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Eli Bravo

Tres historias tejidas al vuelo

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Inspirulina. Ilustración: J. Ovalles

Inspirulina. Ilustración: J. Ovalles

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En todas partes nos esperan buenas historias, solo hay que recogerlas y luego contarlas. Ellas se tejen solas, girando sobre ejes maravillosos y arropándonos en el manto de la vida. Hoy comparto contigo tres que me vienen a la mente y, a su manera, encierran un significado que las trasciende.

La casa donde vivo fue construida en el año 1954 y somos sus terceros dueños; asunto sorprendente en Miami, una ciudad de paso y víctima de la especulación inmobiliaria. Se la compramos a los Harris, un matrimonio encantador: Shirley es la viva estampa de una abuela estadounidense y Ken es fuerte como un roble. Luchó en la guerra de Corea (conseguí su casco de combate arrumbado en el ático) y por años fue el director del colegio Miami Country Day. Actualmente, mis hijas estudian allí y he podido ver su foto en el muro de honor. En casa conservamos una pequeña mecedora de madera que fue de su hijo y heredamos para las nuestras. Tiene al menos 45 años y luce impecable gracias al esfuerzo de mi padre, quien dedicó varias tardes a lijarla. No está como nueva y eso la hace más hermosa.

Por estos tiempos navego en el Verona, un pequeño velero fabricado en 1967, por lo que me supera un año en edad. Lo adquirí de Peter Dengel, un biólogo marino que se dedicó a la venta de productos médicos. Peter, a su vez, se lo había comprado en 1971 a quien fuese para ese entonces el comodoro del club de vela de Coconut Grove en Miami. Por más de cuarenta años este barco fue su escape y su refugio mientras lo acompañaba en sus mudanzas por Estados Unidos. De nuevo, soy el tercer dueño. Lo curioso es que el barco está amarrado a una boya en el mismo club en el que navegó por primera vez, pero, además, se encuentra a pocos metros de donde yo tuve al Family Toy, el velero en el que navegué el Caribe en una experiencia que me cambió la vida y me entregó, entre tantas cosas, un libro. Así es: el Pelic de Una ola tras otra tuvo en realidad ese nombre cándido y un tanto ridículo porque siempre me pareció una humorada viajar a bordo de un barco que se llamase Family Toy, considerando que iba solo y recién divorciado. Sin embargo, como dicen que cambiarles el nombre a los barcos trae mala suerte, preferí hacerle caso a la superstición. Así que Verona seguirá siendo Verona y, por fortuna, este nombre tiene mejor calibre.

Cuando era scout solía subir al Ávila los fines de semana. Aquello era siempre una aventura. Ver Caracas desde arriba, marchar por los senderos, oler la vegetación era una delicia. En una oportunidad, tendría unos doce años, fuimos de excursión todo el grupo. De regreso una de las chicas se torció el pie y yo le ofrecí mi hombro como apoyo. A medida que descendíamos el dolor aumentaba y le impedía caminar, así que decidí cargarla sobre mi espalda.Nunca he sido musculoso; sin embargo, por fortuna era menuda y ligera. Llegamos sin contratiempos, ella con una simple torcedura y yo con los músculos engarrotados. Con los años aquella chica, Olivia González, se convirtió en una eminente traumatóloga especializada en la articulación del hombro. Hace un par de semanas Olivia atendió a mi señor padre en su consulta. Saberle en sus manos nos brindó a todos en la familia confianza y gratitud. Además de las dosis de amabilidad y cariño que brindan los médicos venezolanos, le dio ese bálsamo de amor que solo entregan las viejas relaciones.

En todas partes nos esperan buenas historias porque ellas se tejen como la vida: con el hilo fascinante de las causas y los azares.

Cuando era scout solía subir al Ávila los fines de semana. Aquello era siempre una aventura. Ver Caracas desde arriba, marchar por los senderos, oler la vegetación era una delicia.