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Sergio Ramírez

La hora de contar la verdad

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La crónica viene cobrando en los últimos años sus fueros literarios en América Latina, un género que desde el periodismo le presta a la narrativa de ficción sus elementos de veracidad basados en el rigor de la investigación, y a la vez recibe de aquella los recursos necesarios para atrapar al lector, los ganchos, como se dice en el oficio; todos, menos uno, el de la invención.

En las escuelas de periodismo se aprende desde temprano que un diario es un edificio que se construye cada día y hay que derrumbar para levantar la edición del día siguiente. Todo lo que se escribió sólo queda patente en los archivos donde las noticias son enterradas después de su muerte prematura de puro viejas. Hacer que las palabras sobrevivan y no vayan a ese cementerio depende de la manera en que los acontecimientos fueron enfocados, y para eso no hay mejor auxilio que el ingenio y la perspicacia, pasados por el tamiz de los recursos literarios.

Es lo que la crónica consigue. Y es la manera de que el periodismo pase a los libros. El periodismo de firma. Hemingway, que inventó un estilo de frases cortas, cada punto y seguido un disparo certero. Las crónicas de Ryszard Kapuściński, que armó un universo de palabras donde cupieron desde las oscuras asonadas en el mapa sangriento de África hasta la guerra del fútbol en Centroamérica, y transformó el periodismo en historia, como Herodoto, cuyas huellas siguió. Y los maestros de hoy en día, ágiles e incansables en las páginas del New Yorker, como Jon Lee Anderson y Alma Guillermoprieto.

Hay ahora mismo una excelente cosecha de libros de crónicas periodísticas. La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano ha reunido las mejores de Gabriel García Márquez en Gabo periodista, por mano del puertorriqueño Héctor Feliciano, autor él mismo de un estupendo libro, El museo desaparecido, que trata de la conspiración nazi para robar obras maestras de los museos europeos. La novedad de este libro de crónicas de Gabo es que fueron elegidas por escritores y periodistas hispanoamericanos, y cada una trae una nota de quien la escogió. La publicación de esta magna ópera es una cruzada que se llevará adelante por partes geográficas, y ya han aparecido las primeras dos, una en México, con el sello del Fondo de Cultura Económica, patrocinada por el Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Conaculta), y la otra en Colombia, patrocinada por la Organización Ardila Lülle.

Darío Jaramillo Agudelo, poeta, narrador y musicólogo colombiano, entre muchos de sus títulos, ha reunido en Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012) 53 crónicas de 46 autores de diferentes países, piezas algunas de ellas premiadas y sacadas en su mayor parte de revistas como Gatopardo, Etiqueta Negra, El Malpensante o Soho, porque el género de la crónica tiene mejor acogida hoy en revistas que en diarios, hasta que los diarios comiencen a aprender que su futuro está en los espacios que preste a este género de todos modos clásico, que floreció en tiempos del modernismo con escritores que eran a la vez periodistas, o viceversa.

Darío enhebra con sensibilidad todas estas crónicas de factura estremecedora y que se leen con deleite, y su composición es un mosaico en el que se representa la realidad contemporánea del continente, que a veces deja de parecer realidad, como una novela contada a muchas voces, las del argentino Martín Caparrós, el mexicano Juan Villoro, el colombiano Alberto Salcedo Ramos: travestis, narcos, emigrantes, maras, futbolistas, boxeadores, víctimas de terremotos, la biblioteca de Pinochet –sí, Pinochet fue dueño de una numerosa biblioteca–, las ruinas del reino de Pablo Escobar, que hasta un zoológico tuvo, con elefantes e hipopótamos que andan ahora perdidos en las selvas. La realidad para leer como es, una gran mentira vivida día a día por personajes que desafían la imaginación más desbocada.

Y en el escaparate tenemos también Sam no es mi tío: veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano (Alfaguara, 2012), reunidas por el argentino Diego Fonseca y la brasileña Aileen El-Kadi, ambos jóvenes, igual que los cronistas incluidos en el libro, la inmensa mayoría nacidos a partir de la década de los setenta del siglo pasado.

Ya en el año 2000, poco antes de la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, el boliviano Edmundo Paz Soldán y el chileno Alberto Fuguet habían juntado en Se habla español una serie de cuentos cortos de diversos autores latinoamericanos que giran acerca de la experiencia de los emigrantes, sus esfuerzos por alcanzar la frontera de Estados Unidos como ilegales y sus vidas en el nuevo territorio conquistado.

El tema es retomado en Sam no es mi tío desde la perspectiva de la crónica. Y quienes cuentan en las páginas de este libro colectivo sus experiencias lo hacen después del nuevo gran parteaguas, la caída de las torres, un acontecimiento que fue capaz de fracturar la historia y acabar con todo lo que quedaba de inocencia en la visión compartida, o confrontada, entre América Latina y Estados Unidos.

La riqueza de este libro está en la intimidad revelada de la experiencia personal. Cada quien cuenta lo que le ha pasado en su intento por acercarse a Estados Unidos, o viviendo dentro de sus entrañas. Desde el trance de hacer cola para una visa, como lo relata el peruano Santiago Roncagliolo; o el fugaz pero dramático encuentro con el anónimo bracero en California, como lo relata el otro peruano Daniel Alarcón; o el aspirante a escritor empleado como cuchillero en una tienda de quesos en Nueva York, como lo relata el colombiano Joaquín Botero.

Otro mural en movimiento. La película siempre se rebobina. Sam no es tu tío pero tampoco dejará de serlo. El cielo de Estados Unidos sigue siendo vasto e insondable.