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Maximiliano Tomas

Una idea tan absurda

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Pocas sociedades interpretan tan bien la corrección política, ese invento de las buenas conciencias que suele usarse para disfrazar la hipocresía, como la estadounidense. Un amigo escritor me contó que en la universidad de Nueva York donde estaba estudiando tenían prohibido leer a Federico García Lorca porque en alguno de sus poemas había utilizado una poco elegante metáfora sobre un hombre negro (y a Ernest Hemingway, porque al parecer era machista). Recuerdo que otro amigo escritor perdió un trabajo porque escribió un artículo en el que se opuso (utilizando también una metáfora algo brutal) a una iniciativa de una organización feminista estadounidense que pretendía prohibir los piropos callejeros en Buenos Aires, equiparándolos con una vejación física. Recuerdo, finalmente, a una chica neoyorquina que casi me agarra a golpes porque yo había osado repetir un chiste de judíos que ella misma me había contado hacía un rato: “Solo los judíos podemos contar chistes de judíos”, me amonestó con correcta seriedad.

La corrección política es como ese lubricante en aerosol que todos alguna vez usamos: económica y accesible, se puede aplicar a casi cualquier cosa y aparentemente hace del mundo en que vivimos un lugar más silencioso y con menos fricciones. Así es como, impulsada por los resultados de un estudio de la asociación feminista estadounidense Vida (que se ocupa de relevar la presencia y la recepción de las obras literarias escritas por mujeres en los medios de comunicación) a Joanna Walsh, una joven dibujante y escritora inglesa, se le ocurrió una idea: que 2014 sea un año dedicado únicamente a la lectura de escritoras mujeres. Para eso creó la etiqueta #readwomen2014, que empezó a hacer circular en las redes sociales, y ahí lo tienen: la cuestión ya llamó la atención de medios como The Guardianque acaba de dedicarle un artículo.

Pero lo que podría pasar por una ocurrencia más o menos ingeniosa, más o menos efectiva o más o menos inocua está logrando, gracias a la lupa de aumento de la corrección política, que haya aparecido gente que suba la apuesta hasta el absurdo. Daniel Pritchard, el editor de un periódico literario y cultural de Boston llamado Critical Flame acaba de anunciar que en 2014 su sitio se dedicará únicamente a leer obras de autoras mujeres y de escritores de color (el eufemismo correcto para denominar a latinos y negros). “Las escritoras mujeres y los escritores de color son menospreciados por la comunidad literaria contemporánea y no tienen el lugar que se merecen”, asegura Pritchard en el comienzo de su declaración de intenciones. Claro que no es el único ni será el último. El crítico Matthew Jakubowski, del prestigioso periódico sobre literatura contemporánea Asymptote, acaba de sumarse a la iniciativa y declara, con la misma elocuencia y solemnidad, que este año dedicará sus esfuerzos intelectuales a repasar libros escritos solo por mujeres : “La industria editorial sigue con su fórmula de favorecer a los hombres cuando se habla de literatura, así que durante 2014 lucharé contra eso. Ya compilé una larga y variada lista de escritoras mujeres de todo el mundo, incluyendo prosas experimentales, poesía y ensayo, además de algunos textos clásicos del feminismo”.

Como diría un escritor argentino, uno no sabe qué pensar de la gente: si son idiotas o si se toman a pecho la burda comedia que representan. Por suerte ahí está la ficción para burlarse un poco de ellos (hay un sketch del magnífico programa Portlandia en el que dos mujeres manejan una librería feminista llamada Women and Women First, donde no se venden libros escritos por hombres ni se admiten a clientas que tengan una pareja masculina) y también la realidad: en Argentina, como en buena parte del mundo, la industria editorial es manejada por mujeres. Son mujeres las que por lo general deciden qué se publica y quienes se encargan de editar esos libros, de difundirlos y, en la mayoría de los casos, también de comprarlos. Ni siquiera lleva mucho esfuerzo comprobar que en los últimos años, de J. K. Rowling a E. L. James, los libros más vendidos en todo el mundo han salido de la pluma de escritoras mujeres.

Así que por supuesto que hay que leer a escritoras mujeres. ¿Y por qué hacerlo, además, durante un año y no a lo largo de diez, o incluso toda la vida? Hay que leer a Carson McCullers, a Katherine Mansfield, a Flannery O´Connor, a Sylvia Plath, a Kate Chopin. A Simone de Beauvoir, a Virginia Woolf, a Marianne Moore. Hay que leer a Dorothy Parker, a Alice Munro, a Lorrie Moore, a Katherine Anne Porter, a Iris Murdoch. Hay que leer a Susan Sontag. Hay que leer a Elena Garro y a Elena Poniatowska. A Silvina Ocampo, a Alejandra Pizarnik, a Silvina Bullrich, a María Moreno, a Angélica Gorodischer, a Aurora Venturini, a María Sonia Cristoff. Hay que leer también a Samanta Schweblin, a Mariana Enriquez, a Selva Almada, a Fernanda García Lao y a tantas otras. Pero hay que leerlas, antes que nada, porque son grandes escritoras: no porque son grandes escritoras mujeres. Leer a alguien por el mero atributo de ser mujer tiene literariamente tanta relevancia como leer a alguien porque es varón, o porque es homosexual, o manco o borracho: como si alguien le dedicara un año de su vida a leer a Cervantes porque le faltaba una mano, a Puig porque le gustaban los hombres, a Lowry porque le gustaba el alcohol, o a Cheever porque le gustaban el alcohol y los hombres, aunque conservara sus dos manos.