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Eli Bravo

Con el hogar por dentro

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Inspirulina

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Hace un par de noches al salir a botar la basura me puse a contar las casas donde he vivido. Cuestión de ocio, imagino yo. Desde la cocina hasta el lugar donde tiro la bolsa hay un trecho que disfruto especialmente en las noches de luna, cuando la brisa marina remonta las laderas y los grillos musicalizan el paisaje. Comencé por aquella casa donde nací y que no recuerdo, para luego descubrir que me faltaban dedos en las manos y aún no llegaba a mi primer matrimonio. Solamente en mis años de soltero viví en cuatro lugares distintos… ¡Qué tiempos aquellos!

Días antes, y tras apenas un año de haber empacado sus cosas para irse a España, mi padre con sus 76 años de edad bien puestos me comentó que le gustaría mudarse a otro apartamento. Mi madre miró al techo y suspiró diciendo: “Por favor, vamos a quedarnos acá un rato al menos”. Debe ser un asunto de familia.

Poco importa cuántas casas hayan sido, porque una casa no hace un hogar, como bien canta Bono en “Sometimes You Can´t Make It On Your Own”. Siendo honesto, aquel anexo en Caracas donde cumplí 21 años era en realidad un paraíso volador. No recuerdo si había lavadora, pero sí que tenía un colchón en el piso, equipo de sonido y nevera con cervezas frías. En cambio, la casa en Miami donde nacieron mis dos hijas fue un hogar desde el primer momento en que entré junto a mi esposa Gabriela, a tal punto que logramos vivir allí 9 años. Para mí, un récord.

Inútil decirlo: cada cosa a su momento.

Casa es la estructura y hogar lo que adentro construimos. No hablo del sofá de diseñador, las porcelanas de la abuela o la remodelación del baño, porque todas esas cosas materiales que acumulamos y nos dan sentido de hogar, en realidad, no son más que huellas de lo vivido (o lo que aparentamos vivir). Lo importante, lo que en realidad tiene sentido, no está en el salón o el comedor, sino en el corazón del ser humano que las ha disfrutado. A partir de allí no importa que vengan una o quince mudanzas, esa casa que dejamos atrás se queda con sus paredes y nosotros con lo bailado.

En sus estudios sobre los impactos emocionales del emigrante, el psiquiatra Harry Czechowicz ha encontrado que aquellas personas capaces de cambiar su concepto de hogar por una realidad interna más transportable suelen llevar mejor el proceso de adaptación a un país distinto al que nacieron. “De este modo usted podrá ver su mudanza como la necesidad de un lugar físico”, escribe en su libro Inteligencia migratoria. “Una casa donde depositar lo que se lleva por dentro, venciendo dificultades y utilizando recursos personales. Eso constituirá  su hogar y no el inmueble donde vivirá”.

En otras palabras, el hogar lo llevamos por dentro. No importa dónde estemos.

Si hay un lugar que vale la pena habitar es esa realidad interna. He visto casas inmensas con ojos tan vacíos que dan vértigo, y otras del tamaño justo que reverberan de pura vida. También he visto a gente presa en su propia casa, incapaz de mudar su piel.

Esta en la que estoy ahora es ideal para los tiempos que vivimos, y después, quién sabe. Cada casa a su momento.

P. D: tras contar varias veces concluí que he vivido en 20. Esto incluye los 5 meses que pasé en un velero, que si bien técnicamente no es una casa, allí me protegía de la lluvia, cocinaba y dormía. No tenía dirección fija, pero sí un ancla que podía tirar en el lugar que más me gustara.