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Leopoldo Tablante

La hipótesis de la desgracia

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Gustavo Dudamel no es Fernando Carrillo, ni Roque Valero ni Winston Vallenilla. Y a pesar del talento y estrellato global de Édgar Ramírez, Dudamel sigue moviéndose en una órbita más difícil y más allá. Ni siquiera puede entenderse a Dudamel como la versión masculina de la pianista Gabriela Montero, aun cuando ambos músicos graviten en la misma esfera y frecuenten el mismo mercado de los prestigios. He aquí por qué:

La consagración de Dudamel es cosa relativamente reciente y, para complicarle la vida, ha ocurrido con la consolidación del chavismo. Es el pupilo dilecto de Sistema Nacional de Orquestas Juveniles y encarnación de la idea de excelencia más remota emanada de la mente de José Antonio Abreu. Para llegar a Dudamel (sin mencionar nombres como el del contrabajista de la Sinfónica de Berlín, Edicson Ruiz; o el del director de la orquesta La Fenice de Venecia, Diego Matheuz), el Sistema invirtió al menos 24 años de disciplina y fe en muchos jóvenes con genuino talento que no han llegado ni llegarán tan lejos como él. Mientras la barbarie iincendia el país, el Fénix asciende tentando al vacío.

El Sistema que forjó el talento de Dudamel ha sido, desde hace muchos años, patrimonio del Estado. En 1982, mi madre me llevó a la sala José Félix Ribas del aún inconcluso complejo cultural Teresa Carreño para atestiguar cómo una Orquesta Nacional Juvenil, dirigida por el propio Abreu, le daba la bienvenida al entonces presidente de la República, Luis Herrera Campins, con un Himno Nacional de pompa y fanfarria que me erizó no tanto por una cuestión de patriotismo como de estéreo y de textura vibratoria. Ni siquiera el Estado de entonces se merecía aquel homenaje, pero a la distancia interpreto el espectáculo como un gesto de gratitud de un grupo de músicos adolescentes al jefe del Estado-providencia que financiaba su vocación y su sensibilidad artística.

El único legado de la cuarta república que el chavismo no se ha atrevido a condenar es el Sistema. Y del Sistema, Gustavo Dudamel es prácticamente un activo fijo: fue allí donde el músico se formó y fue frente a una sinfónica compuesta por gente tan joven como él que los árbitros más rigurosos de la música mundial lo captaron. El Sistema es la única institución venezolana con un liderazgo funcional, un verdadero Estado dentro del Estado. Por una combinación de mérito y azar, Dudamel carga el peso de ser la imagen de marca de ese movimiento en medio de un país que parece tener un pacto mefistofélico con el fracaso. Porque hasta en eso Venezuela es bipolar.

Por si fuera poco, Dudamel tiene todavía 33 años. El día de la juventud es la efeméride del movimiento que él mismo simboliza y ese concierto en La Victoria fue un compromiso para una orquesta que, de todos modos, es institución de un Estado presidido, por desgracia, por el peor de nosotros. ¿Cómo habría hecho Gustavo para negársele a su propia razón de ser? La respuesta a esa pregunta es difícil si no quiere comprometerse la continuación de el Sistema, la única empresa social y cultural venezolana con resultados probados y la única que conmueve al mundo. Sin embargo, en el país polarizado todo tiene doble filo: el día de la juventud lo es también el de la juventud antichavista, carne de cañón de un voluntarista movimiento opositor cuyo liderazgo se descalifica y atomiza al final de cada elección importante.

Tal vez el origen del nacionalismo melodramático que nos caracteriza sea el hecho de que el Himno Nacional se le cante a los niños recién nacidos como canción de cuna. Y en medio de las vibraciones de un presente violento marcado a manopla y tortura por el madurismo, Dudamel enfrenta el ánimo de nuestra canción más bélica. Pero una cosa es segura: como pasó con el Jorge Luis Borges que no se daba por aludido ante la dictadura de Videla en Argentina, la importancia de Gustavo Dudamel y de El Sistema sobrevivirán a las maledicencias del país polarizado. Después de todo, su imaginación y su obra son prueba carismática y audible de que el proyecto de reconciliación nacional no es un disparate.