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Santiago Zerpa

Papi, de Rita Indiana

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“Kanye me tiene jarta”

Rita Indiana


Rita Indiana no es guapa a primera vista. Con su cabello corto y sus rasgos duros y ásperos, como el que ha recibido golpes desde pequeño, no es la clase de mujer que te llama la atención en la calle. No voltearías a contemplarla mientras se desaparece por la calle envuelta en aquella ropa recia y varonil que no es más que un reflejo de su carácter. Pero es un personaje muy particular que viene haciendo mucho ruido desde hace mucho tiempo. Dominicana de nacimiento y de profesión, la isla se manifiesta en el merengue que toca junto a Los Misterios, o mejor dicho, la reinterpretación misma del género, en una forma más dance, electrónica, pero a la misma vez autóctona y única. Versionando la célebre “Sweet Dreams” de la banda británica Eurythmics, o hablando del Equelbol (skateboard), fue incursionando en la música caribeña y revolucionándola a medida que la bailaba en sudor. Tras consagrarse en Nueva York, y con una canción como El Juidero (que se ha vuelto su himno), podemos decir que Rita se las trae. Criticando la sociedad dominicana o hablando de sexo sin tapujos, el spanglish de sus letras atrapan y golpean a quien las escuche. Quizás por eso para el año 2011 fue escogida como unas de las personalidades latinas más influyentes.

Pero Rita, ante todo, es escritora. A pesar de haber obtenido fama y reconocimiento a través del merengue su hogar está entre las páginas. Es una de las figuras claves de la literatura caribeña actual, terreno en el que se aplica desde 1998 cuando publica Rumiantes, su primer libro de cuentos. Y aunque tiene otro libro de cuentos y tres novelas, quizás Papi, la segunda, es sobre la que hay que posar los ojos. Editada en 2005, fue convertida en un texto de culto desde que se hicieron públicas sus primeras líneas. Y es que cuando empiezas a leerla descubres que aquella Rita que canta merengue es solo un derivado de la historia que contiene Papi. Descifras que de ahí viene todo, que es la semilla, que entre las oraciones del libro se ramificarían canciones, que entre los verbos y los adjetivos está presente el rock, el pop y la música electrónica, y que en sus personajes está la tradición dominicana, el ritmo, el baile.

Papi es un libro muy logrado. Cuenta la historia de una niña que ama a su padre, a su Papi, un mafioso dominicano que idolatra. Papi es como un superhéroe, que aparece y desaparece a su antojo cargado de carros, dinero y mujeres, provocando alucinaciones a todos los que lo rodean. Esa es la premisa, pero es mucho más que eso. El lenguaje en el que se narra la historia es muy complejo, casi íntimo. Las oraciones se parecen más a una manada de perros salvajes que huyen, aúllan y se muerden a medida que avanzas. A veces el ritmo es frenético, como el de un perico ripiao con techno, y entonces es cuando la voz de la niña se mezcla con sus fantasías, o con las fantasías de los demás. Otras veces todo se calma, se vuelve lento, y tienes que leer apretado como quien baila una bachata con su novia, y acompañas a la niña en sus tristezas, o mientras se asoma por la ventana a contemplar el paisaje. La música es clave para entender la novela, porque al igual que sus canciones, Papi es resultado de una búsqueda transgénica que Rita lleva años puliendo y refinando. Todo sabe a mar, a isla y a Caribe, pero la manera en que se abordan situaciones comunes (al menos para los latinoamericanos) como los narcos, la mafia, el mito norteamericano del progreso y la vida mejor, los niños que crecen sin padres, la pobreza, el consumo, la mitificación del dólar, y de quien lo posea, y de quien lo regale, es diferente a cualquier otra cosa escrita que haya leído hasta el momento. Es un lenguaje propio, que refleja una manera de comprender su mundo desde lo sensible a pesar de lo dañino. Ver las flores que nacen desde la bosta de vaca. La belleza oculta en un rancho, en un pordiosero desdentado, en un cuerpo sudado que baila mientras bebe cerveza. Es entender sus propias raíces y rescatar aquellas imágenes que valen la pena ver de cerca. También es rescatar lo que hay que pulir, cambiar y aniquilar, porque Rita es muy dura cuando se debe criticar las múltiples fallas que atacan su isla, y no duda ni un segundo en hacerlo. Y ahí es entonces donde radica su belleza. Es el segundo vistazo que te hace verla guapa a segunda vista. Porque leyéndola descubres que ese carácter áspero que reluce en su rostro atraviesa como bisturí las fallas de su propia patria. Que a pesar de amar República Dominicana, y a sus habitantes, colores, olores, es consciente de que todavía queda un largo trecho por recorrer para limar las astillas de la sociedad y la política. Como lector, no te sientes lejano a aquella isla, sino todo lo contrario. Descubres que entre los múltiples géneros, los diferentes tonos, ritmos, y los diversos enclaves en los que se ahonda la novela, al final habla de una historia latinoamericana que nos envuelve y refleja. El spanglish, la cultura pop y la música extranjera pueden llevarse muy bien con lo autóctono. La identidad nacional, si es que existe, reside en la misma hibridación de géneros. Al fin y al cabo, lo importante es cómo cuentas la historia, no la historia en sí. Y Rita Indiana la cuenta sonriendo y llorando, pero siempre cantando y con música de fondo.