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Sergio Dahbar

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Todo lo ocurrido después del 5 de marzo, a las 4:25 pm, día y hora en que Nicolás Maduro informó que el presidente Hugo Chávez entró en la inmortalidad, se asemeja a una ópera mística que deja el sabor de algo ya vivido en América Latina. Incluido el pajarito.

Acabo de leer el libro del periodista Miguel Prenz, El heredero del general, publicado por Norma en Argentina. Es un retrato desopilante de Mario Rotundo, el albacea de los bienes del caudillo argentino Juan Domingo Perón, quien preside la Fundación por la Paz y la Amistad de los Pueblos.

El libro es un retrato de la corte de los milagros que rodeó al general cuando la Revolución Libertadora lo expulsó de Argentina en 1955. Crecen y llegan a la ebullición figuras como las de María Estela (Isabelita) Martínez de Perón y José López Rega, corista y brujo personal de quien ha marcado la política del sur desde el año 1946.

Hoy en día Isabelita tiene 80 años, vive en la capital española y cuenta con la asesoría de un adivino, Octavio Aceves. Sobre los excesos y crímenes cometidos en su breve presidencia argentina de 632 días no recuerda nada. Se le olvidaron los militares que metió en el Consejo de Ministros y la creación de la Triple A, grupo parapolicial exterminador antes del golpe de 1976, que ella hizo posible.

Mario Rotundo cuenta que una noche lo despertó Isabelita. Ambos vivían en un edificio de la calle madrileña Casado del Alisal. Cuando Rotundo llegó a la habitación, estaba de pie sobre la cama. Parecía una escena del exorcista: pálida y fuera de sí, pegaba gritos.

Le confesó que en el cuarto había entrado una luz cenital, que provenía del mueble donde escondían el sudario de Evita, primera viuda del general. Ya en el pasado José López Rega contó que había acostado a Isabelita al lado del cadáver de Evita, para pasarle el alma.

Prenz relata la historia de otra decadencia: Rotundo heredó en la fundación 14.000 objetos pertenecientes a Perón. Se los donó Isabelita para protegerlos de los juicios que entablaron los familiares de Eva Duarte de Perón y que obligaron a vender la mansión madrileña de Puerta de Hierro, donde vivió Perón en su exilio. La familia Duarte recibió 4 millones de euros por esa transacción inmobiliaria.

Rotundo no tiene cómo pagar alquiler, viáticos, honorarios de abogados, sueldos, luz, gas, cable, Internet. Para recuperar bienes en Suiza y en bancos argentinos, y mantener la fundación, ha comenzado a vender los objetos por Internet: La Subasta del Bicentenario.

Ahí se encuentran (Prenz vio estos objetos) desde rebenques de oro, plata y alpaca, hasta el alhajero de Evita fabricado con porcelana de Limoges que le regaló Josephine Baker. La máquina de escribir Lexington 80 del general. Libros, carpetas, discos, vajilla, zapatos…

Rotundo quiere recuperar además 2.000 objetos de Evita, expropiados por los militares y entregados al Banco de la Ciudad de Buenos Aires. Persigue una indemnización por ese patrimonio afectado. Se encuentra un automóvil, un tapiz regalado por el presidente de Chile Carlos Ibáñez del Campo, porcelanas, armas, platos de plata de 5 kilos, alta costura diseñada en París…

Otra causa es la donación que recibió Evita en 1947 para viajar a Europa por parte de siete familias poderosas de América Latina. Ese dinero llena dos habitaciones de un banco suizo. Entre otras cosas, hay cuadros de Caravaggio, Greco, Van Gogh, Goya, dos manuscritos de Leonardo da Vinci y una pieza de Miguel Ángel.

En Argentina corre la leyenda urbana de que Mario Rotundo es hijo de Isabelita y de José López Rega. El albacea lo desmiente. Lo cierto es que pocas metáforas del peronismo resultan más contundentes que la imagen y los actos de Rotundo y los buscadores del arca perdida.

Así como el sobrevenido Maduro, el robo de la corona de los boliburgueses y la cadencia de Los Juanes (memorable acting que nos recuerda el cine de Román Chalbaud), representan a cabalidad un fresco naturalista del chavismo y sus aspiraciones profundas.

Aunque el populismo se revista en Argentina y Venezuela de una pátina inclusiva y progresista, es una manta de retazos mal cocidos de las perversiones latinoamericanas y ciertos traumas arquetipales. Quien quiera ver que abra los ojos.