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Corina Yoris-Villasana

Autorictas y potestas

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La “auctoritas”, palabra latina que significa aumentar, en el Derecho Romano significaba que un determinado grupo de ciudadanos poseían un saber reconocido socialmente. ¿Quién exhibe esa auctoritas? Justamente la ostenta aquella persona o institución con suficiente facultad moral para expresarse sobre un aspecto o decisión que haya sido tomada en ciertos ámbitos. Su valor es indudablemente de carácter moral muy fuerte.

Al emplear la palabra en la lengua cotidiana, como “autoridad”, no revela ni remotamente el verdadero significado que tiene el vocablo latino. El antónimo es “potestas”, poder. Este se entiende, en términos del Derecho Romano, como el poder socialmente reconocido, en contraposición a “auctoritas”, saber socialmente reconocido.

¿Qué sucede cuando se confunden ambos conceptos? La “auctoritas” se ejerce sin fuerza, sin coacción, es producto de la sabiduría; mientras que “potestas” se sustenta sobre la inminencia del empleo de la fuerza en caso de violación de la norma o mandato. El grado de convicción que posee la “potestas” no dependerá de los temas ligados a las tradiciones o creencias, sino del privilegio de intimar que posee quien detenta el poder sobre distintos aspectos de las personas sobre quien se ejerce tal “potestas”. De esta manera, no es difícil concluir que autoridad y potestad abarcan categorías absolutamente diferentes y tradicionalmente irreconciliables entre sí.

Hablar sobre estos conceptos nos dirige hacia diferentes ámbitos sociales; uno de ellos es el campo político, donde, generalmente, ocurren diferentes variantes de ambas nociones.

Entre los teóricos del tema, se puede encontrar que el poder lo definen como el actor obligatorio de la ligazón social, facultado para conservar unidos los componentes sociales, siempre expuestos a desintegrarse. Este poder puede ejercerse, o bien a través de la sujeción, o bien usando el convencimiento. Se supone que el poder, en toda la amplitud del concepto, procura alcanzar la observancia de leyes y mandatos por la comunidad en aras del bien común. Cuando este objetivo no se alcanza, esa sociedad entra en un período de disociación y anomia. De allí que el poder busca someter a esa colectividad, bien sea por el uso de la violencia, o tratando de emplear las convicciones propias de dicha sociedad.

Podemos, entonces, entender que “potestas” se sienta sobre la fuerza, legítima o no, mientras que la “auctoritas” está sentada sobre la razón, las creencias, el saber, el consentimiento.

¿Qué ha pasado en algunas de nuestras sociedades latinoamericanas? ¿Por qué el abuso del poder en algunas de ellas? ¿Acaso es falta de “auctoritas” y exceso de “potestas”? Una de las constantes en nuestra realidad es la aparición de los llamados “gobiernos fuertes”, encarnados en figuras militares que han prometido a nuestras sociedades el rescate de valores y tradiciones. En otras palabras, han ofrecido conjugar equilibradamente poder y autoridad, sin lograrlo, obviamente.

¿Cómo encaja el enfrentamiento entre la “auctoritas” y la “potestas” en el escenario de nuestro país? En más de un estudio sociopolítico se puede leer que esta época se caracteriza por la falta de seguridad en los grandes conceptos que hasta ayer daban significado a la política. Esa falta de seguridad conceptual produce un efecto perverso: dificulta la clarificación necesaria para encontrar una orientación política precisa.

La tensión entre “auctoritas” y “potestas” desató actos de violencia incrementando la coerción gubernamental. Se inició una era de violencia de todo tipo, y, entre esas distintas modalidades de violencia, apareció la violencia discursiva. Nada más lejos de la “auctoritas” que la violencia verbal. El poder se ha ejercido, hasta el momento, sin “auctoritas”, y el resultado no es otro que una democracia devenida en una mezcla de autoritarismo con tiranía, revestidos ambos estilos de un ropaje “democrático-legal”.  

 

@yorisvillasana