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Antonio Sánchez García

El horror al KO

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Ninguno de los presupuestos de la grave crisis han sido ni serán solventados, Y no lo serán ni siquiera con el insólito auxilio del gran empresariado nacional, que prefiere medio sobrevivir a cuarto de máquina, a la rastra de Cadivi, sin ninguna certidumbre a futuro, que reconquistar el Estado de Derecho y hacer reinar en nuestro país la libertad de empresa y el libre mercado.

 

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año

y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.

Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.”

Bertolt Brecht

 

Alguna vez le leí a Fausto Masó que afirmaba, palabras más, palabras menos, que la oposición boxeaba excelentemente bien, pero no sabía rematar. A la hora de dar el puntillazo, como los toreros al toro herido de muerte, se le nublaba la vista, le temblaba el pulso y erraba el golpe. Jamás noqueaba. Desde el 11 de abril.

Comparto su opinión, así las consideraciones que me llevan al mismo diagnóstico difieran, como es natural. Atribuyo las causas del fracaso en el remate a la clasificación que estableciera Bertolt Brecht a la hora de la verdad, cuando los alemanes se vieran puestos entre la espada de la rebelión o la pared de Auschwitz. A la hora de la verdad, solo quedan los imprescindibles. Que son los menos.

Lo que en nuestro caso es una verdad a medias: quedan los imprescindibles, que parecen mayoría activa y combatiente, que sostienen el fulgor de la resistencia, y que entretanto han muerto, son perseguidos, desterrados o están presos. Sobreviviendo, a su sombra, los perfectamente prescindibles, que fueron buenos, pero llegado el momento de la verdad carecen de la lucidez, la grandeza y el coraje de asestarle el puntillazo al toro malherido. Son los que fueron buenos un día, un año, muchos años, pero dejaron de ser imprescindibles.

Solo un ciego o un cínico podría negar la inmensa, monumental importancia de estos dos meses de vibrante resistencia. Que tuvo un doble valor: demostrar que solo la calle era capaz de poner a tambalearse a la dictadura y obligarla a mover cielo y tierra para evitar lo que amenazaba con convertirse en su puntillazo final: la subordinación de todas las fuerzas opositoras a la dinámica de la resistencia. Que además se ganó, de paso y sin buscarlo, el favor de la opinión pública internacional que comprendió la naturaleza dictatorial y tendencialmente totalitaria del régimen, mostrándola proclive a respaldar con alma, corazón y vida a las fuerzas de la resistencia, avalando la salida democrática que a bien tuviera imponer. El puntillazo. O si usted prefiere, el nocaut. Por forfait o en una democrática competencia. Arrodillar a la dictadura y obligarla a medirse en comicios limpios, justos y transparentes.

Jamás comprenderé las razones del rechazo de las direcciones de los partidos políticos a sumarse a la resistencia –y me refiero concretamente a los secretarios generales de AD, PJ, Unidad Popular y Copei– y la insólita obsecuencia con que aceptaron, por el contrario, sumarse a los esfuerzos por llevarla al fracaso emprendidos por el gobierno y Unasur mediante un diálogo sin otro verdadero propósito que impedir el puntillazo, el nocaut. Esfuerzo relativamente exitoso, por ahora, pues ninguno de los presupuestos de la grave crisis han sido ni serán solventados. Y no lo serán ni siquiera con el insólito auxilio del gran empresariado nacional, que sumándose a la MUD prefiere medio sobrevivir a media máquina, a la rastra de Cadivi, limosneando divisas, sin ninguna certidumbre a futuro, que reconquistar el Estado de Derecho y hacer reinar en nuestro país el pleno derecho a la propiedad privada, la libertad de empresa y el libre mercado.

No se me ocurre otra razón –pensando desde el mercantilismo empresarial de quienes han sido los principales financistas de la Mesa de Unidad Democrática– que la de evitar un período de caos y disgregación que pudiera afectar la buena marcha de sus negocios. Tanto los crematísticos de quienes confunden la prosperidad de sus negocios con la buena marcha de la República, como las ambiciones políticas de los protagonistas, que se consideran insustituibles como para volver a ser lo que fuéramos. Y darle, con buena fe, el beneficio de la duda: esperar por una precipitación del régimen en los abismos arrastrado por su propio peso, como una fruta podrida, y convertir así la obtención del poder en mero trámite de rapiña utilizando la vieja sabiduría caudillesca del “mango bajito”. Algo así como la ley del chinchorro esgrimida por el golpismo vernáculo a la hora de los preparativos del 4-F. Viene a decir algo así como que cuando esté en su punto más bajo, lo tumbamos. Obvio: electoral, pacífica, constitucionalmente. Los tres mitos de la pusilanimidad política nacional.

Ni ese liderazgo, ni ese empresariado de postín, ni esa teoría del chinchorro y el mango bajito toman en consideración un hecho tan palpable, obvio y evidente, que da vergüenza volver a recapitularlo para que terminen de asumirlo gentes sin ninguna destacada inteligencia: este no es un mal gobierno, como los que Chávez y sus comandantes pretendieron agarrar durmiendo hundidos en el chinchorro o colgando de las ramas a centímetros del suelo. Ni está hundido en las contradicciones de sus hienas y pirañas internas, como CAP en manos del CEN de AD y los rencores del calderismo. Ni tiene a sus espaldas unos ejércitos golpistas y traidores. Esta es una dictadura de tomo y lomo, castrocomunista, protototalitaria, dispuesta a despellejarnos si no nos arrodillamos. Lo acaba de afirmar Maduro diciendo: Si no se pacifican, la revolución dejará de ser pacífica. La vieja dialéctica de los filibusteros y asaltantes de camino: la bolsa o la vida.

Lo dice cuando el agua, que tenía hasta el cuello, comienza a darle un segundo aire, escapándose por los sumideros de la MUD. Y no se dirige, obviamente ni a Capriles Radonski ni a Ramos Allup, que los sabe incapaces de agarrar una botella, meterle un cuarto de gasolina con un pedazo de trapo y quemar algunos de los instrumentos represores de la amenaza del sátrapa, por cierto: en legítima autodefensa. Antes fenecer que perder la vida. Se lo dice a esos miles y miles de muchachitos que luchan por su futuro y la dignidad de una patria que ven aherrojada, humillada y pervertida, ante la preocupación de los empresarios que temen por sus stocks, no se les vayan a quedar fríos, se entibien y estropeen. Dizque defendiendo miles de puestos de trabajo, pero al costo de la desaparición de la República, incluidos esos miles de puestos de trabajo. Y de los políticos, que ya calculan cuántos diputados obtendrán en su larga marcha a las elecciones presidenciales de 2019: cien pájaros volando.

Yo me quedo con el certero y atinado viejo diagnóstico de Fausto Masó. Pero veo, con grandes esperanzas, que el sector que ansía el puntillazo y quiere verlo noqueado o arrastrado por una cuadrilla sacándolo de la arena ha aumentado en progresión geométrica. Porque, además, son los únicos que combaten. Mientras, los prescindibles de siempre, causantes en gran medida de esta tragedia –¡si hasta tumbaron a Carlos Andrés Pérez!– se aferran a los últimos salvavidas. Los comparten con el dictador y sus esbirros. No cabrán todos.

Y así no podrán evitar el hundimiento. Ni el puntillazo. Es un imperativo de la historia.