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Leonardo Padrón

Un hombre rodeado de agua

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Apenas tenía doce años cuando, desde un ferry que iba a Margarita, su papá avistó la isla de Cubagua y le soltó a rajatabla: “A que no nadas de aquí hasta allá”. El hijo, con el desenfado de los adolescentes, le dijo que sí pero solo se quedó viendo con atención esa larga distancia azul. Justo veinticinco años después atravesaba a nado 63 kilómetros de mar abierto. Era la primera gran hazaña de Antonio Saint Aubyn, un cumanés de apellido francés y genes portugueses que todos llaman Toño y muchos sospechan que tiene más alma de anfibio que de humano.

Esta vez, dos años más tarde, decidió ampliar el desafío y, como si le hablara a su padre, se dijo: “A que ahora nado desde Margarita hasta Puerto La Cruz”. Estamos hablando de 105 Kms. Mucha agua de por medio. Dos veces y media la distancia del  maratón de Nueva York. Algo que no había realizado nadie en Latinoamérica. Se preparó durante siete meses. Día tras día. Recorrió el trayecto por partes. Memorizó el comportamiento de la marea. Todo en paralelo a su trabajo en el colegio San Lázaro donde es instructor de natación de niños de edad pre-escolar hasta jóvenes de 18 años. Mientras adiestraba a los demás en su arte, su mente se zambullía en la enormidad de agua salada que separa la costa de Margarita de la arena del Paseo Colón de Puerto La Cruz.

Antonio Saint Aubyn está rodeado de agua desde los seis años de edad.
 
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Vivir a dos casas del Polideportivo de Cumaná selló su destino. De paso, todas sus vacaciones fueron bajo agua, en la playa de Juana Josefa.  Toño fue, como todo niño, fanático de los deportes, desde béisbol hasta kárate, pasando por ajedrez. Pero cuando tocó el agua por primera vez algún mandato interior lo convocó para siempre. Comenzó a ganar medallas con gula. Se quedó abismado ante el titular que anunciaba la medalla de bronce conquistada por Rafael Vidal en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984. La proeza fue lograda en la competencia de 200 metros mariposa. Toño, con solo nueve años, erigió a Vidal como su ídolo. 200 metros mariposa sería su prueba favorita llegando a ser campeón nacional en las categorías infantil, juvenil y máxima, para convertirse luego en Campeón Suramericano en Brasil en 1993. Replicaba a su héroe.

Luego vino la idea de las aguas abiertas. Un desafío totalmente distinto. Una necesidad de pasar más tiempo en el agua que en la tierra.
 
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Su infancia fue el abono. Solía pescar con su abuelo en un bote y en cada regreso, ya relativamente cerca de la orilla, se lanzaba al mar para volver a nado. Poco a poco esas “lanzadas” fueron cada vez más lejos de la costa. Toño recuerda a su abuelo Jorge como un estímulo crucial. Les ofrecía a él y a un primo dos bolívares por cada medalla que ganaran en el colegio. Fueron tantas las medallas conquistadas por Toño que el abuelo “olvidaba” pagarle. Sino la ruina sería inminente.   

Su primer aguas abiertas oficial fue el paso a nado de los ríos Orinoco y Caroní en 1992. Allí, desde Las Barrancas de Fajardo en  Monagas hasta San Félix en el estado Bolívar, donde ambos ríos se juntan y forman un tumulto de remolinos, olas y turbulencias insospechadas. Novecientos nadadores suelen combatir el temperamento de ambos ríos. Ese año llegó en primer lugar absoluto y volvió a ganarlo dos años después. Compitió, incluso, con Soraya y Simón, sus dos hermanos. Lo ha hecho 22 veces. Un exuberante  preludio para el mayor de los desafíos: nadar a pulso desde Margarita hasta Puerto La Cruz. Una proeza que iniciaría el 18 de julio y terminaría al día siguiente: 37 horas y 59 minutos después. Solo decirlo produce extenuación.
 
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Ese día se levantó a las 4:30 de la madrugada. Apenas comió medio pan y algo de fruta. “La hora de la salida era a las 6:00 am, pero el autobús que habíamos contratado nunca llegó. Salimos a la Av. 4 de mayo a parar un micro bus público y allí nos fuimos para el puerto del Guamache, sitio de salida”, me cuenta. A las 7 am, finalmente, su cuerpo se sumergió en las aguas del Caribe y comenzó a dar brazadas a un promedio de 3,5 KPH. Lo acompañaban 25 personas en el mar. Un kayak, donde iban su entrenador y su hermano, marcaba la ruta. En una embarcación navegaba su esposa, azuzándolo, eufórica. En otras, amigos, nadadores de oficio, alumnos, padres de sus alumnos, personal del Instituto Nacional de Espacios Acuáticos, una televisora de Cumaná (Telesol), dos médicos y cuatro jueces que vigilarían el cumplimiento de las reglas exigidas. En un dingui iba la hidratación y la comida. Todo el oriente del país estaba a la expectativa. En Margarita se apiñaron para verlo partir. En Puerto La Cruz la gente se ponía de acuerdo para irlo a recibir. No se hablaba de otra cosa. En los restaurantes, de una mesa a otra, se comentaba cuánto tiempo llevaba recorrido, cuánto le faltaba. Algo curioso: nadie pensaba que no lo lograría. Justo ese día yo estaba en Puerto La Cruz y la noticia revoloteaba a mi alrededor como un moscardón.
 
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El agua salada se siente más liviana que la de una piscina, pero el resto es pura adversidad: las olas, los caprichos de la corriente, la monumental oscuridad de la noche y los animales marinos. No era clásica ruta de tiburones, aunque en ocasiones se habían reportado algunos. Un agua mala lo picó justo en la cara, pero no era precisamente algo que lo iba a sacar de su objetivo. Un puñado de delfines lo escoltaron en cierto tramo. A los 30 kms, frente a Punta Araya, un dolor se le estacionó en el brazo derecho. Desde entonces, las brazadas tuvieron que ser más cortas. Los médicos le procuraron analgésicos, pero el dolor nunca desapareció. Su único remedio fue una letanía: “Esta es mi oportunidad y no la voy a dejar pasar”. Cuando llegó la noche, falló la planta eléctrica. La visibilidad fue totalmente nula. Tuvieron que recurrir a una solución casi artesanal: utilizar stops de bicicletas para iluminar la ruta. Toño nunca durmió. Se hidrataba cada 20 minutos. Se alimentaba con proteínas y carbohidratos en forma de gel. A veces llegó a comer sólido: tortilla española, tortilla  de avena, pasas, cambur  y un tubito de Ovomaltina. “Fue glorioso”, recuerda. El segundo día almorzó en alta mar una bandeja de pollo y pasta. Una ola gigante engulló el plato cuando apenas iba por la mitad. En dos ocasiones llegó a vomitar por culpa de un suero que le cayó mal. Ya tenía la piel arrugada de un hombre de 107 años. Habitar el agua tiene sus bemoles.

En estos desafíos comer, descansar, preguntar la distancia restante, tomar un respiro, bromear un poco, todo, se reduce a un verbo: flotar. No está permitido sujetarse a ninguna embarcación. En ese maratón de agua, supone uno, hay mucho tiempo para pensar. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr,  Murakami da una pista: “A menudo me preguntan en qué pienso cuando estoy corriendo (…) Mientras corro simplemente corro. Como norma, corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío”.

El cumanés Antonio Saint Aubyn, ante la misma pregunta, responde algo equivalente. Se ocupa de nadar en la nada. Piensa poco. En la meta. En la próxima ola. En el frío. En el bendito dolor del brazo. En la meta otra vez. Siempre en la meta.

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“¿Qué era lo peor que te podía pasar?”, le pregunto. “Rendirme”, responde sin tardanza. Confiesa que muchas veces el cansancio tomó la palabra y era entonces cuando el grupo que lo acompañaba le proporcionaba el suero del entusiasmo: “Vamos, Toño, sí se puede!”; “Te falta poco!”. Funcionaba. Algunos nadadores lo acompañaron en tramos cortos para darle apoyo psicológico. Era como una soledad en equipo.

Ya en la parte final de la travesía, de Mochima a Puerto La Cruz, la vida se le complicó otra vez. Debía ser el tramo más fácil, pero el mar decidió lo contrarió: “En los últimos 25 Kms tuve siempre la corriente en contra y un fuerte oleaje que me dificultó nadar con comodidad y me afectó el desplazamiento”. Alguien del grupo le mintió diciéndole que estaba cerca de la meta, solo para insuflarle arresto.

Algo imprevisto pasó. Se le sumaron infinidad de embarcaciones: yates, lanchas, peñeros, dinguis. Más de 80 personas. Todos en clave de solidaridad. Así lo cuenta Yvette Hernández Padrón, periodista que lo acompañó todo el trayecto: “Se sumó gente de Sucre y Anzoátegui, la selección de canotaje, el INEA, la Guardia Costera, el Gobernador, reporteros del Diario El Tiempo. Nuestro dingui era el motivacional: ´Vamos Toño, vamos Campeón!´. Así todo el tiempo.  Difícilmente se borre de nuestra memoria lo que allí vivimos”.

Cuentan que un ferry detuvo su navegación un tiempo para no producir oleaje al paso del nadador. Todos abocados a colaborar con la imagen deseada: Antonio Saint Aubyn tocando tierra firme después de dos épicos días de nado.          

Culminó la hazaña entre los gritos de una multitud. Abrazó a su familia, a sus amigos, caminó hacia la ambulancia, comenzó a temblar y se quedó dormido de repente. Había sufrido una crisis de hipotermia. Se despertó en el hotel ocho horas después, con un hambre pavorosa, totalmente insolado y una irreversible sensación de victoria.

Ya Antonio Saint Aubyn tiene claro cuál será su próximo objetivo. Justo el año siguiente, en la celebración de los 500 años de Cumaná. Por ahora es un secreto rodeado de agua.
 
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¿Será que al país le toca mirarse allí? El mapa nacional es poco más que un mar de leva. Turbulencia pura. Remolinos. La otra orilla, la de la calma, se ve a demasiados kilómetros de distancia. Nos toca aprender de resistencia, bracear duro, saber flotar e hidratarnos cuando toca, pero sobre todo insistir, así nos tuerza la cara el dolor. Pensar en la meta. Nadar en la nada. Hasta conseguirlo todo.

“A que conseguimos reconstruir el país”, debe ser la letanía, el desafío, el reto mayor, en mitad del agua oscura que nos rodea.