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Leopoldo Martínez Nucete

Yankees, come back!

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Muchos abuelos cubanos recuerdan cómo al inicio de la revolución, en los tempranos sesenta y plena efervescencia de la Guerra Fría, podían ver en la línea del horizonte la flota americana. Tío Sam al acecho del enemigo rojo, dispuesto al ataque.

Desde entonces han pasado muchas décadas y se han escrito muchas páginas sangrantes sobre las relaciones entre Estados Unidos y La Habana. Hace apenas dos semanas, en Panamá, bastaron diez segundos para cerrar capítulo. Fue exactamente lo que duró el apretón de manos entre el presidente Barack Obama y su homólogo cubano, Raúl Castro, un gesto histórico con el que pusieron punto y aparte a una narrativa diplomática amarga y tensa, para dar paso a una nueva etapa.

Son, en efecto, dos fotografías totalmente diferentes; un giro ni gratuito ni fortuito, movido por intereses geopolíticos, indudables ambiciones personales y apetencias comerciales, que las hay.

Pero las cosas van más allá del apretón de manos en Panamá. Barack Obama ha dado un paso más al anunciar su voluntad de excluir a Cuba de la lista de países promotores del terrorismo, un avance en el incipiente aunque firme proceso de normalización de relaciones.

La mencionada lista se creó el 29 de diciembre de 1979 cuando los enemigos jurados de Washington eran Libia, Irak, Yemen del Sur y Siria. Cuba fue agregada en 1982, tras ser acusada por Estados Unidos de mantener lazos con guerrillas centroamericanas, el grupo separatista vasco ETA y movimientos guerrilleros colombianos, explica una noticia del diario español El Mundo. Hoy junto a Cuba están en esa sancionatoria lista, Irán, Sudán y Siria.

Quienes forman parte de la poco honrosa lista se exponen a varias sanciones por parte de Estados Unidos: cancelación de la exportación de armas, vigilancia de las exportaciones, restricciones en la ayuda económica, restricciones financieras, bloqueo de créditos de organismos multilaterales, denuncias en tribunales estadounidenses por daños civiles a las familias de víctimas del terrorismo, posibilidad de prohibir a ciudadanos estadounidenses entablar relaciones financieras con esos países, prohibición al Departamento de Defensa de contratar por más de 100.000 dólares con compañías controladas por los países de la lista.

Algunos políticos se han opuesto radicalmente a la medida de Obama. Entre los más vociferantes, el precandidato presidencial republicano de origen cubano Marco Rubio, así como su compañera de partido Ileana Ros-Lehtinen, y también el senador demócrata Bob Menéndez, un prominente legislador del comité de asuntos exteriores hoy disminuido por acusaciones de corrupción en su contra.

Rubio considera que se trata de un “terrible error” de Obama pues, en su opinión, Cuba sigue protegiendo y promoviendo a agrupaciones terroristas y Estados enemigos como Corea del Norte.

Pero también los tiempos han cambiado. No es igual el mundo de la Guerra Fría al actual mapa geopolítico, y más allá de eso, no se parecen aquella sociedad cubana de los años setenta, esperanzada por un futuro revolucionario que aún está en deuda, a la actual sociedad cubana, un poco mejor informada en medio de la precariedad tecnológica y la censura, un poco menos ensimismada, un poco más audaz.

Incluso, recientes encuestas del Pew Center / Atlantic Council indican un amplio apoyo de la sociedad estadounidense a la apertura a Cuba, e incluso destaca cómo la medida cuenta con amplio respaldo entre los cubano-americanos más jóvenes, ante lo cual posiciones radicales como la de Rubio podrían quedar fuera de foco.

La variable “Venezuela”, otrora oxígeno fundamental de La Habana entra también en el juego. El régimen castrista sabe que mirando al Sur puede obtener buenos aliados políticos pero poco rédito económico; y aunque todavía media una buena dosis de desconfianza, el juego hacia el Norte parece deparar una mejor perspectiva.

Pero la oposición a la normalización de las relaciones con Cuba no es un tema que une a los republicanos. Hay consensos bipartidistas imaginables en torno al concepto de que una apertura económica hacia Cuba puede promover un cambio positivo a lo interno de la isla, además de relanzar el liderazgo regional de Estados Unidos. Por otra parte, una docena de estados agrícolas en Estados Unidos, gobernados por republicanos, tienen mucho que ganar con esta apertura. La poderosa Cámara de Comercio de Estados Unidos, espacio donde se expresa buena parte de un liderazgo corporativo favorable a los republicanos, ha dado buena acogida a este histórico paso. E, incluso, precandidatos presidenciales republicanos vinculados al Tea Party, como Rand Paul, han dicho que si se tienen relaciones con China y Vietnam por qué no tenerlas con Cuba.

Obviamente, excluir a Cuba de la lista no lo es todo ni hace la gestión tan sencilla. A Obama le toca ahora avanzar en medio de la dificultad política que concita un Congreso dominado por los republicanos y que tiene la última palabra en cuanto al nombramiento de embajadores o la derogatoria del embargo, o leyes como la Helms-Burton que en los noventa endurecieron las sanciones a empresas que intentaron comercializar con propiedades privadas confiscadas por la revolución castrista. Allí sí se presentarán obstáculos muy difíciles sobre todo por la oposición que hará Marco Rubio como senador miembro del Comité de Relaciones Exteriores, instancia clave en todo esto.

Lo interesante es que mientras la dimensión política avanza con sus ritmos y temperaturas particulares, por debajo del oleaje no han parado las misiones comerciales exploratorias y visitas de empresarios de todo tipo a La Habana.

Probablemente los cubanos de hoy se asomen al malecón dentro de poco y en lugar de ver aproximarse a la flota americana, se sorprendan con un buque comercial que luce una gran M de McDonald’s.

Entre tanto, y mientras en Cuba ya está en desarrollo una dinámica de cambios hacia la apertura y el cambio económico hacia un modelo donde el sector privado e intercambio comercial con Estados Unidos son fundamentales, por aquí en Caracas andan algunos viendo la película en blanco y negro.

 

Nos leemos en Twitter @lecumberry.