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Oscar Lucien

El hombre araña y el fascismo

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1. Son tantas las veces que desde el 12 de febrero he oído el vocablo “fascista” de parte de Nicolás Maduro en las frecuentes y abusivas cadenas de radio y televisión, en las apariciones públicas de los distintos voceros oficiales, incluso, en la palabra a flor de labios del común de los mortales que asiste voluntaria o compulsivamente a los continuos saraos del gobierno, que se me ocurrió pensar que más allá del libreto de la propaganda oficialista había otra dimensión del asunto que estaba soslayando. ¿El reiterativo empleo de la palabra fascista es solo parte de un plan de manipulación ideológica y de descalificación del adversario al endilgarle una etiqueta de algo considerado como repulsivo?

La revisión conceptual respecto del término me resultó insuficiente, porque todas las dimensiones consideradas del fascismo como categoría política son aplicables a la naturaleza y ejecutoria del régimen a cuya cabeza aparece Maduro: culto a la personalidad (con fuerte expresión necrofílica en el caso venezolano) control policial y militar de la disidencia política, organización de bandas paramilitares que actúan como fuerzas de choque y siembran el terror permanente, nacionalismo patriotero exacerbado, discriminación y exclusión del adversario político a quien incluso se le niega la condición de patriota, economía estatizada. ¿Por qué, entonces, el gobierno corre el riesgo de exhibir su autorretrato sin pudor de manera constante? La única respuesta para esta obsesión con la palabra fascista es la dimensión psicológica, que no excluye la dimensión ideológica arriba esbozada.

Sin mayor profundización me ilustra lo sumario de Wikipedia sobre el tema. “La proyección es un mecanismo de defensa que opera en situaciones de conflicto emocional o amenaza de origen interno o externo, atribuyendo a otras personas u objetos los sentimientos, impulsos o pensamientos propios que resultan inaceptables para el sujeto. Se «proyectan» los sentimientos, pensamientos o deseos que no terminan de aceptarse como propios porque generan angustia o ansiedad, dirigiéndolos hacia algo o alguien y atribuyéndolos totalmente a este objeto externo”. Se trata de una suerte defensa psíquica que busca colocar a lo externo unos amenazantes. Freud se refería a un mecanismo que observaba en las personalidades paranoides, aunque el término ha sido generalizado para identificar una defensa primaria. ¡Aló, Maduro!

2. Nadando en estas aguas de la psicología, en las cuales no me gusta adentrarme porque no sé nadar, también me la llamó la atención el anuncio de Nicolás Maduro de que en Carnaval se disfrazaría del Hombre Araña. Dejando de lado la inconsistencia de estar pensando en disfraces cuando también, según sus palabras, está en marcha un golpe de Estado y han ingresado al país mercenarios con la intención de asesinarlo y, además, su insensibilidad de proclamar fiestas y días no laborables cuando el país está de luto por los jóvenes asesinados en las recientes manifestaciones, me llamó la atención, repito, que escogiera la figura del Hombre Araña para su disfraz.

No tengo muy claro cuál es el mecanismo psicológico que opera en este caso, pero se me ocurrió pensar que Maduro recurre a la imagen de un superhéroe como una única manera de hacer frente a los graves problemas que la sociedad democrática y, en particular, los jóvenes en la calle, insiste en manifestarle: en lo económico, en lo político, en lo social, en suma, en la fractura de la convivencia entre los venezolanos producto de ya largos catorce años de gobierno bolivariano (sic). Pero no tuve tiempo siquiera de detenerme en el detalle de la escogencia de esa una figura paradigmática del imaginario simbólico hollywoodense por cuanto me topé en Internet, de la mano y el ingenio del caricaturista Edo, con la imagen de un Maduro convertido en hombre araña, atrapado en las redes de la ineficiencia, de la corrupción, de las protestas estudiantiles, de la devaluación, de las intrigas de sus propios radicales.

Ahora bien, vistos los recientes sucesos de desmedida represión que, en efecto, muestran a un gobernante parlachento pero descompuesto, incapaz de imponer su liderazgo como jefe del Estado frente a las bandas paramilitares promovidas por el propio gobierno, y a un Diosdado Cabello avasallador y omnipresente, quizá le convenga el disfraz del Hombre Invisible.