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Sumito Estévez

De qué hablo cuando hablo de rodar

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El título de este artículo es un hurto descarado en homenaje al libro De qué hablo cuando hablo de correr del escritor japonés Haruki Murakami. Mi vida cambió hace algunos años, cuando decidí constreñir mi movilidad, tanto como pudiera, al uso exclusivo de una bicicleta y, aunque siempre he escrito de gastronomía en esta columna, hoy quiero explicarles de qué hablo cuando hablo de rodar.

La decisión inicial de rodar estuvo signada por disciplina ecológica, porque la rodilla me dolía al trotar y producto de una nueva vida en una isla que me lo permitía. Con el tiempo mis 2 bicicletas se volvieron tan parte de mí que mis afectos cercanos me preguntan por esposa, hijos y bicicletas. En promedio ruedo cerca de 200 kilómetros por semana (solo el ida-vuelta de la casa al trabajo son 28 kilómetros) y los fines de semana me gusta hacerlo sin rumbo por algunas horas.

Rodar implica una concentración extrema (especialmente si salgo con la de caucho fino, la de ruta), porque perder de vista el suelo dos segundos puede terminar en caída. Una vez que uno entrena el cerebro para esa concentración, comienza el silencio. El más puro silencio. No hay Twitter, televisor, ni amigos que hablen, ni teléfono que suene, ni hijo que pregunte, ni cotidiano que te envuelva en pensamientos de planes. Silencio. Y sin darnos cuenta ganamos el derecho sagrado de poder oírnos. De saber qué pensamos, qué creemos. Qué queremos. Rodar nos entrena para buscar nuestra voz.

Rodar es andar lento. La velocidad de paseo en plano (cuando uno no está en plan de entrenar) varía entre 20 y 30 kilómetros por hora. Descubrir la lentitud toma tiempo, pero cuando se abre esa compuerta literalmente somos empujados a otra dimensión. Saludamos y reconocemos a gente en la vía. Sabemos cuando alguien sembró algo en su jardín o cuando un árbol da fruto. Sobre todo saludamos a los demás. Todo el tiempo saludamos. Se abren kilómetros de cosas nuevas frente a las que pasábamos cada día sin saberlo. Rodar vuelve en los ciclistas la baja velocidad una adicción. Leer más lento, masticar más lento, ver un cuadro más rato, querer conversar con tu pareja más minutos. Cuando se baja la velocidad igualmente se llega a tiempo al destino, pero con una miríada de experiencias acumuladas.

Rodar es ir pegado al lado derecho de la carretera, pegadito a la orilla. Cuando uno se inicia vive en estado puro de paranoia porque en la espalda no hay ojos para saber lo que está por venir. Pasa un carro por el lado izquierdo y a uno se le pone el corazón como una pasa. Pero con el tiempo uno descubre una verdad universal. La mayoría de las personas son buenas. Cuando ruedo, por cada imprudente que pasa cercano, a exceso de velocidad, hay 100 que recortan al verme. Jamás alguien me ha tirado el carro para matarme. Rodar enseña a ser consciente de que afuera hay peligros y de que, por lo tanto, la precaución no sobra, pero al mismo tiempo enseña a confiar en los humanos. Desde que ruedo, cada vez que me topo con una persona mala sé que esa persona pertenece a una minoría. Rodar me enseñó a confiar.

Miles de veces hemos oído que quien quiere aprender tiene que caer, que valiente es el que se sobrepone al miedo, que exitoso es quien se levanta después de caer. Todo muy bonito, hasta que nos caemos de verdad. Caerse en algún momento del año, en una bicicleta, es inevitable. Caerse de una bicicleta es horrible. Reponerse al miedo de la caída de una bicicleta es todo un tema. Pero es tan bonita la vida en una bicicleta que uno decide, asustado, montarse de nuevo al día siguiente. Todas esas frases comunes de autoayuda cobran una inusitada vigencia. Rodar, literalmente rodar por el piso, me ha enseñado como pocas cosas en dónde están mis fortalezas, mis valentías, mis irrenunciables. A saber que la caída siempre viene, y que paralizarse es perder todo lo bueno que está adelante. En este momento de mi vida recorro los días más por disfrutar que pensando si voy para el piso. Cuando caigo, pues lo resiento, me deprimo tal vez, agarro algo de miedo, me sacudo ¡y listo! A sonreírle al nuevo amanecer para ver qué depara.

Estudié Física y siempre entendí que la distancia se mide en metros, sus primos mayores y menores, o hasta en extranjeros como la pulgada. Acepté la medida en años luz por aquello de la constante, pero nunca pensé que iba a medir la distancia en tiempo. Aunque a los ciclistas nos gusta saber los kilómetros y nos babeamos por un GPS, el tiempo rodando es el más importante. Rodar es saber que una vez llegados a un punto hay que regresar. A veces 80 km se hacen en poco más de 2 horas y a veces ese mismo camino se hace en casi 4 horas, porque hay viento en contra en una de las 2 etapas. Aprender a medir en tiempo cambia la vida porque, créanme amigos, que a partir de ese momento los años vividos se convierten en camino recorrido en un viaje iniciado del que no sabemos si ya comenzamos a dar la vuelta para regresar al punto desde donde todo se inició. Hoy sé que llevo casi 50 años de distancia recorrida y que, si hay viento en contra o a favor, disfrutaré igual la pedaleada.