• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Semtei

En honor de Émile Zola. Yo acuso

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Debo denunciar el incumplimiento en que incurrió el Tribunal Supremo de Justicia al evadir su responsabilidad, de primerísimo orden, de designar una junta médica que informara sobre la salud del primer mandatario, pues el desconocimiento de su verdadero estado de salud generó toda suerte de rumores, comidillas y especulaciones que en nada fueron útiles para la serenidad y el sosiego de la gente, especialmente de sus más fieles seguidores, quienes creyeron de toda fe y con absoluta confianza en los boletines políticos –nunca hubo un parte médico, todavía no sabemos oficialmente dónde tenía el cáncer o de qué murió– que cada semana salían de las oficinas del PSUV, más bien de sus laboratorios. Esa indefinición, ese incumplimiento de los preceptos constitucionales confundió igualmente al resto de la humanidad y a muchos presidentes amigos, quienes vinieron a visitar al Presidente, y no pudieron entrar en su habitación por el verdadero estado de su salud.

No puedo evadir mi crítica severa contra los principales dirigentes del Gobierno y del PSUV, especialmente Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Elías Jaua, Jorge Arreaza y el recién llegado de última hora, Ernesto Villegas, quienes, continuamente, con desfachatez, declaraban sobre supuestas mejorías en la salud del Presidente, generando falsas ilusiones en los venezolanos e igualmente enviando mensajes ficticios al resto del globo terráqueo.

Esas declaraciones confusas, evasivas y rodeadas de misterios y falsedades no pueden ni deben ser la conducta de los verdaderos demócratas cuyo norte es la verdad. Fue un uso abusivo y manipulador de medias verdades, que finalmente se desplomaron ruidosamente y dejaron al descubierto una maraña de contradicciones y falsos testimonios. Quienes fueron capaces de mentir a todos durante tanto tiempo no merecen gobernar.

La Asamblea Nacional, la Defensoría del Pueblo y la Fiscalía General de la República hicieron mutis frente a lo que se demostró era un entarimado de embustes, cuyo propósito innoble era utilizar el mayor tiempo posible para ejecutar una campaña electoral presidencial fuera de lapso, además de la ejecución de actos de gobierno, como créditos adicionales, nombramiento de ministros y embajadores y firma de compromisos externos, sobre cuya autenticidad quedarán dudas eternas.

Si el Presidente no pudo enviar correos ni mensajes por las redes sociales cómo pudo sostener reuniones frecuentes de trabajo de hasta cinco horas de duración, sobre todo cuando pocos días después se anunciaría su deceso. Tales dudas no son sino producto del vicio y la mentira, ese estilo cubano que rodeó los últimos días del presidente Chávez.

Acuso a la medicina cubana de mala práctica médica, sobre la base de las conclusiones de prestigiosos científicos que, ahora, con acceso a más información sobre el paciente, hablan de errores en el tratamiento de la enfermedad y, sobre todo, de las distintas operaciones a que fue sometido, con las cuales los atrasados galenos cubanos, actuando según un diagnóstico equívoco, lejos de mejorar la salud del paciente le complicaron su condición.

Acuso, finalmente, que algunos de los mandatarios visitantes del presidente Chávez, en su lecho de enfermo, se prestaron con complicidad premeditada a emitir declaraciones confusas que parecían anunciar mejorías que nunca existieron. La añagaza a que fueron sometidos los millones de seguidores del Presidente, atropellando la inocencia colectiva, es un escenario que todos debemos condenar y clausurar para siempre.

Finalmente, paz a sus restos. Fue un batallador incansable y un candidato titánico. Ya ingresó en la historia.