• Caracas (Venezuela)

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Pedro Conde

El hambre de Felicia

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Iba el pasado lunes para el centro de Caracas, ¡cónfiro, qué tránsito!, murmuro, mejor el Metro, estaciono y voy hacia estación Bellas Artes. Alguien me llama, se interpone en el camino y pregúntame si no la recuerdo; recuerdo tu cara, respondí; me llamo Felicia Martínez, dijo; recordó que una charla dicté, una noche, a unos compañeros de Los Magallanes de Catia, hace ya 30 años; siempre me invitaban cuando era diputado, venían a buscarme; contó que el pasado domingo abrió el refrigerador y solo vio una cebolla; decidió mandar a su hija para casa de la abuela paterna; en ese momento, tenía 2 días sin comer; me pidió ayuda. La invité a una panadería cercana a Puente República, comió lo ofrecido. Conversamos largo rato sobre sus vivencias y cómo sufre las consecuencias del empobrecimiento generalizado causado por el gobierno socialista: Chávez primero, ahora peor con Maduro.

Habló del ruido, para ella  terrible, cuando la vecina fríe huevos; se imagina el aceite hirviendo y los huevos a punto de comer; en alguien que no ha comido, dice,  se remueve en la memoria el hambre; es un ruido casi insoportable, puesto que se apodera también de la cabeza el hambre que sufro, comenta; sobre todo, cuando se mira en el espejo a las 6:00 de la mañana; una cara color arena; piensa, medita, sufre, mueve suavemente la mandíbula inferior, para imaginarse que está comiendo los huevos fritos, aprieta los dientes, pensando que nada puede hacerse contra este mundo infernal, de tantas injusticias y desigualdades, cuenta con sus dedos los días sin comer: uno, dos,…, ya van hoy dos días sin comer…, lo cual repite varias veces. Esto no puede durar, Pedro, me insiste. ¡Pero dura¡ ¿Qué crees tú? ¿Cómo salimos de esto? ¿Crees que MUD negocia con Maduro? ¿Por qué no resuelven el problema político? Mañana, tres días, tres noches, sin comer, cómo te parece.

A medida que hablaba, miraba la vitrina, veía botellas, quesos, conservas, sardinas protegidas en laticas, todo protegido por los vidrios, y estos por rejas de acero y por los policías que merodean de un lado a otro, policías empapados del miedo espeluznante que surge al imaginar asaltos, protestas espontáneas de los que pasan hambre, masas hambrientas que se llevan las desgraciadas, aunque ansiadas,  sardinas.

Salimos de la panadería, caminamos, vemos un restaurante, observo que titubea; me pregunto: ¿Qué estará pensando Felicia? ¿Qué sucederá en el interior de su cabeza? ¿Acaso una confusión de palabras? ¿Deseos? ¿Instintos? Será que se acuerda de las laticas de sardinas, los quesos.

Sorpresivamente, la gente corre, hay desespero, angustia, suenan las sirenas, alguien informa que acaban de degollar a un vecino en plena luz del día, el asesino, el vagabundo le robó veinte bolívares creyendo que con esa cantidad podía comprar un café. Dice, me voy, y otra vez: Es terrible el ruido de los huevos friéndose, cuando se tiene hambre, máxime al remover en la memoria que muchos de nosotros tenemos hambre, remató. ¿Por cuánto tiempo más?, pregunta. Balbuceó: Ya casi no aguanto, en eso se despidió rápidamente, no dio explicación, le di unos billetes devaluados que cuestan más producirlos que el valor representado. Prometió llamarme.

En el desbarajuste de gente asustada, se alejaba Felicia, decidí regresar, se hizo tarde, miré el edificio donde quedaba la sede del partido en Puente República, la ventana de la oficina donde nos  reuníamos, el buró juvenil, pasó por mi mente algo así como una película de la época, las pláticas con Elpidio La Riva Mata, tantos sueños allá en los sesenta, ahora desembocamos en esta tragedia, meditabundo seguí mi camino; cuántos como ella transitan en el surrealismo nacional por incapacidad y corrupción de una presunta dirigencia, el país colapsa, arruinado, viene de lejos. Alguien debería condolerse: un liderazgo con experiencia, idóneo, que sepa administrar. Me sentí más obligado con el país. Siento esperanza.