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Oswaldo Barreto

Charlie Hebdo y la condena universal al terrorismo

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“Inimaginable” lo que sucedió el primer miércoles de este año  2015, esperado con igual ansiedad en todos los lugares del planeta. “Inimaginable” fue la palabra que vino a los labios de Laurent Leger, cundo ese día, a las 11:30 de la mañana, se esforzaba en responder a la entrevista que alguien le hiciera en la redacción del semanario Charlie Hebdo donde se encontraba como sobreviviente del  atentado que acababa de sufrir este semanario. Inimaginable nos dice lo que le tocó vivir en esos instantes en aquel lugar, donde llevaba años asistiendo a reuniones “satírico-humoristas”, donde podía pensarse que todo se podía imaginar. Inimaginable el desenvolvimiento del atentado: sus autores y sus resultados.

Inimaginable sido también la velocidad con que se conoció –así vivamos en  esta época en que la velocidad con que se expanden las noticias es la velocidad de la luz– lo que vivía, como sobreviviente, Laurent Legaer.

Pero igualmente es inimaginable la rapidez con que se supo con  rigorosa precisión lo       que había sucedido en el lugar donde se celebraba una  conferencia de redacción rutinaria: un atentado terrorista. Un atentado terrorista contra el derecho a la vida de quienes en ese preciso lugar y en ese preciso instante encarnaban también la libertad de pensar, la libertad de creación y la libertad de expresarse. Un crimen contra el hombre y los derechos del hombre.

Inimaginable la velocidad y la amplitud con que, como un todo –y en cada uno de los sectores, políticos económicos, culturales, religiosos que la componen– respondió la sociedad francesa: condenar ese crimen contra la humanidad como un acto terrorista: terrorismo contra la humanidad.

Inimaginable ha sido la simultaneidad –no digamos el eco, ni siquiera la solidaridad– con que la humanidad entera ha condenado este crimen terrorista. Gobiernos, medios, universidades de todos los países dieron a conocer desde las primeras horas posteriores al atentado, una idéntica condena al terrorismo, un idéntico propósito de combatirlo y claras declaraciones de ayudar a extinguirlo.

Y esto ocurre en un mundo donde la división, la discrepancia y lucha están más presentes que nunca en casi todas las sociedades. Ocurre cuando Europa, como todos sabemos, ha brotado de sus clásicos hogares; los enfrentamientos políticos, la xenofobia, el racismo y el odio religioso ocurren cuando estos vicios del viejo mundo y sus viejos dominios se han extendido entre nosotros, los del llamado nuevo mundo y ¡nada! El crimen ha sido apreciado, juzgado y combatido –sus autores materiales, por cierto, gracias a esta rápida respuesta están ya fuera de combate– dejando de lado los odios y diferencias que nos dividen. Es un crimen contra la humanidad.