• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Antonio Sánchez García

Los hijos de Sánchez (III)

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Del lado de Independencia, del lado de Vivaceta, las dos referencias de mi infancia. Como del lado de Swann y del lado de Guermantes fueron las de Proust. Eran dos mundos completamente diferentes, con otros paisajes, otros aromas, otro colorido, otra luminosidad, otras resonancias. Independencia me parecía un mundo luminoso, prometedor, puerta de entrada al mundo que algún día conocería. Montándome a los techos de mi casa, cosa que algún día me atreví a intentar dirigido por las maldades de mi hermano, seis años mayor que yo, podíamos ver la cordillera asomada detrás de la avenida Independencia. Nevada y amenazante en invierno, llena de coloridos, cambiantes como un arcoiris según transcurría el día, en tiempos de primavera o verano. Una suerte de gran vigilante, inmutable, severo, el gran tótem inconmovible que sofrena nuestras veleidades  y nos empuja al encabritado y estruendoso, inmenso y rugiente mar Pacífico como única vía de salida al universo.

Desde Independencia, girando una cuadra a la derecha hasta el abasto de Pablo Passalaqcua – un almacén de verdad, con sus mostradores, sus vitrinas, sus toneles de aceitunas y encurtidos, su inmensa variedad de quesos y fiambres que llenaban el ambiente de un aroma mercado de lejanías, sus ultramarinos, su bodega de vinos llena de botellas, chuicos y damajuanas y esa tropa de empleados – podía atreverme a grandes aventuras. Y ya un poco mayor las hice, como hacerle caso a uno de los malandrines del vecindario que me invitó a seguirlo hasta la estación Mapocho montado a escondidas en el pescante trasero de un tranvía de la línea 36 y pedir limosna. Por burlarnos de los paseantes y arrancar a correr entre los pasajeros que llegaban desde Valparaíso. No lo acompañaba para hacer fechorías: en el espacioso recibo en donde estaban las boleterías, las pizarras con los anuncios de salidas y llegadas, los kioscos de periódicos y chucherías, los lustrabotas, la peluquería, el bar y el restaurante, me detenía asombrado ante una caja de cristal que contenía una locomotora en miniatura, idéntica hasta en sus más mínimos detalles a las enormes locomotoras de vapor que rezongaban, chirriaban y despedían humaredas entre golpes, jalones, pitazos y algarabías cuando llegaban o salían de los andenes. Sorprendido por algún vecino, el castigo paterno no se hizo esperar. Llanto y quejidos por los correazos de esa noche, hasta dormirme orgulloso de mi aventura, envidiado por mis hermanas que no lo creían.

Solía ir a menudo hasta el almacén de don Pablo Passalaqcua, un italiano flaco, alto y desgarbado, su pequeña cabeza hundida en los hombros, de ojos profundamente azules, huesudo y narigón, con una piel manchada de islotes rojizos y un rostro a medio afeitar, siempre tocado con una gorra blanca de marinero y un delantal del mismo color que le llegaba a los tobillos. Recio y sin embargo amable y bondadoso. La razón de mis correrías hasta lo de Don Pablo era algún mensaje que mi madre le enviaba a mi padre, cuya parada de taxis se encontraba atravesando la avenida, en la esquina de Panteón con Independencia. Confluencia importante, pues como su nombre lo indica, la calle Panteón bajaba desde la avenida La Paz, que moría en una solemne rotonda que coronaba la entrada del Cementerio General de Santiago en cuyo frontispicio leí apenas aprendí a hacerlo: “Avive el alma dormida y despierte, contemplando cómo nos pasa la vida, como se viene la muerte tan callando…” y bordeada por un hospital de niños, una maternidad y la escuela de medicina venía a desembocar en ese cruce de tranvías. Todos nosotros vinimos al mundo en ese hospital público, la Maternidad San Vicente, fuimos ocasionalmente al Hospital de niños Roberto del Río, que se encontraba enfrente, y acompañamos el entierro de alguno de nuestros parientes o amigos en ese hermoso camposanto en cuyas arboladas y silenciosas avenidas solía preparar recién despuntado el sol mis exámenes de fin de año. Si el Hudson 41 negro y siempre pulcramente pulido de mi padre andaba lejos transportando a algún pasajero, don Pablo era nuestro contacto y correo para su regreso. Sabía que cualquier novedad le sería comunicada de inmediato.

Del lado de Vivaceta todo era, en cambio, sombrío. Salvo cuando ese espacio yermo, abandonado y lleno de cascotes y malezas al que se nos tenía prohibido acercarnos, pues se rumoreaba de crímenes y maldiciones allí ocurridas, de grescas a cuchilladas y punzones donde debatían sus diferencias las pandillas de matones y malhechores barriobajeros que vivían en las cercanías, se llenaba de vida, de luces de colores, de música, estruendo y esparcimiento por la llegada de un circo, un parque de entretenimientos o un inmenso campamento de gitanos, esos nómades venidos hasta Santiago del Nuevo Extremo  de Dios sabe dónde, con sus ropas vistosas, sus sombreros de terciopelo, las gitanas con sus vestidos hasta los suelos llenos de flores, su pañuelos vistosos sosteniendo sus cabelleras rubias y desordenadas, sus príncipes gritones, burlones o amenazantes, sus caballos, sus perros, sus sombreros de fieltro verde chillón o sus corbatas moradas, sus dedos ensortijados de pedrería barata y su jerigonza sonora e incomprensible. Para mí, el más fascinante de los mundos.

De Vivaceta, que debí cruzar más tarde, en mi juventud, a altas horas de la noche para volver a nuestra nueva vivienda, en una población recién construida por los gobiernos socialdemócratas, trasladándome a pie desde el Barrio Alto y corriendo graves riesgos por causa de mis amoríos, pues no circulaban las líneas de microbuses a esas horas y no tenía dinero para pagarme un taxi, recuerdo con nostalgia el Hipódromo de Santiago, en una de cuyas caballerizas vivía un hermano de mi padre, el tío Carlos o Car’etongo, así llamado por su piel cetrina y su cabellera azabache que hacía pensar en la negrura de los sombreros de copa o tongo, como se les llama en Chile: de allí "Cara de Tongo". Vivía con su mujer y su hijo, al que envidiaba ir vestido siempre como un adulto, incluso de botas de charol, pantalones largos y estrechos, un cinturón tachonado de remaches relucientes, pelo largo, camisa de seda y sortijas: un señorito o un gitanillo andaluz.

No tuve otra familia que la de ese tío y dos otros hermanos de mi padre: Tito, que murió joven de tuberculosis, y Perico, un personaje fascinante que admiré como a un genio salido de la lámpara de Aladino: apestaba, pero me maravillaba por su inteligencia y desenfado. Era un clochard, Rey de su pandilla, hípico empedernido y cargador ocasional de un negocio de remates famoso por entonces: Marticorena. Cuando no trabajaba en Marticorena, hacía de ropavejero, traficaba con latas y botellas, lavaba los taxis del paradero de mi padre para ganarse el pan y pagar el ocasional alojamiento  en una hospedería de pobres de la calle Maruri. Fue de su boca que escuché a los siete u ocho años por primera vez los nombres de Einstein, Lenin, Hitler y las maravillosas aventuras de los bolcheviques rusos. Pues él, como mi padre y sus otros dos hermanos, eran unos comunistas de tomo y lomo. De esos polvos surgieron mis lodos.

@sangarccs