• Caracas (Venezuela)

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Jonathan Reverón

La hermandad de la tristeza

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Tardo poco en acostumbrarme a la alarma del despertador, otra vez me levanté antes de que sonara. Dormí muy poco porque justo antes de que el apagón comenzara me estaba leyendo un cuento de Robert Walser “El paseo”. Una amiga me dice que no he aprendido nada de lo que pasa en el país si me niego a usar velas para continuar la lectura. Oigo cacerolas, los pasos de los vecinos de arriba, me voy quedando sin batería en el teléfono y mi comunicación con el mundo queda reducida a una ventana que solo muestra la negra noche. Uso ventilador de piso para ahuyentar a los mosquitos de las 5:00 de la mañana; no hay luz, no hay ventilador, hay picada de mosquito. Al pararme, continúo la lectura del cuento –que descubrí gracias a Cuestión de énfasis (Susan Sontag, Alfaguara, 2001)–.

El protagonista, un poeta, pasea por las calles de una ciudad. Todo tipo de personajes y paisajes pasan por su camino, en cada diálogo del narrador hay un clima mental: en efecto, como lo dice Sontag, depresión y terror, hasta que su trayecto es vencido por la noche, y todo es oscuridad. La responsabilidad del artista, su oficio o deber ser, es viajar, trasladarse, explorar las patrias, empezando por la suya. De ese modo tomará la temperatura o el compás del tic, tac, tic, tac… He hecho lo propio, acompañé a mi mamá una hora y media a hacer cola para llevarse el café que a ella le gusta, el único que le causa placer, uno recién molido que venden en el Mercado Municipal de Chacao. Las señoras se van diciendo entre sí dónde y cómo conseguir otros productos de la canasta básica.

—Hijo, esa fue la señora que me consiguió el queso crema para el cheescake.

Mi mamá vive, entre varias cosas, de vender tortas (está vendiendo también un montón de cosas de segunda mano, muchas de sus amigas andan en lo mismo). En la cola me cuenta que el día anterior un mototaxista, al ver que la cajera solo le vendía a ella dos latas de leche condensada, vanagloriaba la tarjeta de abastecimiento seguro.

—“Se acabó el acaparamiento”, y yo le dije: “Ah, sí, mira, yo vivo de hacer tortas, ¿te gustaría que solo te dejaran hacer dos viajes?”.

Y me dice que todo el mundo calló, no lo dudo. Más tarde vi un video muy compartido en Facebook, donde la cliente le echa la culpa a la cajera: “¡Esto es culpa de ustedes que votaron por ellos!”. Ahí nadie calló, siguieron gritándose. Viendo lo último y viviendo aquello, creo que podemos decir que se puede salir a pasear revisando el Facebook, por eso también representa un peligro para la barbarie, aunque las redes sociales pecan en cuantía de perversiones.

Ese estado del tiempo que vive ahora la capital, tan desbastecida, víctima de altas dosis de violencia y apagones, hace rato es hábito en muchas otras ciudades de Venezuela.

Salgo a la calle, el tráfico generado por el apagón me hunde y consume, me estanca el pensamiento. Comienzo a escuchar todo tipo de noticias, provenientes de radios pro oficialistas y a locutores abiertamente opositores. Entonces me encuentro hablando solo con las cornetas. Tengo amigos que creen en la revolución bolivariana, y ello no me ha impedido seguir queriéndolos y tratándolos, algunos me dicen que lamentan profundamente los errores y los problemas, otros me dicen que la inseguridad es provocada y que la clase media vive mejor porque antes no viajaba a Margarita. Respiro profundo y me nace cierto sentimiento de compasión, jamás odio. Digo que la incompetencia nos hará libres, tendremos que empezar desde cero, pero libres, porque sea que el apagón haya sido producto de una guarimba, de falta de mantenimiento o un incendio, es igualito incompetencia del poder. No cabe duda de que al menos un funcionario dijo, aunque sea bajito: “Jefe, tenemos rato pidiendo más equipos para apagar incendios forestales”. Todo eso se lo digo al carro, mientras manejo por una cola con motorizados de lado y lado, ellos como toros. Escucho luego en una radio oficialista a una diputada: “María Corina se defeca en la Consitución”, ya no respiro profundo. María Corina no es santa de mi devoción, pero el que se divide también pierde, eso me lo dijo la escritora cubana, exiliada en París, Zoé Valdés cuando le dije en 2003 que la oposición de mi país estaba llena de histéricos.

—Mira, primero, vas a entrevistar a una histérica; segundo, eso mismo dijimos en Cuba. Ustedes se tienen que montar toditos en el mismo avión.

Lo mismo, le digo a muchos amigos oficialistas, que cuando no sales del palacio vives en una burbuja dentro del reino. Llegando a mi destino, César Miguel Rondón despide su programa, que escucho muy poco –esas no son horas para mí–, y suelta su habitual “y para cerrar, Beatles”. “Let It Be” provoca la ridícula esperanza propia del cuarteto, al tiempo que me libera de la compasión y termina de amanecer en mí un ciudadano arrecho.

Susan Sontag destacaba de Robert Walser su compasión de lo pequeña que es la vida y de la hermandad de la tristeza. Me disculpan la comparación, como lo haría el sabio alemán, y en sus propias palabras: “Los escritores no deben abusar de la escritura”. Perdonen si lo hago, pero, por favor, no dejemos nunca de abrazarnos en la hermandad de la tristeza.