• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

“Eppur si muove”

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Días atrás me llamó la atención el titular de un matutino según el cual “la gente se ha acostumbrado a hacer cola”. No supe si era la opinión del editor o la de algún dirigente opositor y, la verdad, poco importaba, pues, aún no había terminado de digerir tan alarmante aseveración y de preguntarme quién tendría la culpa de esa estoica pasividad, cuando ya, como es habitual, no sólo en mí sino en la abrumadora mayoría de mis compatriotas, me encontraba apostado en una cola para pagar los pocos artículos que pude conseguir en las escuálidas góndolas del supermercado, que no eran precisamente los que más necesitaba; pero, como peor es nada, decidí adquirirlos y padecer la lentísima marcha hacia las cajas, pensando que, a lo mejor, Zenón estaba en lo cierto y el movimiento es ilusorio, como lo serían, así mismo, el espacio y el tiempo (aunque no me creo que la cachazuda tortuga pudiese ganarle al raudo Aquiles la carrera imaginada por el filósofo eleático en su celebérrima paradoja).

El lánguido avance de la hilera que conducía a una caja supuestamente express me permitió cavilar, no ya sobre la aciaga acumulación de desatinos de los gobiernos bolivarianos que ha conferido a estas inhumanas filas cierto rango institucional, sino a la presunta complicidad que, por negligencia o incompetencia, pudiesen tener los patronos y sus empleados en la generación de esas procesiones que marchan con morosidad extrema hacia el cadalso de las registradoras; y, a riesgo de sucumbir a la paranoia y enrollarme en teorías de la conspiración, comencé a barruntar la hipótesis de una conjura fraguada por algún misterioso poder con miras a escatimarnos el tiempo para que, a duras penas, podamos cumplir con nuestras cada vez más exiguas y monótonas rutinas.

En esas estaba cuando me asaltó la idea de compartir con quienes tengan a bien leerme las sospechas que alentaron mi conjetura de que las rigideces y dilaciones que impiden fluidez en la tramitación de pagos, cobros, depósitos y otras diligencias obedecen a un muy bien urdido complot; por ello me propuse sustanciar un expediente al respecto. El problema es que no sabía cómo instruirlo, pues semejante tarea reclama, además de rigurosas indagaciones y la minuciosidad de un Sherlock Holmes y, a menos que se tenga la “feroz lucidez” de Fernando Vidal Olmos – ese personaje creado por Ernesto Sábato que, en Sobre héroes y tumbas (1961), se sumergió en el mundo de las tinieblas perennes y redactó un Informe sobre ciegos para probar que los invidentes conforman una pérfida secta confabulada contra la humanidad–, es improbable que podamos transmitir lo que estimamos insidioso proceder de cajeros, cajeras y afines para mantener en vilo a quienes, siempre en serpenteante formación, aguardan pacientemente su turno para cancelar sus compras.

Tampoco disponemos de la “pluma de la broma” ni de la “tinta de la melancolía” con las que Joaquim Machado de Assis compuso las Memorias póstumas de Blas Cubas (1891) por lo que el humor y la evocación son registros negados a nuestra empresa; podríamos ensayar con la simplicidad expresiva de un Kafka, quien con precisión y sencillez supo transmitir el desaliento que se apodera del hombre cualquiera cuando debe adentrase en el agobiante entramado burocrático; desgraciadamente, estamos privados de ese talento.

¿Será que sólo nos resta calcar sin más el titular referido al comienzo de estas líneas, desestimando la indolencia o incuria de dependientes, despachadores, empaquetadores y cobradores cuyo desempeño pudiese ser causante de que nos encontremos continuamente en jaque? ¿O que, víctimas de una psicosis delirante, sostengamos que pertenecen a alguna orden hermética o sociedad secreta y que se comportan de acuerdo a los lineamientos trazados por sus jerarcas? Tal vez no se trate de desidia ni de disciplina sectaria. Quizá – y es lo más seguro – esos empleados están subpagados y, por tanto, carecen de los debidos incentivos para desarrollar una auténtica vocación de servicio; lo que, sin embargo, es evidente, es que mercaderes, banqueros, gestores y administradores de oficinas públicas han reducido a menos de la mitad el número de trabajadores que se necesita para garantizar fluidez en las transacciones, y, de igual modo, es patente la obsolescencia de los equipos y sistemas utilizados para darles curso; pero, como la mayoría de esas rémoras se deriva de leyes promulgadas con objetivos clientelares y de espaldas a la realidad, tenemos que señalar, sin temor a equivocarnos, a los gobiernos de Chávez y Maduro como responsables absolutos del maltrato y suplicio a que son sometidos los consumidores como consecuencia de la escasez, el desabastecimiento y la improvisación. Respondemos, así, a la interrogante inicial, pero continuamos en la cola sin poder exclamar, como hizo Galileo, “Eppur si muove