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Leonardo Padrón

Entre el humor y la desdicha

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En la entrevista que le hiciera a Emilio Lovera para la sexta temporada de Los Imposibles, ya hacia el final,  le pregunté: “¿Cuál crees que es la gran virtud de los venezolanos?” Su respuesta fue: “Reírse de su propia desgracia”. “¿Y el gran defecto?”. Emilio, entonces, dejó caer una frase tan lúcida como lapidaria: “Seguirse riendo después de que se rió la primera vez”. Dicho en otros términos: La insana costumbre de quedarnos viviendo en el muladar de la risa. El chiste que parodia la realidad parece bastar para lidiar con nuestros agobios. Dice Angel Gustavo Infante que el humor criollo es “una marca que viene de lejos- quizás del primer mestizaje- y circula en nuestro torrente sanguíneo como el RH positivo de una idiosincrasia que no se amilana ante las adversidades”.
¿Bastará eso para salvarnos?
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Hace apenas dos semanas estuve en Maracaibo. No hay mejor lugar para toparse con la hipérbole de nuestro humor. El chofer encargado de transportarnos a Tania Sarabia, Claudio Nazoa y a mí poseía una elocuencia digna de su gentilicio. No dejaba de contarnos situaciones que se columpiaban entre la indignación y la risa. Nos habló del médico cubano de Barrio Adentro que chequeó a su tía por más de una hora y finalmente proclamó su diagnóstico: “Oye, Mima, lo mejor para aliviar el dolor de huesos es aceite de transformador”. Ella se quedó impávida. Sin atinar a discernir si era un chiste sobrevenido o un tajante remedio. Pero la ira del conductor se incrementaba al hablarnos de la nefasta industria del bachaqueo. Ya no hay domésticas, comentó. Ganan mucho más dinero haciendo colas para comprar comida que será revendida en Colombia a un precio escandalosamente provechoso. También escasean los taxistas. Prefieren como pasajero a la gasolina que llevan en sus tanques hacia la frontera. Otro caso insólito: la venta de dinero. En Maicao y Cúcuta compran billetes de 100 bolívares por 140 bolívares, en billetes de baja denominación. Conclusión: los billetes de 100 bolívares están a punto de extinguirse en Táchira y el Zulia. El chofer nos habla de las numerosas gandolas que transportan gasolina al país vecino, controladas con total descaro por los militares. Cuentan que un hombre de verde, recién llegado a la zona, comenzó a indagar la magnitud del negocio. Le mandaron varios recados que se resumían en uno solo: “Es peligroso hacer preguntas”. Al honesto militar no le quedó más remedio que convertirse en silencio y vergüenza.
En el lobby del hotel, otro marabino nos resumió el dilema con pasmosa simpleza: “En tiempos de crisis solo hay dos tipos de personas: los llorones y los que venden pañuelos. Si eres de los últimos, te hacéis millonario”.
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El infortunio de la revolución bolivariana ha generado una monumental fábrica de chistes. Los comediantes no se dan abasto. El absurdo viene adobado por las irrisorias decisiones  gubernamentales. Ciertos portales de Internet han sido creados solo para atesorar las respuestas del humor criollo al caos. 
Una de las vías de comunicación por excelencia es el vidrio posterior de los vehículos. La gente hace humor ambulante. Va por las calles ventilando pequeños triunfos o su réplica ante el ahogo económico. En una calle de Caracas, el propietario de un Toyota Corolla exhibe su contentura, en letras grandes: “Mi bolsillo es libre! Mi hija es abogado!”
Otros vehículos encaran directamente varias aristas de la crisis. Una camioneta 4 x 4 reza en su vidrio trasero: “Cambio sacos de cemento por pañales XXL”.
Las paredes de las calles son la página en blanco del hombre urbano. Allí se protesta, se ama, se advierte. Muchas paredes se convierten en testimonio de nuestra pésima relación con la gramática, agregando un pellizco de asombro por su contenido: “Proivido asel brugería”. Según parece, son tiempos devaluados para brujos y profetas, a pesar de los asideros masivos e irracionales que muchas veces generan.
Algunos carteles parecen una cruda analogía de las exigencias del régimen con sus subalternos: “Se necesita empleada. Medio tiempo. Que no sepa hacer nada pero que obedezca”.
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Unos adolescentes se divierten con la idea de un Mundial de fútbol organizado en Venezuela. Ríen imaginando titulares de prensa: “Müller y Klose fueron secuestrados saliendo del hotel”. Se ponen excesivos y crueles: “Messi no participará en la final porque lo mataron paseando por el Hatillo”. Hay también reflexiones: “Seguro ni siquiera llegan a construir los estadios”. Ensayo defender al país: “En condiciones económicas normales se podría”. Pequeño silencio. Como no se trata de tejer espejismos, completo la frase: “Claro, lo más seguro es que alguien se robaría el 60% del presupuesto y solo alcanzaría para construir dos estadios”.
Me duele saberlos tan conscientes de nuestra mala reputación. Ya no existen burladeros. Ni siquiera en la infancia. Opto por cambiar el tema. “¿Vieron que por primera vez un pitcher criollo, Félix Hernández, abrió un juego de estrellas en las Grandes Ligas y que en el mismo juego Miguel Cabrera dio un jonrón en su primer turno al bate?” Intento una pizca de Hirudoid en nuestra vapuleada autoestima. Una palmada fugaz en el ánimo. 
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En un merendero popular, un cartón exhibe una advertencia con letras torpes: “Baño Dañado. Es decir, no sirve”. La precisión es un mérito. Son tiempos confusos.
Un descomunal hueco en una calle está coronado por un aviso, con tres flechas rojas que apuntan hacia abajo. El letrero dice: “Patria. Entrada Gratis”. Sin comentarios.
El testimonio más conmovedor, en un país acostumbrado a la diatriba, es el que profirió Alan Joseph Torres Chávez en su cuenta de Facebook: “Quizás este comentario no sea tan importante para muchos de ustedes y se pierda entre los demás comentarios, la mayoría ni lo leerá, tal vez sea criticado pero en fin solo quería decirles que vendo empanadas”.
El anterior mensaje suscitó 3.584 “me gusta” y un despliegue de apostillas y carcajadas. ¿Es Alan un insigne jodedor o un cándido irreversible?
En el mismo rubro, pero con más pragmatismo, te topas en una carretera con una casa y un letrero sucio que anuncia, casi luctuosamente: “A partir del 1 de junio las empanadas subirán a precio SICAD 2”.
Nos asfixian la vida, pero hay que echar vaina.
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Dicen que hemos perdido la capacidad de asombro. No se inquieten, siempre hay chance. La reseña de los dos hermanos ajusticiados en un quirófano del Hospital Clínico Universitario le dio la vuelta al mundo. La noticia del único aeropuerto del planeta donde hay que pagar impuesto para respirar fue reseñada por BBC Mundo. No sabes lo que te perdiste, Gabo. La perplejidad es una metralleta sin pausa. En el Hospital Central de San Cristóbal pidieron a los deudos que trajeran su propia segueta para poder realizarle la autopsia a sus seres queridos. Imagino el asombro en mitad del llanto. El aturdimiento. La ira. La vergüenza del empleado del servicio de anatomía patológica. La nota cuenta que los familiares de las víctimas debieron realizar una colecta, “una vaca”, para comprar la segueta. No es difícil imaginar a la madre arrasada por el dolor. Un hermano. Una novia. Cada quien registrando su cartera. “Yo tengo solo 300 bolívares”. “Tendré que ir a un cajero”. “¿Cuánto cuesta una segueta?”. Frases que posiblemente fueron dichas, mezcladas con el abatimiento. Luego la comisión para ir a comprarla. Quizás se empleó la misma dinámica que se usa para comprar el licor en una fiesta. Pero esta vez no hay celebración. Solo un objeto frío que no romperá un candado, sino el costillar de un cadáver humano. Al dolor de la muerte, se le agrega la macabra diligencia. Cuentan que les costó mucho conseguir una ferretería abierta un sábado en la tarde. Prohibido llorar. Primero hay que  comprar la segueta.
El mismo día, un diputado oficialista dice en televisión, exultante: “La prioridad es el ser humano. Y en revolución aún más”.     
Hay furias donde no cabe el humor. Solo la desdicha.
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En una calle de una ciudad del interior un letrero anuncia tranquilidad para los conductores que se estacionen en el sector: “Su carro está siendo vigilado por satélite”. Al lado se puede ver a un niño que no llega a los doce años, con actitud solemne y una camisa blanca que lleva escrito en grandes letras: “Soy satélite”.
Los avisos clasificados dan para todo. Y si a ello le juntas el país que hoy padecemos podemos conseguir avisos como el publicado en el diario regional La Noticia: “Le hacemos la cola para comprar batería, gas, farmatodo, etc. También le pagamos los servicios de agua, luz, banco, etc. Empresa seria y responsable”. Y acto seguido da los teléfonos donde ser contactados. Recuerden al maracucho del lobby: hay gente que no llora, sino que vende los pañuelos
Es un axioma: el humor nacional va de la mano con el infortunio.
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Todo nos devuelve al diagnóstico de Emilio Lovera. Seguir riéndonos después de haber reído la primera vez. He allí el error.
“De la esperanza soy socio”, me dice mi imperturbable corredor de seguros. Esta vez, antes de irse de mi casa me soltó: “Estamos mejor que en Palestina”. Me recordó a un comerciante en Maiquetía que se consoló con una humorada: “Al menos la cola para pagar el ozono avanza más rápido que la de Mercal”. Las opciones contra el naufragio se nos están quedando rezagadas detrás de la jodedera nacional. Me agotan tanto los chistes sobre la MUD como los insultos. Ya basta de políticos declarando a los medios que hay que unirse. ¿Por qué no terminan de ponerle lugar y fecha a esa imprescindible reunión? Maduro seguirá atropellando el idioma ad infinitum tal como atropella nuestros derechos humanos. Así que la burla termina siendo un precario antídoto.
Ciertamente, el humor nos acerca a la esperanza, pero como bien dice Laureano Márquez, este país “mas que un chiste, es una ausencia de seriedad”. Tenemos un compromiso histórico e inaplazable: tomarnos en serio alguna bendita vez para poder reconstruirnos a lo largo y ancho del mapa. Y no seguir columpiándonos peligrosamente entre el humor y la desdicha.