• Caracas (Venezuela)

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Sergio Dahbar

De eso que no hablamos

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Como tantos otros espectadores, permanecí en silencio, fascinado, ante las imágenes de Carlos Oteyza en Tiempos de dictadura, documental que se ha convertido en un verdadero suceso de taquilla desde su estreno. Buena noticia para el cine, pero mejor aún para la salud de la democracia.

Esta revisión de una época negra del pasado venezolano –el antecedente más cercano en el tiempo del militarismo anticonstitucional que tiene el chavismo– ha colocado frente a los ojos de los espectadores imágenes que no habían visto nunca o llevaban tiempo sin observar.

Estructurada como mosaico coral que integra voces de protagonistas de primera línea (incluso la de un perezjimenista light); imágenes de la época; y una suerte de discurso integrador de lo que no tiene imágenes, como son los momentos animados, Tiempos de dictadura aprovecha una oportunidad única para hablarnos de asuntos importantes: el ambiente previo a las elecciones presidenciales del 7 de octubre próximo.

En las imágenes escogidas por Oteyza, y su equipo de producción, aparece la democracia traicionada por un golpe de Estado. También un país que se mantendrá en silencio a veces, y otros en son de fiesta, frente a diez años de asesinatos, torturas y excesos autoritarios. Y no menos importante: allí está siempre la resistencia que se juega la vida.

Esos tres condimentos (la constitucionalidad herida; la pasividad y el jolgorio de una población que no quería involucrarse con esa cosa fea llamada política; y unos activistas que vencieron el miedo en la clandestinidad) curiosamente tienden sombras sobre el presente. He ahí la fuerza del discurso de Tiempos de dictadura: es como si el pasado nos permitiera mirar por un huequito la vida presente.

A lo largo de trece años (1999/2012) una de las víctimas más alarmantes de este proceso –que se empeñan en llamar revolucionario cuando no lo es– ha sido la institucionalidad, eso que nos estructura democráticamente para no regresar a la barbarie de los primeros tiempos de la humanidad. La institucionalidad fue asesinada por este régimen y las consecuencias son conocidas por todos.

El segundo elemento que establece un vínculo emocional y doloroso entre los días del perezjimenismo y los del chavismo es la complicidad de mucha gente que colaboró o se hizo la distraída cuando había que señalar el horror que se imponía como forma de vida.

Siempre me pregunto cómo ha procesado mucha gente hacer negocios con el mismo gobierno que a la vez expropiaba formas de convivencia democrática y convertía el país en un expolio cotidiano donde la inseguridad se hacía cargo del control social.

Y nunca obtengo respuestas. Como tampoco logro dialogar con amigos que –como me pasó a mí– salieron de Argentina expulsados por la violencia y la muerte desatada por los militares en los años setenta.

Muchos de ellos se relacionaron emocionalmente con la revolución bolivariana sin cuestionar la mascarada de izquierda que crecía como bola de nieve, bajo las órdenes de militares autoritarios similares a los de Argentina.

Esa complicidad ha tolerado que el Presidente de la República condene a la gente a dedo antes de que se produzca un juicio; ha tolerado el despido de 20.000 empleados de la industria petrolera para luego contratar 100.000 que no pudieron prever un incendio como el de Amuay; y ha tolerado la desestructuración de un sistema penitenciario deficiente para convertirlo en algo mucho peor: un aquelarre de pranes y guardias nacionales. Por citar 3 infiernos conocidos.

Finalmente, quiero referirme al otro vínculo importante en la película de Oteyza sobre Marcos Pérez Jiménez y la época presente. También ahora surgieron activistas sin nombre que lucharon con sus vidas y con su tozudez para cambiar el rumbo de una Venezuela que parecía extraviada. Y no menos trascendental: la oposición abandonó el desvarío y construyó una opción posible para un país que maduró a punta de errores.

A veces acciones pequeñas son capaces de cambiar el rumbo de la historia. Yo propongo dos gestos fundamentales en los próximos días. Quien no haya visto la película de Carlos Oteyza, que corra al cine. Hay que debatir cada imagen de cara al presente. Y por supuesto, hay que votar. El que se haga el loco, con la excusa que sea, no tendrá perdón. Ni aquí, ni en la eternidad.