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Marcelino Bisbal

La hora del cinismo y el resentimiento

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Se podría haber titulado también “El cinismo y el resentimiento como políticas públicas”. Porque un concepto excesivamente simple, pero complejo al mismo tiempo, de política pública sería aquel que nos dice que ella es todo lo que los gobiernos hacen o dejan de hacer, lo que dicen o dejan de decir que van a hacer. Especialistas en el tema nos complementan esa idea afirmando que una política pública “es un curso de acción o de inacción gubernamental, en respuesta a problemas públicos”. Y nos advierten que “las políticas públicas reflejan no solo los valores más importantes de una sociedad, sino también el conflicto entre valores”.

¿A qué viene esa idea? La nueva topografía política y represiva del régimen; sus acciones frente a todo lo que ha ocurrido desde el 12 de febrero hasta acá; el silencio al que se ha obligado a los medios a través del mecanismo de la censura y la autocensura; la retórica desmedida y desenfrenada del presidente de la República y de todo su tren ejecutivo hacia los estudiantes, la oposición democrática y la mitad del país; el hecho de querer imponer un pensamiento único sin considerar las diferencias siempre ricas y necesarias; la culpabilización-criminalización de las personas por salir a reclamar pacíficamente por las carencias presentes… son en definitiva una manera de pensar, actuar y de movilizar los componentes de los que están hechos las personas que hoy rigen los destinos de la cosa pública en esta Venezuela del siglo XXI. El problema reside en que esas maneras y formas de ver al país, la sociedad y sus ciudadanos se dan a través del lente del cinismo y el resentimiento.

Dos palabras clave para entender las políticas públicas con las que el liderazgo gubernamental está conduciendo la nación. Desde 1999 hasta aquí ha salido a flote lo peor de nosotros los venezolanos. Ha habido una constante invocación al resentimiento y su instrumentalización política. Esa ha sido y es la manera de convocar al pueblo que sintetiza lo que Axel Capriles afirma en su libro Las fantasías de Juan Bimba: “En Venezuela, una nación que por el contrario cultiva la igualdad durante casi todo el siglo XX, el nuevo liderazgo emergente optó por hurgar en los complejos del resentimiento y desatar las furias en forma de violencia y odio”. Pudiéramos escribir que el resentimiento se ha empoderado entre nosotros.

Siempre recuerdo la intervención de una representante gubernamental por allá en el año 2007 cuando decía que durante cuarenta años la falsa democracia que había existido en el país se había olvidado de la gente de izquierda, de aquellos que no comulgaban ni con AD ni con Copei, y que ahora que ellos estaban en el poder exigían lo que se les había negado. Quizás el eslogan “no volverán” pudiera ser el complemento de lo expresado por la funcionaria. Otra vez el psicólogo Axel Capriles: “El resentimiento de fracaso e inferioridad se convierte en rencor, el cual se incuba y se fermenta hasta desembocar en odio y anhelos de venganza”. Y una vez que el resentimiento alcanza una cuota de poder, por pequeña que ella sea, “el líder resentido hace de espejo que refleja, ilumina y magnifica el rencor y acude a mecanismos maliciosos como la manipulación simbólica, el apabullamiento, la repetición de la mentira, la reversión del discurso y la devolución de su propia imagen, para mantener y profundizar el resentimiento, la confusión moral y la fractura social que soporta su afán de mando”.

Así las cosas. Las escenas que hemos visto en estos años nos hablan de ese resentimiento que se fue incubando y que hace tiempo hizo eclosión. Por eso el país vive una situación límite que no solo se refleja en la crisis económica y política que hoy tenemos, sino que se hace presente en lo social. El cinismo hace su aparición. El discurso con el que se quiere nombrar lo que está sucediendo en las calles es desvergonzado. ¿Se puede justificar la presencia de los grupos paramilitares creando muerte, violencia y caos? ¿Se pueden comprender las palabras de Maduro cuando dice que “los colectivos se han comportado de manera impecable”? ¿Se puede creer o explicar que el presidente nos diga “que no aceptará grupos armados”? ¿Se puede entender la creación desde Miraflores de un Consejo de Derechos Humanos o la puesta en marcha de una Comisión de la Verdad “para clarificar la violencia”, o una Conferencia de Paz “para promover el diálogo”?  Desde nuestro punto de vista, es obvio que no.

Estamos observando la catástrofe que se ha instalado y que ha devenido en des-orden. O como dice la estrofa de una canción: “Lo que vivimos es un meneíto demasiado serio”.