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Tulio Hernández

La ignorancia como ardid

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Una buena parte de las grandes obras de la literatura, el cine y la narrativa televisiva universal son historias de asesinos. Edipo mata a su padre. Hamlet a su tío. Raskolnikov, el perturbado de Crimen y castigo, a su casera. José Arcadio Buendía, primero de la estirpe de Cien años de soledad, a Prudencio Aguilar. Los soldados alucinados de Apocalipsis Now ametrallan sin piedad a los vietnamitas. En Sorgo rojo, de Zhang Yimou, un oficial japonés, durante la invasión a China, ordena al carnicero del pueblo desollar vivo a uno de sus amigos. Incluso la Biblia es un libro de homicidas. Desde Caín hasta un Dios colérico que, cual genocida del siglo XX, saca de este mundo, sin distingos de edad ni sexo, a todos los habitantes de Sodoma y Gomorra.

Si Nicolás Maduro tuviese el poder suficiente prohibiría la circulación en Venezuela de todas estas obras. ¿Por qué? Porque de acuerdo a sus declaraciones recientes, el hombre que por decisión de Hugo Chávez preside a Venezuela, cree firmemente que las personas que leen o ven a un personaje de ficción asesinando a otro es muy probable que se motiven a hacer lo mismo. A copiar su conducta. Si alguien lee don Quijote saldrá a enfrentarse con molinos de viento, si ve Novecento de Bertolucci se afiliará al fascismo y si presencia el film cubano Fresa y chocolate terminará cautivado por la opción homosexual.

Pareciera que Maduro no ha visto Bowling for Columbine, el documental de Michael Moore, el ídolo de la izquierda norteamericana, en el que demuestra de manera fehaciente que los canadienses y los estadounidenses consumen anualmente la misma cantidad de violencia en el cine y la televisión y, sin embargo, en Canadá no ocurre ni remotamente tan grande número de homicidios como en Estados Unidos. Entre otras razones, porque en Canadá la población civil está efectivamente desarmada.