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Antonio Pasquali

¡No habituarse, Hoz y Martillo acechan!

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Todos terminan constatando que el humano progreso es de dos velocidades: rauda en las ciencias de una Naturaleza que Galileo vio “escrita en caracteres matemáticos”, lentísima en el capítulo ético-político de las ciencias del Hombre. Las distancias entre Aristarco de Samos y el telescopio Hubble, entre la paleo-medicina mesopotámica y un quirófano actual, o entre la cerbatana y nuestra cohetería son inconmensurables; pero no hay evidencias de progreso moral entre el orador Demóstenes que roba parte del tesoro de la armada de Alejandro y los encopetados o uniformados ladrones de todas las repúblicas y dictaduras que han saqueado a Venezuela por incontables millardos. Casi nada de los textos físicos de Aristóteles, por ejemplo, conserva hoy vigencia, mientras que sus obras morales y políticas guardan una imperecedera actualidad. En cuestiones de praxis, el “progreso moral” representa una meta que el propio Kant juzgó casi imposible alcanzar.
No es pues antigualla traer a colación uno de los grandes conceptos morales de Aristóteles, el de “hábito”. No es hombre de bien quien lo es en forma discontinua; para serlo, hay que elevar la virtud a hábito permanente de conducta; y aunque el estagirita sí reconoció (Et. Nic. 1129ª) que los humanos nos habituamos “de igual modo” al bien o al mal, sólo se interesó por la parte activa, voluntarista, del concepto, sin elaborar lo que hoy sería una fenomenología de todos los comportamientos morales habituales del hombre. De haberlo hecho, hubiera tropezado con una segunda relación praxis/hábito como pasividad: la que se instala en la conducta de hombres y sociedades no por esfuerzo endógeno en procura del bien sino por inducción externa persuasiva, compulsiva o violenta, y que en lugar de dignificarlos con el imperativo de una incesante vigilia moral, los aliena, des-moraliza y envilece hasta la bovina resignación.
Pisoteando los principales axiomas constitucionales, las dos dictaduras chavistas han inoculado al venezolano, a lento y planificado paso, inaceptables niveles de resignado acostumbramiento a la abyección moral y material por ellas impuesta. En los años 70, cuando el proyecto de una Venezuela respetada potencia intermedia iba tomando cuerpo, demencial o terrorista hubiese sido profetizar que cuarenta años después, con el petróleo en 100 dólares/barril, los venezolanos harían penosas colas para conseguir alimentos básicos, se morirían por falta de remedios y atención médica, verían destruido su aparato productivo, se decuplicarían inseguridad y asesinatos, sufrirían la devaluación más alta del mundo, un desabastecimiento capilar y grandes dificultades para viajar, pagarían por un modesto auto de tercer mundo entre 100 y 300 salarios mensuales (como en la URSS y en Cuba), sus profesores universitarios ganarían unos 200 dólares al mes, emigrarían por cientos de miles en busca de vida y futuro, mientras sus dictadores liquidaban con moderno neo-terrorismo a los disidentes y sus voceros y degradaban las clases menos pudientes al rol de pedigüeñas.
A semejantes tribulaciones nos ha habituado el complejo militar-dictatorial que desde 1999 intenta convertir el país en el último zombi del difunto comunismo. Un país que habrá de despertar del sopor, recapitular y convencerse de que una democracia aún imperfecta es mil veces mejor que una dictadura perfecta. Una foto oficial de “Prensa Miraflores” de 26 de julio muestra al presidente de Venezuela y del PSUV blandiendo un portafolio no con los símbolos patrios sino con la Hoz y el Martillo (hoy archivados hasta en Rusia), mientras una alocución presidencial del 10 de agosto anuncia la anticonstitucional instalación del “Consejo de Gobierno de la Clase Obrera” que otra cosa no es sino el disfraz semántico de un “soviet supremo” criollo, la cúspide de esos “soviet” ciudadanos que el chavismo denomina “comunas”. ¿Exageraciones? Que nadie olvide el clarísimo proyecto final anunciado por Chávez a Zhukov el 10 de noviembre de 2005: “América Latina será… lo que Rusia no pudo ser”.


No es hombre de bien quien lo es en forma discontinua; para serlo, hay que elevar la virtud a hábito

apasquali66@yahoo.com