precisamente, la que el país parece haber perdido bajo la aspereza castrense y la crispante mediocridad de sus dirigentes. Me agradó la escena y me sentí aliviado porque vi en ella el país: no el que padezco bajo el desprecio de la cúpula militar sino el país que aspiré a tener desde mi juventud: sagrado, defendido, incontaminado. El actual yace bajo la vulgaridad populista, pero la vulgaridad no emana jamás de la poesía. Brota solo de los espíritus yermos, de los terrenos ejidos y baldíos del alma; aunque surge también del poder, cualquiera que sea la forma que este asuma cuando se corrompe, se desvirtúa y permite que florezcan de él fortunas y bienes colosales sin importar la insignificancia del sueldo burocrático que los sostiene. Nunca veremos la vulgaridad emanar desde el espacio sagrado de aquella terraza ni en ningún otro lugar en los que oficiemos la aventura del espíritu y la fortaleza de la imaginación: jamás en el país que nos habita, en la vida que llevamos dentro de nosotros.

Advirtamos también que la vida, en el desconcertante espejo que la refleja, sabe descubrir sus propios resplandores y para gloria, de pájaros y guacamayas ellos seguirán revoloteando en el cielo y sobre las terrazas de Caracas ¡hasta que no quede memoria alguna de nosotros sobre esta tierra...!