• Caracas (Venezuela)

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Fernando Rodríguez

La huelga silenciosa

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Que estén paradas las universidades más importantes del país, las autónomas, lo cual afecta a centenares de miles de estudiantes, profesores y empleados y, en consecuencia, directamente a un significativo sector nacional y, en definitiva, al país entero, debería ser un acontecimiento mayor. Tanto más que ellas son las verdaderas universidades y no lo que el gobierno suele considerar tales, establecimientos de disciplina cuartelaria, donde lo cuantitativo suple cualquier criterio cualitativo y los niveles formativos son los de liceos grandes, adocenados y romos. En estos días pudimos ver a un rector en hábito colorado, de una universidad militar (sic), dando órdenes a sus profesores, con sonsonetes castrenses, para que buscaran sin chistar votos para las próximas elecciones. De donde se puede colegir que el país está por los momentos sin educación superior, en un mundo tildado de sociedad del conocimiento, en que este se considera la principal riqueza y propulsor  del desarrollo.

Pero la cosa no ha sonado mucho. Ni el gobierno amenaza o injuria como suele hacerlo con toda disidencia. Ni la universidad tiene medios, es probable que tampoco ímpetus, para hacerse oír. Los estudiantes no protestan, por ahora casi nadie protesta. Los políticos andan en campaña electoral. Todos esperamos el 6-D como el advenimiento de algo que no sabemos muy bien qué es. Tan solo la Asamblea ha dicho algo, que la universidad debe parecerse más a la vulgaridad y al mazo de Cabello que a la extrema excelencia de la Universidad de Harvard de Ricardo Hausmann.

Pero este no es un acontecimiento ocasional. La universidad ha sido masacrada incesante y sistemáticamente desde hace quince años y está exhausta. Esta huelga es la defensa no solo por mantener un mínimo de dignidad laboral, sino, esencialmente, un desesperado intento de cicatrizar esa vena capital por la cual se desangra la institución, la pérdida de su capital humano, los depositarios del saber, sus docentes e investigadores. Ya sabemos las cifras en millares de los que se han ido a buscar allende su supervivencia y condiciones propicias para su hacer. Existen otros muchos problemas, otras heridas infringidas por el régimen que odia el mérito y la sabiduría –miseria presupuestaria, imposibilidad de renovar autoridades, deterioro de todos los servicios, violencia física, imposición demagógica de nuevos alumnos impreparados…– todas esas violaciones del espíritu académico y la autonomía pudiesen ser revertidas en tiempos breves cuando otra voluntad política exista, pero mucho se tardará reponer lo que es su naturaleza misma: la tradición, la renovación y la acumulación del saber de sus cuerpos docentes.

He allí una tarea titánica para la Venezuela de mañana. He allí otra razón decisiva para el 6 de diciembre próximo.