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Sergio Dahbar

Algo huele mal

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“Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo”. He recordado las primeras líneas del libro La balada del álamo carolina, del escritor Haroldo Conti, ahora que en Corea del Norte ocurren hechos que colocan otra vez al mundo al borde de una situación extrema.

Autoridades de Corea del Norte han ejecutado, después de celebrar un juicio militar, al segundo hombre más poderoso de esa nación, Jang Song-thaek, tío de Kim Jong-un.

Este jerarca en desgracia, de 67 años, fue acusado por actos de corrupción, juego, consumo de drogas, mujeriego, mala gestión de la economía, y llevar una vida disoluta y depravada.

El tribunal militar a cargo de su caso consideró que Song-thaek había cometido “crímenes horrorosos como intentar derrocar al Estado mediante todo tipo de intrigas y métodos despreciables, con la salvaje ambición de hacerse con el poder supremo”, anunció la Agencia Coreana de Noticias, KCNA. También lo calificaron de “escoria humana” y “peor que un perro”.

Algunos analistas internacionales piensan que este movimiento en el tablero del poder podría significar que el joven Kim ha consolidado finalmente su poder. Otros debaten que la desaparición de esta figura mayor, partidario de reformas, sea una fuente de inestabilidad que lleve a un acción bélica contra el sur.

Cabe preguntarse ¿en qué país ocurre este extraño movimiento de fichas que sin duda rearticula el poder en un momento de transición? Nada menos que en uno que tiene dos mitades enfrentadas a muerte.

Panmunjon, también conocida como Joint Security Area, separa las dos Coreas desde 1945. Son 4 kilómetros de ancho por 250 kilómetros de largo, en el paralelo 38 de la península coreana. No sólo es como la zona más militarizada del planeta, sino que posee el campo de golf más peligroso.

A lo largo del paralelo 38 corre la DMZ, o Zona Desmilitarizada. Nombre curioso: del lado sur 37.000 marines aguardan preparados para cualquier contingencia, muy cerca de cientos de miles de soldados surcoreanos.

Más allá de la frontera norte, entre arrozales y montes, hay –camuflados– centenares de búnkeres, con tanques, artillería pesada, gas nervioso, armas químicas, silos para misiles y campos minados. Las estadísticas de inteligencia americana aseguran que la frontera se encuentra protegida por 1 millón de hombres.

La historia negra de esta frontera ocurrió un 18 de agosto de 1976. Ese día cuatro soldados estadounidenses, pertenecientes a las fuerzas de las Naciones Unidas, recibieron la orden de recortar las ramas de un álamo, ubicado a setenta metros del puente que separa ambos países. La visión no era clara desde las garitas de protección de la parte sur.

Una tarea insignificante para cuatro soldados bien entrenados, pero militares norcoreanos impidieron que tocaran el árbol. Los cuatro hombres regresaron con las hachas sin usar. Varios días después el comandante de la base repitió la orden, pero mandó a catorce soldados.

Esta vez el enfrentamiento cobró tal grado de tensión, que se fueron a las manos. Al grito de “maten a los norteamericanos”, dos soldados de Naciones Unidas fueron asesinados.

El gobierno de Estados Unidos reaccionó con una operación conocida como Paul Bunyan, nombre de un leñador famoso del oeste. Y movilizó la fuerza militar más insólita que haya conocido la humanidad para tumbar un pedazo de naturaleza.

El acorazado USS Midway patrulló las costas de Corea día y noche. Decenas de F-11 y dos bombarderos B-52 cayeron como moscas sobre la frontera. Miles de soldados y un batallón de tanques pisaron la entrada de la Joint Security Area. En cuestión de minutos el álamo era una nostalgia en el paisaje.

En semejante contexto, armado hasta los dientes, donde las fuerzas opuestas no pierden oportunidad para medir quién orina más lejos, el recuerdo de un árbol presagia un futuro oscuro.

Lejos del paralelo 38, donde una chispa puede encender la peor pesadilla del siglo XXI, en un enclave autoritario y medieval, un joven heredero de 30 años juega al ajedrez con la muerte. La primera víctima ha sido su tío. No será la última.