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Plinio Apuleyo Mendoza

¿Hasta cuándo?

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“Tengo sobre el Uribe opositor sentimientos encontrados.” La frase no es mía sino de mi amigo Mauricio Vargas. En su columna del domingo pasado sostiene que hay cosas que le gustan del expresidente y cosas que le disgustan. Estoy seguro de que entre las primeras debe ubicar esta afirmación de Uribe que posiblemente a muchos ha sorprendido: “El Gobierno y las FARC deben firmar a la mayor brevedad su acuerdo de paz y someterlo a consideración de la opinión pública, porque el país está viviendo una tortura”.

Dirán sus feroces adversarios que esta es una típica posición de la extrema derecha enemiga de la paz. Olvidemos tales rótulos. La verdad es que la gran mayoría de los colombianos, así como anhela desesperadamente la paz, tiene también vivas inquietudes sobre la manera como se lleva a cabo este proceso en La Habana. Al mismo tiempo se estremece con los actos terroristas que cada día siguen cometiendo las FARC. Por ejemplo, el horror que está viviendo el Putumayo con los atentados al oleoducto y los perversos derrames de diez mil barriles de crudo en los ríos. En cualquier país, tal desastre sería incompatible con un proceso de paz.

Por otra parte, los diálogos no parecen tener pronto fin. Hay quienes le aseguran a uno que pueden prolongarse todavía más de un año. Y puede ser cierto, pues, tras la peregrinación de víctimas, habrá otras como la de parlamentarios. Lo malo es que muchos de ellos, incluyendo a las víctimas, van a ser seleccionados por personajes como Piedad Córdoba e Iván Cepeda. En cambio, un general Mendieta, que estuvo 12 años secuestrado por las FARC, no llegará a La Habana.

Para Iván Márquez y sus camaradas no hay propiamente víctimas de las FARC, sino del conflicto armado. Y para ellos los secuestrados son simples retenidos propios de una guerra. La palabra conflicto se revela como una capciosa expresión encaminada a repartir responsabilidades y culpas. A propósito de este término, la escritora y politóloga española Edurne Uriarte, en su libro Desmontando el progresismo, ha hecho oportunas y perspicaces observaciones. “Según esta jerga –afirma ella–, la diferencia entre terroristas y ejército, o sea entre Estado de derecho y criminales, queda diluida. Sin duda, esta manera de encubrir los horrores cometidos durante 50 años por las FARC y ELN resulta escandalosa”.

Natalia Springer, en reciente columna de este diario, lo dice: “Argumentar que los crímenes de extrema gravedad son el resultado inevitable de una lucha noble no solo es falso, sino doblemente ofensivo para las víctimas y para el país”. A renglón seguido hace un inventario de los horrores que nos ha infligido la guerrilla: secuestros, minas en los campos, cilindros bomba, reclutamiento de niños, genocidios y hasta el abuso sexual como arma de guerra.

Aunque en el exterior el proceso de paz ha sido inicialmente bien visto, pues pondría fin a un conflicto que lleva más de 50 años, observadores cercanos a la realidad colombiana empiezan a expresar dudas e inquietudes sobre el real desenlace que puedan tener las negociaciones en La Habana. Es el caso de Jacques Thomet, quien fue durante cinco años director de la France-Presse en Colombia. En una reciente carta abierta a los colombianos no vaciló en decir: “Estoy consternado por el deslizamiento gradual de vuestro pueblo hacia los abismos del horror comunista en provecho de las FARC.” Asegura con alarma que somos ajenos a este peligro.

¿Será cierto? De pronto sí. La banderita de la paz agitada por el presidente Santos no disipa hoy nuestras inquietudes. Seguimos sin saber qué es lo que realmente se cocina en La Habana. Y, sea lo que sea, ya es hora de saber para dónde vamos. El precio de la paz no puede ser un reparto de territorio y poderes con las FARC, lo que nos llevaría de pronto por el mismo camino de Venezuela.