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Armando Durán

De la ilusión a la certeza

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El pasado miércoles, en una de sus más desesperadas actuaciones ante los medios de comunicación, abriéndose paso a duras penas entre los sapos y culebras que escapaban del fondo de su alma herida de rabia y frustración, Hugo Chávez insistió en destacar la ventaja que, según él, aún conserva sobre Henrique Capriles Radonski y, en consecuencia, el carácter inevitable de su victoria en las urnas de octubre. 

Uno podría preguntarse a quién se le habrá ocurrido este notable testimonio de desprecio por la inteligencia y la sensibilidad de los venezolanos. Se comprende la intención oculta detrás de la burda táctica de manipular encuestas falsas, pero no la perseverancia oficialista en el despropósito. Mucho menos porque lo que en verdad se siente en la calle es que la posibilidad de un triunfo opositor, hasta hace pocos meses apenas una ilusión alimentada por las enormes ganas que tenía media Venezuela de encontrar una luz al final del túnel, ha terminado transformándose en sólida certeza. Para los más pesimistas, en una casi certeza. 

Por supuesto, dos factores han contribuido poderosamente a generar esta grave crisis "bolivariana". Una, la pésima gestión de Chávez, cuyas más recientes demostraciones han sido el emblemático desastre de Cúpira, la pérdida absoluta del debido control estatal sobre las cárceles y la espantosa tragedia de Amuay. Expresiones terribles de un país que se cae a pedazos por culpa de una mezcla de socialismo importado desde Cuba y descomunal ineptitud del propio Gobierno. 

El segundo factor del descalabro electoral del PSUV es el cáncer presidencial que en junio del año pasado disparó todas las alarmas rojas. Al principio, cuando se conoció la dramática gravedad de su mal, toda Venezuela se unió en un justificado sentimiento de solidaridad con el enfermo. Pero ahora, a sólo 30 días de las elecciones, queda claro que esa identificación moral no basta para ganarle a Henrique Capriles Radonski. 

Todo lo contrario. Nadie, absolutamente nadie, ni en Venezuela ni en ningún otro rincón del planeta, acude a las urnas para votar por un candidato queparece padecer un cáncer más o menos terminal. Vaya, que una cosa es la emotiva filiación humana de muchos venezolanos con el paciente y otra muy distinta volcarse por un candidato visiblemente disminuido, que no luce estar en condiciones físicas ni intelectuales de asumir la tremenda responsabilidad de rescatar al país del abismo de una crisis sin precedentes en la historia nacional. 

Se trata, sin duda, de una dura realidad. ¿Cómo disimular a estas alturas del juego la decadencia del régimen? ¿Cómo neutralizar la convicción de que Capriles Radonski se ha convertido en una fuerza política arrolladora? ¿Con absurdos malabarismos aritméticos? Si nos halláramos en medio de una situación política normal, el trance de ganar las elecciones o perderlas serían las alternativas más naturales de este mundo. El 7 de octubre, sin embargo, los venezolanos nos aventuraremos en un territorio mucho más controversial. Las opciones reales de ese día de ningún modo se limitan a elegir entre varios candidatos, sino a pronunciarse en favor de la consolidación de un proyecto político que gradualmente ha venido instalando en Venezuela un régimen no democrático, a la totalitaria manera cubana, o cerrarle el paso de una vez y por todas a tamaña extravagancia. Tan extremo es en realidad el trance que sólo en Nicaragua, por confusión ideológica de Daniel Ortega y por la acción inextinguible de la contra, ocurrió algo parecido. Nunca antes ni después de Esquipulas se ha dado el caso de que una presunta revolución se cuente en las urnas electorales, pierda las elecciones y reconozca, aunque sea muy a regañadientes, la adversidad de la derrota. 

En definitiva, el ejercicio de la democracia se basa en la alternabilidad, mientras que la naturaleza esencial de regímenes como el de Chávez es el continuismo. En su caso, la derrota en octubre nada tendría que ver con un programado alto en el camino, ocasión propicia para recuperar el aliento y luego, dentro de seis años, probar a volver al poder. 

Para Chávez y el PSUV la derrota sencillamente equivale al punto final de su proyecto. Y para ellos y para los grandes intereses políticos y económicos, nacionales e internacionales, que se han conformado a la sombra infinitamente benefactora del paraguas chavista, esa es una opción inadmisible. 
No quiere esto decir, sin embargo, que sea imposible vencer a Chávez. Quienes queremos un cambio en Venezuela somos mayoría y lo sabemos. Nada puede perturbar ni oscurecer esa verdad. ¿O sí? De eso nos ocuparemos el lunes que viene.