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Atanasio Alegre

Leviatán revisitado

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Sobre los beneficios de la biblioterapia comienza a hablarse cada vez más en Inglaterra como una forma de superar algunas anomalías psicopatológicas, tales como depresiones, mitomanías y esa nueva modalidad de comportamiento de los  llamados softboys  que no son nadie, si no se ven reflejado en los otros como en un espejo. Dediqué una buena parte de mi vida profesional al ejercicio de la psicoterapia y entiendo que recetar, previa una exploración de personalidad, según se hace en Inglaterra, los libros que en cada caso pueden leerse con intención curativa no deja de ser un avance.

Y una novedad.

En Un corazón simple, una de las últimas novelas de Flaubert, la más corta de todas las que escribió, pues apenas abarca 40 páginas, ridiculiza el estilo grotesco de ciertas fabulaciones hechas de repeticiones, con la monotonía del loro al que la protagonista de la obra dispensa cuidados como si se tratara de un familiar. Pues bien, esa forma de repetir las cosas es propia de la conducta del mitómano, el cual sobre la base de recurrir a sus propias fabulaciones llega a creérselas, de tal manera que pueden conducirle incluso a conductas  paranoides cuando estas afectan al núcleo familiar.

Es un caso.

Cuando se produjo en 1666 el gran incendio de Londres que redujo a cenizas la mitad de la ciudad, se hizo popular entre quienes podían entenderla una obra con el título de Leviatán escrita por el filósofo Thomas Hobbes. Había sido publicada quince años antes para librar del pánico a la población ante posibles anuncios de desastre como había sucedido en el pasado cuando la Armada Invencible Española se acercaba a las costas inglesas. Como es sabido, ese acontecimiento no pasó de ser una amenaza para los ingleses, pero el texto de Hobbes iba a ser leído con propósitos curativos en este otro trance en el que estuvo a punto de desaparecer la ciudad de Londres.

El Gran Incendio, como se le llamó, se inició el 2 de septiembre y duró tres días. Murieron unas 80.000 personas. Pudo haberse extinguido al comienzo, pero el Alcalde mayor que respondía por el nombre de Thomas Bloodworth –un hombre y un nombre equivocado para el cargo en ese momento- cuando le comunicaron la gravedad del asunto dijo que bastaba  con que una mujer orinara sobre las llamas para extinguir el fuego. Se le recomendó constituir un cortafuegos, derribando algunas edificaciones junto con la panadería donde se había originado el fuego –panadería al servicio de la Corte, en todo caso– y tampoco prestó atención alguna a las recomendaciones. La situación posterior al incendio elevó al máximo la temperatura: la del malestar de los ciudadanos que sobrevivieron. Y fue justamente para  lo que vino a servir el Leviatán, la obra olvidada de Hobbes, escrita fundamentalmente para que en una situación de pánico no se produjera el enfrentamiento de unos ciudadanos con otros, es decir, evitar el peligro de una guerra civil. Pero para ello se hacía preciso delimitar determinadas circunstancias: establecer una relación razonable y tolerable entre los de arriba y los de abajo. Y ello solamente se podía llevar a cabo mediante un contrato, definiendo de antemano quiénes iban a formar parte del mismo. Por los de abajo, o sea por los ciudadanos sometidos a los poderes, Hobbes entendía al hombre natural, mientras que por los de arriba, dueños del poder, en capacidad de atizar el miedo que genera la violencia, era el hombre artificial a quien se le había encomendó organizar el orden en evitamiento del caos. Esta  función podía revestir peligros tan diabólicos como los que se atribuían al monstruo bíblico conocido con el nombre de Leviatán.  El Leviatán  venía siendo en la Biblia la figura de la serpiente que tentó a Adán y Eva en el paraíso terrenal y que en los escritos bíblicos posteriores lo acercan a Satán.  Pero el Leviatán como representación del hombre artificial es tan poco de fiar como el hombre natural ya que,  en resumidas cuentas, éste es un lobo  para sus semejantes.

De modo que la sociedad, de acuerdo a Thomas Hobbes, solamente puede funcionar bajo un contrato que implique a ambos contrayentes, el hombre natural y el hombre artificial. “La obligación de los ciudadanos frente a quienes ejercen el poder dura solamente mientras aquellos sean capaces de protegerle, y se anula en el momento en que esta protección desaparece”

En 1666, el Leviatán de Hobbes ejerció una función terapéutica ante una sociedad traumatizada y dividida, no solo por el Gran Incendio, sino justamente por falta de una acción curativa de liderazgo. Leviatán vino a constituir en este sentido un revulsivo para la reconstrucción de la ciudad de Londres, levantándola de las cenizas, prescindiendo de todas formas de alguien tan inepto como el alcalde mayor quien fue incapaz de manejar la situación ni durante ni después del incendio de la ciudad.  Como es sabido, ni Hobbes ni su obra han gozado de buen fama en el trascurso del tiempo, pero hay que convenir que sentó unas bases de convivencia entre la ciudadanía dividida en dos partes por la acción, sobre todo, del que Hobbes llamó el hombre artificial.

Pus bien, establecido este puente hasta donde pretendo llegar, cabe preguntar: ¿Existe un libro curativo en la sociedad venezolano actual como fue el caso en Inglaterra con la obra de Hobbes? Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, cumple, a mi entender con ese propósito. Pero, no deja de ser un asunto que invita a la reflexión, determinar qué tipo de contrato sería efectivo en la actual sociedad venezolana entre el hombre artificial y el hombre natural para que no ocurra lo que está aconteciendo en Ucrania, con la diferencia de que la nación detrás del conflicto no sería Rusia, sino Cuba, la Cuba comunista.

 Este el sentido curativo colectivo de la biblioterapia (de la individual ya se encargaran los especialistas del ramo en su momento) que vendría a ser de gran utilidad para evitar las tenebrosas sombras de la guerra civil que se proyectan entre las partes en conflicto en este momento en el país.-

atanasio9@gmail.com