• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Sí, ¡es aquí!

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Sí, de la bestialidad, de una salvaje brutalidad oficial, no nos hemos enterado por cables ni a través de la televisión; la estamos viviendo y padeciendo nosotros en este amado país nuestro, hoy presidido por ineptos de muy escasa o ninguna formación, y de manifiesta conducta delictiva en el manejo de los bienes nacionales.

El mundo está enterado de los atropellos gubernamentales a la dignidad y los derechos humanos en Venezuela, Pero a decir de un pobre ejecutivo (supuesto canciller) tal repercusión obedece a que “todo el aparato propagandístico del mundo está unido para atacar a Venezuela”; y se explica así el bloqueo informativo oficial que busca impedir que sean desnudadas las verdades de tan dolorosa realidad. La cáfila cívico-militar que decide las acciones (ataques) y suministra el armamento para ejecutarlas, parece ir tras la anulación y rendición de la sociedad civil.

Mucho de lo que acontece en cualquier espacio del quehacer nacional, corresponde de hecho a un acto cultural concebido hace décadas y llevado a escena por José Ignacio Cabrujas. Y qué decir de Pío Miranda, personaje síntesis de muchos de nosotros, de cuanto hemos sido y creído, espejo en el cual nos resulta inevitable mirarnos; y tal vez, en medio de esta escena actual, más de un congénere suyo vive su propio dilema.

En Nicolás Maduro, de fatua verborrea, la mentira es impúdica rutina, y como apuntó Leonardo Padrón: “Maduro grita paz con tanta violencia que la calma semántica de la palabra se hace añicos”, una agresión adicional a la paz justo cuando ella más que ser nombrada aspira a ser construida. En estos días de crueldad también hemos visto espontáneas concentraciones en esquinas en las que algún estudiante fue asesinado, de vecinos y transeúntes llegados allí para dejarle flores, velas encendidas y mensajes escritos. Por tanto, no pequemos de repartidores de indulgencias no pedidas. La participación popular en acciones multitudinarias contrarias al gobierno, ha confirmado nuestra vocación democrática, y revelado tanto la sensatez para actuar antes que una dictadura se consolide aún más, como la resolución de hacer sentir nuestro derecho de pedir cuentas acerca de la conducción de los destinos del país. Hemos constatado que constituimos una fuerza de opinión, de lucha política, capaz de enfrentar los desafueros oficiales, sin que confundamos ni desvirtuemos el magnífico logro de la ausencia de miedo.

Somos gente decidida a participar en el devenir nacional, sin discriminaciones del oficialismo, empeñado en ver las discrepancias como desestabilizadoras. No somos conspiradores ni golpistas, como sí lo fue el caudillo y lo son sus devotos; y no somos gavillas ni nipleros, por lo que es válido medir los objetivos y alcances de los pasos a dar. La recuperación de una democracia plena, de la dignidad de la Primera Magistratura, del respeto a las leyes y a los derechos de cada ciudadano, nos demanda una actitud que sea una prefiguración real de todo aquello a lo que aspiramos legítimamente.    

Tenemos admirables historiadores y analistas políticos, que nos hacen reflexionar con sus agudas observaciones, y sentimos la necesidad de que sus juicios diferentes o divergentes al confrontarlos, no conduzcan a rupturas, distanciamientos, o cese de movimientos unitarios, sino a una revisión conjunta para solidificar las bases de sus proposiciones, y darles así un real sentido colectivo, unificador.

¿Qué le va quedando entonces a la revolución bolivariana además de sus habituales manejos tramposos? Se vislumbra factible un estallido del régimen desde su interior, suerte de ley que norma la intimidad de procesos como este y de todo ámbito cortesano alrededor de narcisistas delirantes.