• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

De hampones

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Este gobiernito en ejercicio ha resultado más represivo y violador de los derechos humanos, además de vengativo, que lo que fue costumbre y estilo desde que se acogió plenamente al modelo de fracaso cubano en 2004, cuando perdieron todos los pudores y soltaron los demonios del resentimiento y afloraron todos los complejos que antes disimulaban como simples e inofensivas impertinencias de gente que militaba en la transformación de la sociedad. Je je je.

Quienes simplemente se identificaban y, sin correr riego alguno, se ponían al lado de quienes denunciaban las tropelías, el mal hacer, la corrupción, los abusos y cualquier irregularidad, ahora son diputados del proceso y hablan con una valentía y una disposición que sólo mostraron para irse sin pagar de alguno de los botiquines y antros que frecuentaban en la Sabana Grande de la bohemia y de la poesía, en los burdeles de Catia y en el comedor universitario para reclamar un pedazo de carne más grande y más tajadas. Aquellos que siempre tuvieron una excusa para no arriesgarse a pasar la noche en el calabozo por apoyar un reclamo estudiantil, ahora piden, en el nombre de la revolución, la pena máxima contra quienes les discuten su proceder, su vida muelle, su entrega del país y de los sueños de los venezolanos. La lista es larga, siempre los cobardes son más y hacen peor daño.

En el mundo militar la situación no es distinta, los que con la excusa de su institucionalidad se negaban a criticar conductas inapropiadas, abusos contra los cadetes y la tropa, negocios abiertamente ilegítimos, ahora pretenden aparecer como próceres o como precursores y reclaman más tajadas y más carnita sin pellejo.

El gran fiasco que ha sido la revolución no sólo se refleja en la pésima calidad humana de quienes se dicen herederos, en las cifras de la economía, en el fracaso estruendoso de la educación –que no se limita a la mala ortografía de quienes manejan el generador de caracteres de VTV y que es patente en la ausencia de conocimiento de los médicos graduados por el método castrista–, en la cantidad de desempleados y en el crecimiento exponencial de las importaciones, sino en la mala vida, el pésimo vivir, generalizado en los barrios populares. Ayy, Nicolás.

Habiéndose perpetrado el abordaje de la nave madre del Estado y en posesión de un botín que les resulta incuantificable, se escudan en la impunidad y la fomentan. Los pobres, a los que prometían redimir, salvarlos del capitalismo, son ahora sus víctimas, las presas del hampa: a unos los matan los asaltantes y a otros por asaltar. La penuria no los salva, los hunde en el degredo que llaman revolución. Ofrezco en licitación historias de próceres recién vestidos, todavía sin bañarse, con la promesa de que son el hombre nuevo y tan sanguinarios como el Che. ¿Aló?