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Perkins Rocha

¿Qué hacer?

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Esa es la pregunta que rebota en la mente de la mayoría decente del país, frente al terrible espectáculo que apreciamos de nuestros jóvenes estudiantes reclamando legítimamente lo que muchos de nosotros, sus padres, tíos o abuelos, no nos atrevemos a hacer por comodidad o miedo. Después de entender que con veinte o treinta años menos estaríamos ahí, comenzamos a internalizar que ellos son nuestra proyección, que ellos son lo mejor de nosotros que se quedó dormido en el camino, lo poco que de humanidad todavía habita en nosotros, de pasión. Cuánto tiempo teníamos oyendo –¿un lustro?, ¿una década?– que habíamos perdido la capacidad de reacción, que la postración de las instituciones al régimen nos había aniquilado la chispa creadora y necesaria para ejecutar acciones transformadoras; incluso se nos dijo –y no pocos lo creyeron– que éramos el pueblo más feliz del mundo, por lo que la protesta era injustificada.

Momentos estelares hemos vivido. La población disidente no podrá olvidar aquella descomunal marcha caraqueña, epítome de luchas y reclamos continuos, que obligaron a Chávez a entregarse a la “jauría” de sus militares más leales, quienes terminaron tratándolo –a pesar de haber ordenado la matanza civil con el Plan Ávila– como el más institucional de todos los presidentes habidos, y le permitieron, previo un intenso diálogo político con sacerdote protector incluido, hacer un recorrido por nuestras costas, mar adentro y mar afuera, para que al final de una breve ausencia, retornare cual Cid Campeador, más zamarro. Tampoco podemos olvidar la gesta cívica que movió los cimientos del régimen cuando decidimos, mayoritariamente y por mínima diferencia, luchando contra toda la fuerza presupuestaria del partido-gobierno, decirle No a un caprichoso cambio constitucional, el cual nos valió el insulto más escatológico que presidente alguno haya hecho contra la población que lo adversó, dando las primeras señas el hoy difunto de su poca capacidad democrática para afrontar derrotas.

Pero lo que ha ocurrido en estos días tiene un sabor distinto, pues, si bien la sociedad civil, en su mayoría juvenil e inconforme con el régimen, demostró voluntad de lucha democrática por el cambio de rumbo, la brutal arremetida sin contemplación de las fuerzas parapoliciales del régimen, llamadas “colectivos”, los Tupamaros a quienes se les han entregado “zonas liberadas” de nuestra ciudad y miles de miles de motos con créditos ficticios de bancos del Estado, abre un compás en la lucha civil que debemos repensar. Ahora no solo se trata de la arremetida de las instituciones “públicas” (sic) jugando a favor del poder; adicionalmente, quien protesta ahora debe enfrentar al malandro armado que, con auctoritas gobiernera, tiene impunidad para delinquir. A esto le debemos agregar un evidente clamor de recomposición de la oposición institucional, que venía reflejándose en la sociedad antes de los eventos violentos de las marchas estudiantiles. Teníamos la convicción de que nuestros líderes se estaban desdibujando en una inevitable praxis de gobierno, pero, ¿cómo no dialogar con el gobierno nacional, cuando se es gobierno regional o municipal? ¿Cómo reprocharles a ellos que se reunieran con Rodríguez Torres, cuando son autoridad formal y elegida popularmente? Es absurdo. Pero absurdo es, también, pretender seguir liderando una etapa que amerita de hombres y mujeres libres y sin ataduras gubernamentales.

Frente a esto reaccionaron nuestros muchachos, nuestros hijos. Se cansaron de esperar. Y eso me hace concluir que llegó el tiempo de que nosotros reaccionemos, los mayores. Y pierdan cuidado, no hay de qué preocuparse: la historia nunca acabará, sin embargo, el futuro puede perderse, está visto que nos lo pueden matar.

Una posición de desventaja frente a las decisiones que apremia tomar. Atrévete.