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Eddy Reyes Torres

El Nicho de la Vergüenza

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El título de la presente columna se corresponde con el de la novela escrita por el albanés Ismaíl Kadaré, premio Príncipe de Asturias de las Letras (2009) y varias veces candidato al Premio Nobel de Literatura. Con hermosa prosa impregnada de una deslumbrante poética, Kadaré va tejiendo la aleccionadora historia de Alí Bajá de Tepelana o Alí Pashá de Yánina (1741-1822), cuyos hechos se desarrollan bajo la dominación otomana de Albania, la zona más conflictiva del imperio. Aunque originario de Albania, el contradictorio personaje se vinculó al sultán otomano y oprimió a los suyos como cualquier otro visir. Sin embargo, tomando provecho de la debilidad del imperio al que servía, que a partir del siglo XVIII entró en franca decadencia, su relación con el soberano siempre fue díscola. Mantenía tratos con los ingleses, o con los franceses, sin informar de ello a su badijá (sultán). Participaba o no en las grandes campañas bélicas con su ejército, a su capricho.

Luego de 33 años de ejercicio del poder, y a raíz de una de sus tantas arbitrariedades, el sultán le exigió que abdicara. Alí Bajá, que entonces tenía 82 años de edad, se rebeló y trató de seguir los pasos de Scanderbeg de los Kastriota, líder carismático del siglo XV, que se sublevó con éxito contra el sultán y al que el pueblo albanés había seguido veinticinco años en vida y once después de muerto. Pero los albaneses no estuvieron dispuestos a perdonar los viejos desafueros de Alí Bajá y lo abandonaron a su suerte. Kadaré explica tan significativo proceder así: “Albania no se contenta con cualquier clase de amor. Reclama un amor especial, esa clase de amor en el que uno se olvida de sí mismo, doliente, apremiante, a vida o muerte”. Sin embargo, a pesar de contar con un ejército mucho menor, los turcos (otomanos) necesitaron dos campañas para someterlo, a cuyo término su cabeza fue desmembrada del cuerpo y exhibida en el Nicho de la Vergüenza (llamada “la piedra del ibret” que quiere decir “castigo de la ignominia”).

El Nicho de la Vergüenza era el más ominoso símbolo del poder imperial turco. Estaba ubicado en la plaza más concurrida de Estambul (la antigua Constantinopla), capital del imperio, y servía de muestreo de lo que esperaba a cualquier opositor al régimen con ambiciones separatistas o ideas diferentes. Pero la cosa no quedaba allí. La advertencia iba más allá puesto que ni los privilegiados escapaban de su significado; a mayor altura en la escala del poder, mayor era el riesgo de que la propia cabeza acabara en el Nicho de la Vergüenza. Se trata, pues, de una verdadera alegoría del despotismo y del imperialismo de todos los tiempos y lugares. A través de la extrema crueldad del sultanato otomano, Kadaré no hace que más que anticipar la dureza y ferocidad de los regímenes totalitarios del siglo XX.

No es exagerado afirmar que un carácter emblemático similar tienen hoy las acciones y procesos que se han llevado a cabo contra importantes líderes de la oposición (Machado, López, Scarano, Ceballos y otros) por simplemente disentir y confrontar al régimen. Los pronunciamientos de diferentes organismos internacionales e importantes líderes del mundo son prueba inequívoca de lo primero. Lamentablemente, el gobierno se empeña en ir a contracorriente de los principios que definen una verdadera democracia, los cuales, para mayor deshonra, están recogidos en nuestra Constitución.

Como si eso fuera poco, en ese mismo nicho hay que colocar la propuesta de Nicolás Maduro a Joe Biden de expatriar a Leopoldo López a Estados Unidos si  este país le entrega a Oscar López Rivera, líder independentista puertorriqueño. Solo una cabeza cargada de inquina e incomprensión es capaz de cuajar tales extremos. De allí el mote: ¡Cosas veredes!