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Eduardo Escobar

Un hombre singular

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Tsutomo Yamaguchi, muerto hace cuatro años, a los 93 de su edad, no fue la única persona que sobrevivió al pavor de la bomba de Hiroshima. Pero nadie, después de pasar por el caos de Hiroshima, sobrevivió además al de Nagasaki, en la misma carne y el mismo agosto, sin perder el alma en el incendio. Para morirse de viejo.

Tsutomo Yamaguchi, que fue pasado por los fuegos de dos infiernos mayúsculos sucesivos, había nacido un 16 de marzo de 1916. No sé si la repetición del número, y el eco de Marte, tienen alguna importancia en su historia. Pero sí resulta misteriosamente escueto que Yamaguchi haya estado esa mañana de agosto a tres kilómetros exactos del núcleo del estallido solar en Hiroshima. Y poco más tarde a tres kilómetros de la repetición en Nagasaki, su ciudad natal, a donde había vuelto a curar las heridas de su primer encuentro con el monstruo técnico.

La vida puede ser recursiva. Y para Yamaguchi combinó la buena y la mala suerte. Recién graduado de ingeniero, tenía poco más de 25 años, una edad propicia para el optimismo, cuando de visita de negocios en Hiroshima fue sorprendido por el exceso siniestro. Un avión banal descargó su cacofonía, su lastre de tormentas, torbellino y desorden, sobre la ciudad. Y todo estalló en una polvareda indecible, los árboles volaron por todas partes, las puertas, un jesuita pasó volando por un corredor. Y todo desapareció después en un momento para todo el mundo, no tan solo para aquellos que dejó ciegos el resplandor y así evitaron la experiencia de los amasijos de carne de la multitud despellejada ardiendo en un fuego sórdido y caminando a ninguna parte con los brazos extendidos para que no se les pegaran al cuerpo, en un silencio espantoso. Ni siquiera podían lamentarse porque su experiencia estaba más allá de lo conocido y gastaban sus fuerzas en tratar de digerir lo que estaba pasando ese día cuando la inteligencia humana puesta contra de sí misma, como en un lupus del espíritu enemistado consigo mismo, probó la poesía fáustica del poder solar del átomo, de lo ínfimo tenido por indivisible.

Yamaguchi, a pesar de todo, se consideró un hombre afortunado y afirmó que todo en su vida lo había sembrado Dios. No murió porque estaba a esa hora a tres kilómetros exactos del fogón principal del artefacto. Y aunque sufrió quemaduras horribles, pudo arreglárselas para volver a Nagasaki, donde había nacido. No podía imaginar que la catástrofe tendría una segunda edición. Con una vez bastaba, si se trataba de espantar, con una vez bastaba.

Pero por qué pienso en Yamaguchi este diciembre. Quizás porque pronto conmemoraremos la fecha de su muerte, o porque es la temporada de recordar la paz cada año y siempre me extrañó la fórmula para la pacificación de Yamaguchi. Él opinaba extrañamente, pero tiene derecho a las rarezas uno que ha pasado por las verdes y las maduras, que solo deberían gobernar las naciones con armas nucleares las madres que aún estaban dando pecho a sus bebés. Y las otras. Quién las gobernaría. Porque los hombres no se matan solo con bombas.

Coda. No me alegra la partida del llamado cacique de la Junta. Aunque jamás me simpatizó la persona ni me gustó el personaje que encarnaba. Su música me pareció ofensiva siempre, más cerca del aturdimiento que de la gratificación. Nunca entendí que el país lo convirtiera en ídolo. Un país con ídolos así tiene que ser anormal. Diomedes nunca pasó de ser más que un formidable aullador, en los escenarios, y por fuera de los escenarios un canalla, indigno de servir de modelo a las generaciones del futuro. Fue la degradación comercial del vallenato que cantaron los viejos fundadores del género. Hagamos un minuto de silencio sobre su tumba. Devolvámosle con un pequeño bien el mal que tan largo hizo.