• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

Los hilos de la continuidad

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Muchas veces hemos comentado en este espacio los problemas que nuestra museología confronta al haber debilitado su tarea como relatora de los movimientos del arte venezolano, destacando su incapacidad para organizar la producción, la historia y la transformación de nuestros artistas después del cierre del siglo XX. Es probable que la tragedia más agobiante de este país sea su persistente negación a la continuidad, irrespeto a una tradición en la que incluso lo que estuvo bien hecho parece no tener relevancia frente a los utópicos estertores de lo que la dirección de turno imponga.

Así se ha tasajeado una buena parte del pasado, dividido en versiones y luchas que quiebran sus prolongaciones esenciales y la posibilidad de crecimiento y unión, pues siempre hay que empezar de cero. Sin embargo, los esfuerzos individuales sobresalen en muchos casos para ofrecer un alivio a la memoria, a esa identidad que en una mañana de domingo puede encontrarse con los rastros y las marcas vitales que le anteceden. Tres exhibiciones inauguradas durante el mes de junio están hablando sin saberlo de esa tejedura que insiste en narrarnos y descubrir, desde los signos sensibles del arte, algunas zonas tapiadas.

La primera de ellas se encuentra en los espacios de la Hacienda la Trinidad con el nombre Cruz-Diez. Didáctica y dialéctica del color. Producida en colaboración con la Fundación Cruz-Diez y la Universidad Simón Bolívar, esta exhibición original de 1980 contó con el diseño, los textos y la asesoría del artista. En esta oportunidad es retomada para ofrecer una revisión sobre la dinámica del color: punto central de investigación de uno de nuestros creadores de mayor trascendencia. Con un planteamiento didáctico entrega un recorrido por 47 piezas en las que visualizamos las distintas fases de una fisicromía, junto a teorías, combinaciones, relatos y testimonios que abren un generoso acercamiento sobre la obra y la personalidad del maestro.

En la segunda muestra es la pintura y los nuevos recorridos que ella misma plantea la puesta en escena que desde la galería Carmen Araujo Arte ha desplegado para nosotros el Inventario de Dulce Gómez. Artista de la generación de los noventa, su producción plástica siempre ha estado involucrada con la pintura no como acabado definitivo sino como fase en transformación. En este caso el proceso es abierto, desprendido hacia un afuera en el que lo pictórico se ha vuelto pulsión y ausencia, estado referencial que se desvanece para abrir las infinitas posibilidades que puedan surgir en el atisbo del espectador.

Finalmente, la obra de Valerie Brathwaite en los espacios de Oficina #1 nos confronta con las líneas esenciales de una pasión por el arte que nunca desfallece. La muestra se titula Formas vitales y nos brinda un pequeño pero revelador recorrido, desde los años setenta, por distintos períodos de una creadora que a través del dibujo, la cerámica, la escultura y la gerencia cultural se ha vuelto un ejemplo de conexión, crecimiento y conformación de un lugar posible. Su obra como su vida es un espacio múltiple, adaptabilidad de la materia, poéticas y tramas de una sensibilidad que trasciende las vicisitudes. Junto a las palabras de la propia creadora en el texto curatorial, las piezas nos invitan a recordar por qué estamos, a abrigar lo que somos… "Yo creo que si yo no dibujo, yo no podría vivir…".