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Antonio Sánchez García

Las hogueras de la barbarie

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“Se comienza rompiendo libros y se termina matando gente”

Mario Vargas Llosa, Bogotá, 5 de mayo de 2014

 

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El 10 de mayo de 1933, hace exactamente 79 años, los nazis escenificaron el ensayo general de lo que una década después sería el más horrendo de los genocidios conocidos en la historia de la humanidad, el llamado Holocausto: por orden del Nsdap, el partido nacionalsocialista que hacía unos meses había asaltado el poder de la mano de su líder Adolf Hitler, y bajo la instigación directa del ministro de propaganda Joseph Goebbels se amontonaron 40.000 volúmenes en el centro de la plaza August Bebel, así nombrada en honor del líder de la socialdemocracia alemana, en Berlín, la capital del Reich, para encender una gigantesca fogata. Se lanzaba a la hoguera, metafóricamente, a lo mejor del espíritu y la cultura alemanas: no solo las obras de Carlos Marx y Federico Engels, de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, sino también de grandes novelistas, dramaturgos y poetas alemanes, como Thomas Mann, Hermann Hesse, Franz Kafka, Bertolt Brecht o Heinrich Heine, quien en 1817, en una siniestra premonición de lo que le esperaba a su amada Alemania un siglo más tarde, escribiese: “Eso solo fue un preludio, ahí en donde se queman libros, también se termina quemando seres humanos” (“Das war ein Vorspiel nur, dort wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen”).

Nada casual que al día siguiente de su apoteósica despedida de Caracas, en donde su incondicional respaldo a las luchas por la libertad llevadas a cabo por el estudiantado venezolano al costo de 41 asesinatos, cientos de heridos y miles de prisioneros causara conmoción, un fanático de la extrema izquierda colombiana –“Usted parece un personaje escapado de la Historia de Mayta”, le dijo entre sarcástico y sorprendido el Nobel peruano, refiriéndose a la novela que le dedicara a Alejandro Mayta, el violento dirigente trotskista de la izquierda revolucionaria peruana– luego de imprecarlo destrozó una de sus novelas con similar saña a la empleada por los guerrilleros de las FARC para descuartizar a sus víctimas. Ni de que a pocas horas de que El País, de España, publicara su encomiástico artículo “Estudiantes”, reproducido este domingo en El Nacional, de Caracas (http://www.el-nacional.com/opinion/estudiantes_0_402559867.html) los motorizados y fuertemente armados colectivos bolivarianos, suerte de versión tropical y barbarizada de las Tropas de Asalto (Sturm Abteilung) del nazismo alemán asaltaran, robaran, saquearan e incendiaran la Universidad Fermín Toro, en Barquisimeto, estado Lara. Se comienza incendiando universidades, se termina incinerando pueblos enteros.

Decididos a ahorrarse el trabajo de seleccionar las obras destinadas por el Goebbels venezolano a la hoguera –cabe suponer al ministro de Interior y Justicia a cargo de tales tropas de asalto tan analfabeta como sus esbirros parapoliciales– optaron sus secuaces por incendiar la biblioteca entera. Y no conforme con la biblioteca, llevaron la barbarie, suficientemente exponenciada por el odio, el rencor, la cobardía y el miedo, a incendiar la universidad entera. De extraer las consecuencias de la fogata de la Plaza Bebel y siguiendo al pie de la letra a Heinrich Heine, bien podríamos estar a las puertas de matanzas orgiásticas y hornos crematorios a la moda de Himmler y de Eichmann. Provoca escribir un ensayo: Auschwitz en Caracas.

 

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La inmensa gravedad de estos actos de vandalismo hitleriano, castrocomunista y genocida debiera llamar a una profunda reflexión a todos los sectores democráticos de Venezuela. Y en primer lugar a quienes desconocen o minimizan la profundidad de la crisis social y la extrema gravedad de la circunstancia a futuro creyendo posible sentarse de buena fe a dialogar con los promotores de este terror de Estado, pensando que mediante el uso de la palabra y las buenas razones podrán apagar el fuego que anima a los miembros de la nomenklatura castrocomunista que nos desgobierna y convencer a los pirómanos del régimen de deponer sus armas, renunciar a sus postulados totalitarios y volver al redil de la Constitución, las leyes y la convivencia democrática.

Hombres educados y cultos, como los que dirigen la Mesa de Unidad Democrática ¿pueden desconocer las terribles enseñanzas de la historia que nos demuestran que el delirio revolucionario, sea nacionalsocialista o sea marxista-leninista, no amaina en mesas de negociaciones sino solo y estrictamente al fragor de la presión incontenible del furor y la indignación popular, incluso de la guerra? ¿Son incapaces de comprender que ni Pérez Jiménez ni Augusto Pinochet usaron esbirros paramilitares para incendiar universidades que se les oponían? ¿Están intelectualmente incapacitados para comprender las profundas, estructurales, sustanciales diferencias entre una dictadura totalitaria de signo castrocomunista y una dictadura militar de sesgo comisarial, dispuesta a dejar el poder una vez cumplida su tarea de recomponer la sociedad quebrantada por el asalto de la subversión?

Sería criminal de mi parte exonerar de responsabilidad en las graves violaciones de los derechos humanos a esos siniestros dictadores del pasado. Pero solo la supina ignorancia puede desconocer que Pinochet entregó una República y un Estado saneados y debió abandonar el poder cuando en Chile izquierdas y derechas, incluso sus compañeros de armas –unas fuerzas armadas disciplinadas, verticales e impermeables al virus del castro-comunismo, la corrupción y el narcotráfico– comprendieron que su permanencia iba contra los designios de la historia y boicoteaba el posterior desarrollo de la prosperidad que él mismo había encauzado. ¿Es imposible que comprendan que Pérez Jiménez no dejó una Venezuela devastada, sino una Venezuela enrumbada hacia la prosperidad, el progreso y la modernización? Tanto Pinochet como los restantes autócratas militares del Cono Sur y los dictadores de la talla de Pérez Jiménez no dejaron tras de si un terreno arrasado. Ni montaron el aparataje que les permitiera sobrevivirse a sí mismos, como lo ha hecho Fidel Castro en Cuba. Él, no Pinochet, es el punto de referencia y comparación que debiera servirnos de modelo justificatorio.

Sobran, pues, las razones que legitiman las acciones de nuestros jóvenes, como lo resaltara merecidamente el Nobel peruano Mario Vargas Llosa, y ofenden la incomprensión e incluso la mala fe con que parte de nuestra intelligentzia agota el léxico en busca de términos ofensivos, degradantes y escarnecedores para descalificar a quienes han tenido la hombría, la grandeza y el coraje de enfrentarse a pecho descubierto al neofascismo imperante. Usemos el lenguaje con la grandeza que nos permite la cultura que poseemos: no están apurados: están urgidos. Comprenden la circunstancia mejor de lo que parece comprenderla la élite. Es el tiempo que apremia, el tiempo que urge, el tiempo que resta, como lo plantean las epístolas paulinas. Pues la barbarie no pierde su tiempo. Ya comienza a incendiar universidades. Dios quiera que no continúen incendiando periódicos. Y debamos arrepentirnos por nuestra inconsciencia.

 

3

La necesidad de unir todos nuestros esfuerzos para impedir que la barbarie continúe su faena devastadora es nuestro mayor apremio. Unirnos cuanto antes y blindar los propósitos que el momento nos plantea. Esa unidad no puede someterse a los planes entronizadores del régimen ni seguir sus aviesas manipulaciones electoreras. Es sencillamente criminal dar por buenas las decisiones con que el neofascismo reinante destituye y encarcela a nuestros alcaldes y dirigentes políticos, y seguir sorda y ciegamente la ruta que se nos impone a la espera de que por efecto del espíritu santo el régimen se desmorone. Cada día, cada hora, cada segundo que pase este régimen empujando al naufragio y desintegración de la patria es un día, una hora, un segundo perdidos de nuestra historia.

Las razones de la urgencia están a la vista: mientras el régimen llama al diálogo y a la paz: persigue, reprime, hiere, encarcela, asesina. Y lanza a sus perros de presa al ataque de nuestras sagradas instituciones académicas. En el colmo de su bárbara incultura, cree que incendiando universidades aplaca el espíritu de combate de los jóvenes universitarios. Más criminal aún sería permitirles que vayan un paso más allá e incendien universidades colmadas de estudiantes. El talante de la criminalidad gobernante permite imaginarse un terror semejante. Son nazis. ¿Alguien lo duda?

Las vías de las fuerzas democráticas parecen irremediablemente bifurcadas. Las dirigencias de los partidos políticos que hacen vida en la MUD parecen dispuestas a agotar el camino del diálogo, el entendimiento e incluso la cohabitación. A cualquier precio: el costo ya asciende a 41 asesinatos, cientos de heridos, miles de presos políticos y la creciente devastación del tejido social venezolano. Suponemos que lo hacen seguras de que tarde o temprano el régimen se desmoronará por efecto de sus problemas y contradicciones internas. Y de que producido el descalabro se llamará a elecciones y se resolverá el problema.

Las fuerzas de la resistencia, entretanto, convencidas de lo ilusorio de tales espejismos, demuestran con hechos irrebatibles que solo la acción callejera, la demostración de una inequívoca voluntad de lucha y la decisión de acorralar al régimen empujándolo al desprecio internacional, acelerando sus contradicciones internas, pueden no solo cambiar la correlación de fuerzas –como en efecto está sucediendo a favor de las fuerzas democráticas–, sino precipitar la toma de conciencia entre quienes más temprano que tarde tendrán que optar entre amparar una satrapía que traiciona los más sagrados principios de nuestra patria o ponerse de lado de la voluntad libertaria de nuestro pueblo.

El desiderátum sería reunir ambas vías y conformar un bloque de poder que, así soldado, sería invencible. Debe ser nuestra meta. Entre tanto, la resistencia debiera unirse y mostrar un solo frente de combate que cobije a los nuevos liderazgos, los partidos y movimientos sociales decididos a enfrentar y derrotar a la dictadura. Es la tarea que debieran asumir y resolver al más corto plazo estudiantes, trabajadores, profesionales, pueblo en general. Y las tres figuras más destacadas del momento histórico que vivimos: Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma. Que Dios los ilumine.