• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

In God We Trust

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En investigaciones recientes encontré uno de los testimonios más contundentes del arte de los años noventa sobre la situación política, social y económica de Venezuela. Esa década fue un tiempo crucial para el arte nacional, caracterizado por armazones creativas capaces de poner en evidencia el mal proceder de las relaciones de poder, pilar perturbador de propuestas que pasaron desde la unidad formal hacia la multiplicidad abierta, herramientas transgresoras que integrarían todos los medios necesarios para propagar sus reflexiones.

Una de las piezas más concluyentes de aquel momento fue In God We Trust de José Antonio Hernández-Diez. Obra concebida un año después del Caracazo, remite al doloroso evento que tuvo lugar en nuestro país en febrero de 1989. Ese duro golpe en la vida democrática fue forjado por protestas que reclamaban ante la compleja situación económica recrudecida por los planteamientos liberales del gobierno de Carlos Andrés Pérez, lo que originó una acción represiva por parte del Estado en la que la Policía Metropolitana, la Fuerza Armada del Ejército y la Guardia Nacional se abalanzaron sobre lo que inicialmente era una manifestación pacífica, generando un saldo oficial de 300 muertos y miles de heridos. Datos no oficiales dictaminaron cifras mayores que convirtieron ese hecho en una masacre estatal contra las demandas del pueblo.

Ese año llegaría a manos del artista un material visual en bruto sobre las terribles acciones de los cuerpos armados. Al año siguiente la videoescultura había integrado todos los elementos del conflicto real para inscribir sus precedentes: una doble emisión de video en los lados opuestos de una gran pirámide dibujaban las caras confrontadas del suceso; en el lado frontal emporios, negociaciones, acuerdos e intereses transmitían los fríos arbitrajes del poder. Por detrás de la estructura y en un amplio cuadro proyectado sobre la pared, las imágenes silenciadas del Caracazo revelaban el dolor humano de los que no tienen voz, la tragedia que emanaba a espaldas de los que decidían, sin ensuciarse, sobre la vida de los otros.

Es inaudito que en la crisis actual que atraviesa la sociedad venezolana aquellos mismos que surgieron en la disidencia de episodios como estos, y que lograron llegar a cargos directivos en el gobierno nacional con la convicción de no repetir nunca más incidentes similares, vuelvan a darle la espalda a las reivindicaciones que exige un alto porcentaje de la población: ciegos, aturdidos por la permanencia a toda costa, enviciados por intereses foráneos, engrandecidos y sordos de poder, plenos de barbarie y temeridad.

El título de la pieza de Hernández-Diez irónicamente remitía al texto grabado en el billete del dólar; es el lema de Estados Unidos de América: In God we trust (En Dios confiamos). La ironía versa en su referencia interna a la lucha por la libertad en tanto que la lucha de poder en torno a esa misma moneda era el epicentro de muchos conflictos que azotaban al país. Veinticinco años después las emisiones de video continúan en caminos separados: torturas, presos políticos, ausencias, muertes… en tanto que el petrodólar hace de las suyas en la parte frontal del esquema. Mientras tanto la vida, la sociedad y la confianza continúan resquebrajadas, divididas, separadas como esa De Civitate Dei en pugna que recientemente tocó la fibra del maestro Miguel von Dangel.