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Sergio Dahbar

De lo que están hechos los sueños

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Corría el verano de 1979 y gracias a la feliz confluencia de un premio literario inesperado, unos ahorros bien trabajados y el apoyo prodigioso de mi padre, viajé a Europa por primera vez, gracias a artilugio de Ontej (los antropólogos saben de lo que hablo). Lo hice a través de una línea área que me llevó primero a Barbados y después a Luxemburgo.

Fue un verano inolvidable, que me permitió recorrer varios países de Europa en tren. Un carnet mágico de Euralpass me permitía subir al tren que quisiera, en la localidad donde me encontrara. Y viajar sin restricciones.

Cierta noche me hallaba en un pueblo de España. Me había hospedado en el hostal más económico que encontré y después de cenar, salí a conocer esa humanidad cálida y sorprendente que deambulaba por las calles. Me tropecé con una gran plaza pública donde exhibían al aire libre, Casablanca, la película de Michael Curtiz (1942) donde se reencuentran Rick e Ilse.

Fue una revelación que no olividé nunca más: presenciar aquella historia de aventuras en una ciudad marroquí, bajo una noche de estrellas limpia, con una comunidad que desconocía, pero que me hizo miembro del club de la nostalgia en unos segundos. Recuerdo que cuando todos oímos “son cañones o es mi corazón que late’’, una mujer gritó desesperada. E inmediatamente todos aplaudimos.

Recuerdo que en aquella época, huérfana de celulares y comunicaciones veloces como las de hoy, los latinoamericanos se las ingeniaban para utilizar gratis los teléfonos públicos y realizar llamadas internacionales.

Utilicé uno por minutos para llamar a mi madre, porque en mi adolescencia se había casando de hablarme de la magia que producía en el espectador Casablanca. Y yo, como buen adolescente, nunca le había hecho caso. Quería trasmitirle el tesoro que había descubierto esa noche estrellada en un pueblo perdido del sur de España.

Por supuesto, ahora soy yo el que quiero explicarles a mis hijos la magia que entraña ver Casablanca y descubrir sus claves. No me toman demasiado en cuenta. Ya tendrán ellos tiempo de descubrirlas a su manera. Lo cierto es que han pasado 72 años y la nostalgia sigue en pie, como esos seres humanos que han atravesado vidas ejemplares y se mantienen como una uva.

Todos los fanáticos de Casablanca tienen una escena que los deslumbra, algo que ilumina un guiño personal. La mía se centra en un diálogo, juego secreto de los guionistas, que no sabían cómo terminar la película, porque a medida que escribían y filmaban los cambios resultaban inevitables. Desde la obra de teatro, hasta los textos de guionistas y dialoguistas, mucho agua pasó bajo el río.

Esta es: “Puedo contarte una historia’’, pregunta Ilse. Y añade: “No sé todavía cuál será el final’’. A lo que Rick responde: “Venga, cuéntala. Quizá se te ocurra mientras la cuentas’’. Toda una frase psicoanalítica.

De las aproximaciones que se han hecho al mito de Casablanca, suma de los cuentos ancestrales encadenados, la de Umberto Eco resulta notable: los arquetipos nos acosan durante toda la película. El talismán deseado (las visas), las palabras mágicas (“As Time Goes By”), la máquina voladora para huir (el avión), el pícaro (el comisario Renault), el héroe en el exilio (Rick), y la tierra prometida (América).

Eco va más allá: “llevados a inventar una trama entre varios, los autores han metido todo dentro. Y para meter todo eligieron el repertorio ya probado. Cuando la elección de lo probado es ya limitada, resulta una película kitsch. Pero cuando en lo ya probado se mete todo, se consigue una arquitectura como la Sagrada Familia de Gaudí. Se llega a un punto de vértigo, se roza la genialidad”.

El lector se preguntará a qué viene todo este cuento de Casablanca hoy. Pues viene porque en estos días una noticia ha ayudado a los creadores de contenidos de todos los medios del planeta: la tercera empresa más importante del mundo de subastas, Bonhams, planificó una subasta para noviembre de 2014.

Qué ocurrirá ese noche en New York. Nadie lo puede predecir. El mundo de los coleccionistas es extraño. Puede que no pase nada o que se venda por demasiado dinero el piano en el Dooley Wilson tocaba la canción (“As Time Goes By’’) que le hacía tanto daño al corazón de Rick. “You must remenber this, a kiss is just a kiss” repite la letra… El nombre de la subasta será There’s no place like Hollywood (No hay lugar como Hollywood).

Allí se subastarán, además del piano, las puertas interiores y exteriores del café de Rick, fotos firmadas por el reparto, notas de prensa originales, el último borrador del guión y los pasaportes y visados creados para la huída de Victor e Ilsa. Toda una fiesta para los fanáticos de la película que deseen tener en casa algo de lo que hizo inmortal la historia de unos extranjeros en Casablanca durante la Segunda Guerra Mundial.

Si alguien se pregunta por qué esta película de 1942 sigue trasmitiendo esa mezcla de ensoñación y nostalgia, es bueno recordar algunas frases y hechos que apuntalan su inmortalidad.

El crítico de cine Leonard Maltin, escribió en su guía, que “Todo está donde debe estar en este clásico que transcurre en la turbulenta Casablanca durante la Segunda Guerra Mundial, ciudad donde un elusivo dueño de nightclub (Bogart) se reencuentra por azar con un viejo amor (Bergman) y su marido, el líder de la Resistencia (Henreid). Rains es maravilloso como el apuesto jefe de policía, y nadie canta ‘As Times Goes By’ como Dooley Wilson. Ganadora de tres Oscar incluyendo película, director y guión (Julius & Philip Epstein y Howard Koch). Nuestra candidata al mejor film hollywoodense de todos los tiempos”.

Pero esto no es todo. Rodrigo Fresán recuerda que: “La historia es conocida, pero no por eso banal. Son tres y sobra uno y ni ellos saben cómo y cuándo va a dejar de sonar la música del baile y del cambio de parejas. Tengo aquí una fotografía de los formidables guionistas mellizos Julius & Philip Epstein.

“Los Epstein –autores del guión junto a Howard Koch– son los responsables de casi todas las frases célebres de Casablanca estilo “Bueno, mademoiselle, él es el tipo de hombre del cual, bueno, si yo fuera mujer... me enamoraría perdidamente”, teniendo en cuenta que esto lo dice un jefe de policía mujeriego y encantadoramente corrupto.

“Koch fue principalmente responsable del flashback parisiense y de ‘agregarle más romance a la historia’. Koch –como bien lo deja sentado Ian Hamilton en su libro– siempre odió a los Epstein. Y un tal Casey Robinson también reclama parte del mérito. Lo cierto es que nadie está del todo seguro acerca de quién escribió Casablanca y tal vez el capitán Renault debió haber encarcelado a los Epstein en lugar de “a los sospechosos de siempre”. Porque los Epstein Bros., santos patronos de la improvisación inspirada, abandonaron el guión de Casablanca –basado en una espantosa obra de teatro titulada Everybody Comes to Rick’s– para irse a trabajar con Frank Capra en una serie de documentales, comprometiéndose a enviar el resto desde allí, escena por escena.

“Mientras tanto, la trama de Casablanca se filmaba a vuelta de correo sin que nadie –y menos sus protagonistas– supiera a ciencia cierta quién iba a subirse al avión, pero teniendo perfectamente claro que lo único importante era reservar mesa en Rick’s Café Americain para así poder ser atrapado por los nazis’’.

Esto y mucho más es Casablanca. Como el amor, resulta irreductible.