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Rodolfo Izaguirre

La hora menguada

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De manera dolorosa y escalofriante, el país venezolano disminuye,  se consume física y moralmente, herido de muerte por las heridas causadas por el socialismo bolivariano que en mala hora trajo a nuestras vidas a Hugo Chávez, el verdadero responsable del colosal fracaso de la economía y la pérdida irreparable de nuestra dignidad. Lo menciono porque es el notorio causante del oprobio que padecemos y porque la terca mediocridad de Maduro escapa a cualquier consideración razonable. En Play Back, la última novela de Raymond Chandler, Philip Marlowe se refiere a un sujeto que bien podría haber sido Nicolás, que tenía dos dedos de frente "pero podía abrírsele un crédito por algunos dedos mas".

El hecho es que hay hambre, angustia, desaliento y una desesperación que aviva en los corazones más serenos; un rencor que está al borde de algún catastrófico y violento desbordamiento social que comienza a perturbar a otros países y gobiernos en los que, ¡ya era hora! se observan trazos de interés por encontrar algún camino de salvación. Pero, ¡no todo está perdido! En medio del espanto de nuestra agonía ha brotado una chispa, un asomo de gracia, un momento de verdadera gloria… Algo en apariencia de poca importancia o trascendencia para muchos; algo impensable, inesperado, pero que vive y permanece latente, pongamos por caso, en los cuerpos que han conocido la danza. 

Un espectáculo infrecuente, único: la fusión del drama escénico, teatral, con el movimiento del cuerpo. Es más, si revelamos nuestra inagotable memoria corporal abrimos la posibilidad de ilustrar el paso del tiempo, la entrada de un siglo en otro. 

Una hermosa definición asegura que la danza es lo que queda en el aire después que el bailarín pasó por él. Cuando este debe retirarse puede continuar su vida profesional como maestro o coreógrafo pero no puede evitar que, como bailarín, un manto de olvido lo cubra y lo aparte de la escena. ¡Pero no es así! Hay una memoria corporal que persiste en él y se resiste al tiempo aunque no pueda mostrarse en los escenarios. En un afortunado intento por demostrar la persistencia de esa memoria, el coreógrafo Leyson Ponce, inspirándose en un breve relato de Rómulo Gallegos titulado “La hora menguada” ha reunido a dos leyendas, pioneras de la danza: Graciela Henríquez y Sonia Sanoja, ambas un poco más que octogenarias, en una hermosa obra de drama y movimiento. Dos hermanas que envejecen juntas en una cotidianidad marcada por el odio, la traición, el rencor y la culpa porque Amelia le quitó el marido a Enriqueta y tuvo el hijo que nunca más regresaría a la casa. Este clima de cotidiano rencor permite a Leyson explorar la memoria corporal de las dos intérpretes y ellas, con el asombroso poder de su gestualidad cruzan los espacios de la soledad y del amor extraviado y recrean un tiempo pasado empleando tan solo sus gestos, sus desplazamientos en un escenario en el que solo vemos un par de sillas, una mesa, un saco o chaqueta de hombre que simboliza la presencia tanto del marido como del hijo, un perchero y dos marcos detrás de los cuales las hermanas se retratan, una vieja radio que emite publicidad y la música de un bolero que ellas bailan animadas por el rencor. La acción permite al espectador situarse en el tiempo. El diseño del vestuario y la escenografía llevan la firma de  Luis Alonso.

La obra se inspira en Gallegos pero al cambiar su título original de La hora menguada” por “Amor amargo” ya no alude a la disminución de los sentimientos sino al rencor y la culpa en que se centra el conflicto que sostiene la vida de las dos hermanas. Ambas juegan con el saco, se lo ponen, se lo quitan, se cubren con él, lo convierten en un bebé acariciable. Sin palabras, hacen sus respectivos solos y expresan sus propias personalidades a través de gestos que traducen visual y casi literalmente un poema de Lezama Lima y otro de Hanni Ossot apoyados en la iluminación de Rafael González, maestro y también coreógrafo de mucho talento así como en una exquisita selección  de música barroca peruana en quechua y la célebre “Casta Diva” de Bellini. La producción de esta hermosa e intensa obra de lectura coreográfica estuvo a cargo de Carlos Paolilo, nuestro destacado teórico y crítico de danza. Desde luego, la dirección artística y coreográfica es de Leyson Ponce. Por encima del odio y los rechazos sobrevive en las dos hermanas la fatalidad de una cotidianidad compartida porque la vida entre ambas persiste. De allí que la obra de Leyson Ponce sigue abierta al cerrarse 45 minutos después de su inicio cuando las hermanas encienden la vela de una torta de cumpleaños.

Se dice que el país venezolano y, en mayor grado, el país político, no tienen memoria; o si la tienen es muy frágil. Pero nuestros cuerpos poseen una memoria que va mas allá de la muerte, es inextinguible, cruza todo límite impuesto por el tiempo y queda, se ancla, permanece y se fija, incluso, en los otros cuerpos que vieron moverse los nuestros. La mejor demostración de esta memoria corporal está en los movimientos de Graciela Henríquez y Sonia Sanoja, desplazando sus gestualidades en un escenario sobre el que dejaron de bailar hace cuarenta años. 

La hora que ellas viven está flagelada por la culpa. En cambio, la hora actual venezolana y bolivariana es menguada, acelera día a día su disminución como país que conoció alguna vez un florecimiento nada fácil, pero esperanzador y había pan en las panaderías. Es un país que se está extinguiendo, va camino de los escombros causados por la presencia brutal de militares armados y en uniforme, que hacen política fuera de los cuarteles incitando a un civil inepto y desprestigiado a firmar decretos que afligen y reprimen con ferocidad dictatorial a una población civil indefensa cuyas únicas armas son la protesta pacífica, manifestaciones de calle y una desobediencia civil que anhelo practicar como octogenario que se expresa no con su cuerpo tal como lo hacen Graciela Henríquez, Sonia Sanoja y Leyson Ponce, sino con palabras que pretenden anunciar para el país una hora menos aciaga o menguada.